domingo, 28 de junio de 2015

Life Itself

Documental que retrata la vida de Roger Ebert, el crítico de cine más popular del mundo, ganador del Pulitzer en 1975, desde su última etapa en que le aquejaba un cáncer que le quitó la posibilidad del habla y le hizo depender de una computadora como sustituto. Estado que domina mucho el filme, que imprime dureza y resulta algo chocante, aunque Ebert se mantenía optimista y positivo, gracias mucho a la compañía de su esposa con quien se casó tardíamente, a los 50 años, llamada Chaz, una dama afroamericana que siempre lo respaldó –cuando se decía que Ebert tenía el peor gusto para escoger pareja, cosa que revirtió totalmente, y se sentía bendecido de haber hallado a una amorosa mujer con quien compartir su vejez- y que no quería que se rindiera, aun cuando el crítico americano sentía que ya era su momento de irse, y así lo concibió, muriendo un 4 de abril del 2013, a los 70 años.

El director y destacado documentalista Steve James hace un retrato muy celebratorio, exhibiendo los logros y virtudes de Ebert, como sus conflictos con su compañero Gene Siskel (pequeñas rencillas, pero en un trato llevadero, finalmente eran amigos a pesar de ciertas desconfianzas y posiciones encontradas con las películas), con el que tuvo un programa muy famoso, At The Movies With Gene Siskel and Roger Ebert (En las películas con Siskel y Ebert), que ayudó a popularizar mucho a la crítica de cine con la creación de una aprobación o desaprobación bastante sencilla y rápida, que era de pulgares arriba o hacia abajo, como es uno de los éxitos que propuso Ebert haciendo de la crítica un referente tan masivo, promoviéndola menos precaria y nada elitista, lo que le atrajo detractores y comparaciones, como que era dueño de un Pulitzer y popularidad, pero era la crítica Pauline Kael la más inteligente en EE.UU, y la mejor forma de trabajar lo cinematográfico, seria y profundamente.

Véase que Ebert participaba del festival de Cannes y lo hacía más conocido con sus notas elogiosas en su país, para una población inexperta, como hizo lo propio con grandes directores como con un primerizo Martin Scorsese a quien le atribuyó la gloria futura, cuando pasaba además por un momento difícil que el mismo cineasta cuenta; como con documentales de Errol Morris, en la época que no había muchas salas de exposición de su trabajo; o con el reconocimiento en Norteamérica -y durante su tiempo de decline- del cineasta alemán Werner Herzog a quien siempre defendió; con los que hizo mucha amistad, y hasta Herzog le dedicó un filme, de lo cual se llegó a dudar de su honestidad cuando los juzgaba, habiendo ataques hacia él en general por amiguismo y cierta falta de independencia, en especial para los filmes de Hollywood, que por una parte tenia de verdad, dicho off topic o de forma sutil, ya que Ebert era parte del engranaje hollywoodense, al punto de que hoy en día hay una estrella en el paseo de la fama con su nombre, pero que es mucho más, aquello no es todo ni lo anula, es una parte de un conjunto, salvedades y elecciones, ya que difundía notablemente el séptimo arte, engrandeciendo la labor profesional del crítico de cara al aprecio de la gente, que no creía antes mucho en la crítica, poniendo por lo tanto su (buen) grano de arena y un estilo que reconocía otras formas de trabajo, pero que tampoco era que no fuera audaz o inteligente, siendo muy ágil y empático en sus artículos, en el diario en que toda la vida trabajó, el Chicago Sun-Times, al cual le fue siempre fiel, seguido de su salto precursor a la web donde tuvo igual mucho éxito. Y no era que no tuviera la última palabra, solo que lo suyo era promocionar, dar a conocer propuestas más que maltratar filmes, de lo que Ebert menciona que con la edad se volvió bastante suave, pero al respecto poco deja ver la propuesta, salvo con la participación y la “suspicacia” (pero también parte del homenaje), del crítico e intelectual minoritario Jonathan Rosenbaum, que es el que abre aquella puerta en el documental.

Otro critico que discrepó y reprendió a Ebert por su método reduccionista de los pulgares, y la simplicidad del programa de televisión fue Richard Corliss, que también con el tiempo quedó subyugado en buena parte por Ebert, como se ve mucho en A.O. Scott, también crítico, más sumiso y admirativo. Nombres importantes que aplauden su larga carrera. De lo que discretamente  luce que hubo sus ratos de autoconciencia (pensando que no es la opción ni la prioridad del documental, sino rendirse a una leyenda), de que todo no era perfecto, ni que Ebert es el crítico ideal, pero tiene méritos y triunfos justos, como que era un hombre que amaba realmente al cine, y le dedicó toda su vida, hasta despedirse de sus lectores cinéfilos un día antes de su muerte. Desde que llenó casualmente un nicho en una urgencia de un diario, que simplemente lo colocó, viendo que lo que hacía era periodismo comprometido, ya que Ebert desde el principio demostró defender causas altruistas, y fue un tipo precoz que se ganó bien el respeto de sus compañeros con un alto cargo. 

Su cinefilia lo llevó a formar un vínculo de la nada con directores noveles a los que les puso mucha fe, como Ava DuVernay,  a quien conoció de niña e inspiró con su conocimiento; y a Ramin Bahrani al que unió una invitación tímida, para luego cimentar una gran amistad y admiración mutua, llegándole a dar el maestro critico un regalo preciado que tiene su curiosidad y legado cinematográfico. Con lo que el cariño que exuda y produce Roger Ebert es legítimo, merecido, ganándose un lugar privilegiado en la historia de la crítica mundial. La eternidad cómplice de quienes amamos el bien llamado séptimo arte. 

Steve James es un documentalista sumamente interesante, mucho más allá de las apariencias y primeras impresiones, a quien Ebert apoyó siempre. Tiene trabajos bastante admirados, aplaudidos, especialmente Hoop Dreams (1994), ganador del premio del público en el festival de Sundance, por una profundización valiosa, próxima, que reditúa nuestro tiempo entregado (dura 3 horas). La que trata de 2 muchachos aspirantes al mundo más grande del basquetbol, partiendo desde abajo, quienes son Arthur Agee y William Gates, uno más inmaduro y rebelde que otro, a los que vemos en su peligroso habitad en Chicago, con sus respectivas familias, amigos o novias, dentro de varios niveles de crecimiento. Los que durante 4 años son documentados en sus caídas y cúspides en el deporte, cuando la frustración, la cruel derrota, yace a la vuelta de la esquina, y hay ejemplos tristes y cercanos. En un retrato de superación personal y mucha adversidad colindante, vivencial, un reto de la pasión. Ubicado en la etapa escolar, ganando becas y auspicios, hasta llegar a la universidad y conocer su desenlace 2  años después. En busca de su sueño de llegar a pertenecer a las grandes ligas, viniendo de lugares pobres llenos de inestabilidad, drogas, crimen y pandillaje, bajo la precariedad de los afroamericanos, en que nuestros protagonistas llegan a tener familiares delincuentes, como otros dignos de admiración y ternura, habiendo varios momentos que mueven al corazón, en el camino duro del basquetbol que es mucho un negocio y hay un sistema de oportunidad pero también uno implacable si no rindes. En el Chicago que vibra con Michael Jordan, y con el jugador profesional de la NBA Isiah Thomas, exalumno de la escuela St. Joseph, donde son reclutados.  Los altibajos son dignos de mucha novedad, e impredecibles, como la naturalidad y las circunstancias la belleza y grandeza de la esencia del documental.

Otro filme valioso de Steve James es The Interrupters (2011), con el que mereció el premio de mejor documental en los Independent Spirit Awards 2012, que implica a ex convictos y ex pandilleros afroamericanos y latinos que han cambiado totalmente su vida y ahora se dedican a detener los pleitos, la amenaza latente, la criminalidad, de las mismas pandillas, que parecen el único lugar de refugio, en los peores barrios de Chicago (donde hay tiroteos a menudo, incluso caen heridos algunos de estos miembros de paz/reflexión, como que el documental se pasea por los tantos rincones callejeros en que alguien murió bajo el fuego de la continua violencia, de lo que mayormente se trata de muchachitos, a los que se les dejan regalos, frases, llanto y memorias en el lugar abatido, tocando la fibra emocional, se hace sentir con las pérdidas), enfrentándose por medio de la experiencia, el reconocimiento y el respeto que albergan en la zona (habiendo hasta familiares de famosos delincuentes históricos que optaron por otra dirección al final), como por su elocuencia y firmeza en el habla, frente a tipos armados, inestables, medio locos, poco meditativos y con afición a las drogas, lo cual es toda una hazaña de valentía a lo que están entregados en cuerpo y alma, en la pertenencia a la asociación CeaseFire, llamados interrupters, los que detienen las balas. Y hay una documentación bárbara/impresionante, pormenorizada, que sigue in situ, en plena “técnica”, e inestabilidad, en lo impredecible, con una gran espontaneidad, pero a su vez dentro de la dirección de una construcción que mueve a la complicidad, a la emoción, y que celebra héroes comunes, como al cambio que generan en la gente, en unos barrios olvidados, produciendo acción contraria, brindando esperanza, un gran apoyo a la comunidad (el filme mismo lo es también, trayendo a la superficie la realidad “escondida” de Chicago), combatiendo la indiferencia, el pesimismo de llamarlo una lucha perdida con lo que pareciera un contraataque pequeño, el desenfreno de la muerte, que no es poca cosa, sino un problema nacional. 

viernes, 26 de junio de 2015

Gangs of Wasseypur

El Cine de Bollywood es muy amplio, prolifero, pero le cuesta llegar al mundo, que sea popular fuera de sus confines, aunque acotando  que es un séptimo arte bastante autosuficiente, apreciando que tiene todo el respaldo de su población, quienes están enamorados de su propio arte, como deja ver la presente propuesta de crímenes y mafiosos que celebra el cine nacional mediante retazos de películas precedentes, la visibilidad de posters cinematográficos en la calle, la vista del panel de ciertas funciones, el baile de canciones antiguas en los filmes homenajeados, o sobre todo con las visitas continuas de los mismos gángsters a las salas de exhibición, habiendo incluso un discurso del llamado Padrino y némesis Ramadhir Singh (en referencia notoriamente buscada y repartida del famoso filme de Francis Ford Coppola) que dice que justifica su éxito en el hampa y sobrevivencia a no ver películas indias, a no entusiasmarse en imitar a los héroes y maleantes cool de la gran pantalla de su país, y no ansiar romper los límites, ni correr demasiados peligros.  

Estamos ante la lucha campal de tres generaciones de apellido Khan, principal y primeramente el indómito Shahid Khan (Jaideep Ahlawat) que se hace pasar por un mítico ladrón, luego pelea a puño limpio en el barro por respeto (en un alarde de grave efectismo) y se vuelve mano derecha de un Don, de un joven Ramadhir Singh (Tigmanshu Dhulia), de donde nacerá un gran odio y un profundo afán de venganza que durará 68 años, desde 1941 hasta el 2009. A continuación lo sigue Sardar Khan (Manoj Bajpayee, que se hace con la primera parte de la película) tipo muy lujurioso que tendrá 5 hijos y contendrá una fuerte fijación de reparar la honra familiar; y por “último” Faizal Khan (Nawazuddin Siddiqui) que es como el Michael Corleone de los Khan (que dominará la segunda parte de Gangs of Wasseypur), el que no estaba destinado a la mafia, pero que termina siendo peor que los otros anunciados, supuestamente más violentos. En una parentela que está plagada de criminales, en lo que el director y guionista –junto a tres nombres más- Anurag Kashyap muestra mucho ingenio, ya que los grandes nombres y lúdicos personajes entran por montón, suscitando muchas acciones, que llevan en varios casos de explicites gore.

El filme está acompañado de colorido (uno que predomina), aparte de la vitalidad o intensidad que exuda por todas partes, o el ámbito de fiesta que asoma cada cierto tiempo, como en los enamoramientos, yace en las canciones extra-diegéticas que abundan, tratando de compaginar y producir emociones en pleno apogeo, aunque desde la sencillez y lo didáctico, que molestan a un punto bajo tanta intromisión, al hacerse notar demasiado, como que además merman la brutalidad con su estilo naif, fuera de generar respiro o un contraste particular, ya que también propician harta personalidad y distinción al producto, aunque no son como la locura, el humor negro y la irreverencia de los filmes sur-coreanos. Junto a ello, de la misma forma, a la par que se trata de imponer una mítica en los gángsters, fallan algunos momentos a ese respecto, por conllevar poses inocentes, obvias, fáciles, que solo pueden implicar a un espectador bastante primario (aunque el filme sea comercial), propenso a la risa barata, como cuando se duda de la efectividad de Faizal Khan por medio de una broma seca directa y éste saca el arma y muy orondo lo mata frente a los demás y se retira, con lo que este tipo de énfasis luce endeble, poco creativa, quitándole oscuridad más bien al conjunto, a lo que de por si no lo quiere ser en alto grado, pero que tiene varias buenas escenas potentes, como la perdida de una pierna por una granada, o los tantos atentados, secuestros, choques y escaramuzas que pululan por la obra.

Tiene ratos muy teatrales que más que complicidad, matan trascendencias, pero siendo la duración de la propuesta de 5 horas y media, hay de donde escoger, tanto que perdonar, existen mejores elecciones, mezcladas con una cotidianidad que es importante para Anurag Kashyap, siendo elocuente que los mafiosos tengan diferentes rasgos de personalidad, o sea que lloren, rían, flirteen o que tonteen, que no sean tan estereotipados en su crueldad y ahí gana puntos, quizá hasta exagera a veces, ya que cuenta con mucha violencia y puede agotar, no obstante también tiene muchos ratos de “quietud” que pueden generar lo contrario, exhibe muchos momentos en familia, amoríos o se van construyendo los imperios a través de negocios sucios, saqueos, competencias o por la política, labrándose cada uno un nombre en la temible zona de Wasseypur o el distrito de Dhanbad, que es el leitmotiv del filme, aparte de las guerras entre bandos criminales, y al igual que antes, tiene su tontería  y facilismos, tanto como su imaginación efectiva, porque se juega mucho el director indio a ponerle background cool a cada criatura que entra en el hampa, al conflicto y a los tiroteos, en la búsqueda de implicar respeto, que se logra por traer a colación en Sultan (Pankaj Tripathy), un especie de mercenario de Ramadhir Singh, que no tiene que hacer ningún mohín de fiereza o traslucir frialdad, se le ve muy normal, sencillo y natural (grave virtud del filme, ya que muchos no lucen intimidantes a priori, tomemos en cuenta que Faizal Khan es un claro ejemplo de ello y tiene gran repercusión en el relato), pero perpetra ataques armados enérgicos, cargados de brutalidad, véase cuando desconoce a un familiar que considera traicionero a su causa, logrando mucha adrenalina en un quehacer imponente.

La mujer en el filme vive en un mundo al parecer machista, pero tiene mucha participación, albergando sensualidad, engreimiento, ira, venganza, traición, carácter. Incluso increpan a los gángsters, favorecen contraataques o deciden futuros. En si los personajes son como la vida (fuera de la exageración del mundo criminal, donde se mata frente a la policía, que queda bastante en segundo plano), llenos de emociones, y personalidad, hay un trabajo rico en ese apartado. Hablando de la profundidad del ciudadano indio, que por algo se siente contento con su cine, a pesar de quien ve tanta imperfección, pero que aun así vale la pena.

Gangs of Wasseypur estuvo en la Quincena de realizadores, en el festival de Cannes 2012, que no ha sido la última vez para Anurag Kashyap, quien volvería con 2 filmes el 2013, otro de crímenes, en Ugly (2013), en la misma Quincena, sobre la desaparición de una niña en el que se denomina de territorio peligroso, suceso que tejerá una red muy complicada tras sus rastros y encuentro, donde mucho (conflicto) a veces hace de menos ganancia de la que se cree en primera instancia, y lo rocambolesco le cobra factura, pero que de todas formas tiene para entretener, con tanto revés, ambición, corrupción, sensualidad, frustración, maltrato y trampa. La otra fue Bombay Talkies (2013) y es una película ómnibus con la participación de 4 directores. Dos de las historias son de temática gay, una recuerda a Billy Elliot (2000) pero se hace muy india finalmente en la admiración de la belleza autóctona y de la danza popular; y la otra es casi una parábola de la honestidad en un matrimonio frustrado, simpáticas pero en buena parte redundantes para con el cine. La otra historia es con Nawazuddin Siddiqui y puede ser muy austera (poca cosa), pero la performance y la demostración de talento de éste actor ahí es digna de gran alabanza. Por último está la de Anurag Kashyap con Vineet Kumar Singh que en este lugar hace el rol inverso a su papel de matón de Gangs of Wasseypur, como un buen hijo que debe cumplir la última petición de su padre, la que es que un actor famoso (Amitabh Bachchan) muerda una fruta dulce típica que le lleva, en donde se hace gala de ese amor declarado de Kashyap por el cine de Bollywood, habiendo dicho que este cuento lleva mucho de quien es. En estos no brilla la originalidad, pero si el tratamiento, además de que Bombay Talkies fue un homenaje a los 100 años de Bollywood, y ese espíritu perdura.

sábado, 20 de junio de 2015

No llores, vuela (Aloft)

Recuerdo cuando fui a ver Madeinusa (2006), me invadió un enorme entusiasmo en la sala de exhibición, bajo la sensación de que lo que estaba observando era algo totalmente diferente a lo que se ha hecho/hacía en el cine peruano, luego llegaría el oso de oro, el fipresci y la nominación al Oscar por La teta asustada (2009), lo que hace siempre interesante, digno de orgullo, ver una película de Claudia Llosa, no obstante la crítica atacó Aloft, por lo que visionarla generaba sus dudas (aunque verla o volverla a ver es la última palabra), pero el resultado ha sido más alentador de lo que anunciaba tanta fiereza en contra, y aunque no sea una cinta maravillosa, tiene lo suyo a un punto, dentro de su delgadez, esa a la que le falta carne, volumen, pero que mantiene su parte de subyugación en la noción de estar catando un cine exigente, maduro, sin ser difícil de entender, y es que le puede faltar entretenimiento, pero no atención ni delicadeza, en el que es un retrato muy duro (más allá de ver parir a un cerdo, que tiene su lado simbólico), de lo que eso lo hace al mismo tiempo un filme relevante por méritos propios de dirección, temática y su manera de narrar, en su carga de frialdad, como  el mismo paisaje se hace cargo de propiciar, sin hacerlo en lo obvio o en la sobreexplotación, habiendo ratos de aligeramiento que son bastante secundarios y quizá inservibles de cierta forma, porque lo que vemos es algo muy difícil de manejar y de abordar, y eso es lo que perdura, sin caer en el papelón o la proclividad al efectismo rancio, o peor, su superficialidad. Se trata de la distancia afectiva ante un terrible dolor que sucede entre un hijo y su madre, con un amaestrador de halcones llamado Ivan (Cillian Murphy), vástago de una curadora y artista, Nana Kunning (gran esfuerzo de Jennifer Connelly).

En el filme se habla de misticismo, de un método de curación folclórico digamos, uno que nos suele ser tan común en nuestros países muchas veces pre-modernos, dicho a grandes rasgos, si bien el método visto con un columpio en medio del bosque (que recuerda la enorme escena de Anticristo, 2009, del pequeño en el alfeizar; el éxtasis y el mal), unas especies de pastillas suponemos naturalistas o una bolas de piel como sahumerio no sea fácil de reconocer, pero que en el primer mundo, estando ambientada en Canadá, luce tan raro, aunque la propuesta es muy angloamericana, en la lejanía entre miembros de familia, en lo que propicia una vida de rápida independencia o a razón de la dureza del carácter que suelen sembrar y habitar entre los norteamericanos, a diferencia de nuestra tendencia latina a lo familiar, a la emotividad y la dependencia, como también lo es el egoísmo de los niños, no siempre asumido. En donde puede asomar la estafa, como en el alcoholismo del llamado arquitecto, el cual a través de lo que vemos pasa a un segundo plano, apreciando que lo que en verdad (nos) surte el esperado efecto mágico es el poder de curación del habla, de la auto-reflexión, al estilo de la esencia del Dalai Lama, como bien perpetra la voz en off en el desenlace, invocando el sentido de la vida y la muerte en una metáfora con el hielo.

La historia se divide en dos tiempos, el presente y hace 20 años, unidos por la búsqueda de un tercer personaje, en otro actor de cierto renombre, en la periodista Jannia Ressmore (Mélanie Laurent) que plantea hacerle un reportaje a Nana Kunning por medio de su arisco hijo. Y puede que sea una participación bastante menor, una aventura pasajera, poco sustancial, pero, bueno, es su carta (convencional) como hilo narrativo para implicar la reconciliación, y en sí un endeble rastro de efecto sobrenatural (pesando contarlo en el orden racional del primer mundo, aunque igual lo hace dejando una elipsis propia de un outsider, pero como una aclimatación sin mucho soporte argumental, tácita, dada por hecho sin más, per se, que deja la propuesta un poco en el limbo), sin el poder del aura del realismo mágico, sino de forma demasiado seca y austera, ya que está desprovista de la belleza del canto literario y el cariz que envuelve aquel folclore; una trascendencia popular, sencilla y de cotidianidad, bendecida por ritos cautivantes,  en un imaginario enraizado  a la cultura y a un lenguaje sumamente autosuficiente, no obstante, claro está, en buena parte fantasioso. En ello Llosa no toma muchas cartas en el asunto, no pretende énfasis, no obstante apoya esa práctica, en un rasgo de identidad como lo es llamar Inti a un halcón domesticado, lo cual hace de ésta película algo fiel al cine que articula y cavila nuestra prominente directora, aunque no sea tan logrado como sus obras predecesoras. El traspase no funciona igual, sin embargo tiene su mérito, inteligencia y ambición, mientras asoma la recurrente lección de la dificultad de convertir mundos personales a otros territorios disimiles.

Recupera el sentido de La Teta asustada en ponerle realismo a lo mítico, pero que aquí hace la gran salvedad (por una parte facilismo) de no profundizar, apelando a lo sutil, no generar mayor coherencia al respecto (sorpresivamente la universalización le cobra cierta factura), fuera del mensaje final, que llega como recurso grandioso, que lo es a un punto (también por un lado banal) y esa línea es lo mejor del filme, un potente minimalismo. Como ese título tan propio de libro de autoayuda, que poco favor le hace.  

jueves, 18 de junio de 2015

La filmografía de Pedro Costa

Su última película, Cavalo Dinheiro (2014), lo hizo merecedor del premio de mejor director en el festival de cine de Locarno 2014. Pedro Costa cuenta con 6 largometrajes de ficción -incluido Cavalo Dinheiro- y 2 documentales. Ahondaré en su filmografía, dejando sólo de lado, para otra oportunidad, No Quarto da Vanda (2000). 

La sangre (O Sangue, 1989). Su ópera prima es un filme de espíritu adolescente, más allá de contar con ellos como protagonistas, intenso, inconsciente, efervescente, sensual, apasionado, irreverente, osado, vital, todas características bien exhibidas en la historia de dos hermanos, uno pequeño y otro muchacho que lo tiene a su cuidado, pero que pronto perderá su custodia al ser supuestamente demasiado joven para hacerse cargo, mientras en el camino se presenta el amor, en lo que es un melodrama de suma libertad y expresividad, como en la escena del niño lanzando patadas de artes marciales al aire arrastrado por la melancolía de la lejanía afectiva, o el héroe Vicente (Pedro Hestnes, de pose engreído, pero que va a tono con la personalidad requerida, en un álter ego de Costa) corriendo mismo loser empático, dolido y perseguido por Clara (en una imponente sencillez de Inês de Medeiros) para caer al pasto como arrebatados por la complicidad de la seducción mutua, en lo que Pedro Costa ya demuestra toques exigentes en su producción, aunque aquí aun parezca su narrativa de forma digamos que convencional, véanse las transiciones, los cortes, la ausencia de bisagras y linealidad, y los saltos elípticos, la movilidad de un relato que yace como en una carretera con baches y sobresaltos, pero que aun así fluye, es ágil, aunque dando la notoria sensación de lapsos, conflictos o emociones fotográficas, como retazos de vida en un collage que hacen un cuadro tierno de anhelo de retorno y unidad familiar atípica, en medio de una austeridad que más tarde en la labor del portugués se intensificará, que en la presente yace en el abandono, y en la lucha por el propio sostén, ya que los personajes de Costa tienen personalidad, identidad, fuerza, no solo sobreviven, sino viven, trasmiten, exhiben cualidades y admiración, como si fueran una pequeña subcultura, positiva a pesar de todo, lo que es el barrio marginal portugués de Fontaínhas, donde los fantasmas aguardan ser escuchados, los inmigrantes caboverdianos, a los que tanto cariño les expresa el autor lusitano.

Casa de lava (1994). Propuesta de la que Pedro Costa ha comentado que tuvo mucha influencia de I Walked with a Zombie (1943), una película que en apenas hora y unos minutos sintetiza una obra magistral donde el vudú cobra vida en total potencia, con escenas míticas como la del primer encuentro en el paraje agreste con un negro salvaje de torso descubierto, manipulado por fuerzas ocultas, de ojos abiertos, fijos y amenazadores, en el que es un filme redondo, perfecto. Romance, misterio y algo de terror por la magia negra, la robotización del alma (lo zombie) y el combate de ésta maldición, enfermedad. Casa de lava trata también de una enfermera que viaja a un lugar bastante extraño a ella, en una isla o archipiélago. La mujer que en ésta oportunidad desentrañará los misterios se llama Mariana (Inês de Medeiros), la que trae a Cabo Verde, una zona volcánica (aspecto que circunda toda la historia de forma simbólica), a un hombre en estado de coma (Isaach De Bankolé), y en el camino se da una intrincada historia, donde hay un amor perdido, locura, sonambulismo, un reencuentro espiritual y superaciones personales que hablan de lo interracial, entre la inmigración africana caboverdiana y los portugueses blancos, que son el panorama favorito de Pedro Costa, que se coloca por encima del colonialismo, auscultando más bien a la humanidad. Casa de lava tiene ritmo, calor, folclore. A su vez no falta el corte social, como parte de la propuesta, pero que no es lo único, va más allá, en la que nos convoca ahora es algo sutil, por debajo, que está en toda su obra en mayor o menor cantidad, una sociología de la clase baja (una que ostenta personalidad) que implica la dignidad y el respeto auténtico, el sentimiento hacia lo que retrata y sus criaturas, en una trama contada de forma que uno puede no coger el meollo del asunto, siendo complicada de seguir, qué expresa aparte de la multiculturalidad, la tradición y nuestro sentido, mientras surgen pasiones como en aquel poema de la casa de lava donde se aspira a un ideal romántico, un completo estado de compenetración con la existencia, desde el amor, en medio de la eterna dificultad de la adaptación al mundo y la compleja interrelación humana, habiendo entre los hombres mucha soledad e indiferencia, lo que clama a un punto ser un misterio, quizá una utopía, en todo caso una lucha, cuando optamos por vivir simplemente. Se trata de movilizar el alma, tanto como ajustar cuentas, que retoma el punto de Jacques Tourneur en un espacio más pedestre haciendo del antecesor filme de terror una metáfora, invocando un despertar.

Huesos (Ossos, 1997). Las películas de Pedro Costa a partir de Casa de lava se vuelven esquivas, gaseosas, evanescentes, difíciles, se escurren por los dedos, manejan ambigüedad, misterio, exudando en la presente mucha pobreza y agotamiento, en el barrio de Fontainhas, yendo a aún más, se mueve por un aire seco de melancolía, que anuncia lucha con uno mismo y con el mundo, viéndose cierta pasividad y pesimismo, a través de una pareja donde la madre parece ida, perdida, ensimismada en la ausencia del bebé que se lleva su pareja que quiere deshacerse del pequeño como si éste fuera la razón de todos sus sufrimientos y carencias, pero juega inversamente en la joven madre que parece perder la razón ante la crueldad de éste muchacho sin moral que le falta alma, sumido en el egoísmo. Mientras, hay sensualidad, miseria, dolor y algo de recomposición, gracias a la caridad y la amistad no del todo limpia, cuando cunde el suicidio. Huesos hace pensar en la reducción a lo esencial, como si Pedro Costa se fuera desprendiendo de lo superfluo, de lo convencional, incluso provocando oscuridad, en un rumbo hacia el cine más particular. La pobreza pesa en el filme, teniendo como eje la responsabilidad de un hijo, que como en Juventud en marcha (2006) nos dijera que todos son hijos de Ventura, o sea hijos de la pobreza, y aduce compartir las penas y salvarse mutuamente, aunque sea solo escuchando. El lenguaje que utiliza Costa se vuelve más artístico, más teatral, generando curiosamente belleza en medio de la descomposición, ya que el entorno es feo, como si fuera un grito, pero sin llegar a su banalización ni sobreexplotación, es parte de una figuración terrible donde se busca salir a la superficie, en medio de rodeos. Debe ser la película más dolorosa que ha hecho el autor portugués, siendo como historia una poética de la austeridad. La enfermera y la prostituta son dos caminos humanitarios, aunque a su vez nadan entre el egoísmo y la soledad, y a un lado va la imperfección y la inexperiencia, la posible locura, la derrota y el abandono. Huesos es un retrato duro, de desesperación, recordando que pertenece a los términos de la docuficción, elementos emocionales, literarios, con hechos verídicos.

¿Dónde yace tu sonrisa escondida? (Où gît votre sourire enfoui?, 2001). Exigente documental sobre el matrimonio galo y cineastas Danièle Huillet y Jean-Marie Straub. Danièle, de poca palabra, pero sumamente perfeccionista, precisa, algo arisca, de pocas pulgas. Jean-Marie, hablador, pero inteligente y coherente, carismático, romántico y extrovertido, no se guarda nada, a todo le pasa filtro, incluso es contundente con su propia labor, es el alma del filme, si bien su amor es el verdadero leitmotiv de la realización (desde el trato más llano y al mismo tiempo esencialmente romántico, genuino, de quienes se conocen al milímetro y no se contienen en nada, ella a ratos lo increpa, lo manda a callar; él critica lo que hacen), que comparten la pasión (y la autodefinición) por el séptimo arte como en una unidad absoluta (amor/poética: pareja y cine), en una interacción que los acerca con lo diáfano y verdadero de hacer arte, lejos de la gloria efímera, fuera de la complacencia inmediata, lo suyo es minoría consciente y con pretensión de reivindicación de lo culto. Los vemos simplemente en un cuarto oscuro de edición, el anticlímax total, lo opuesto del cine pomposo y lleno de superficialidad, como en una ordinaria tarde de labor en que no se genera ninguna atracción, tal cual una declaración de quienes son y lo que hacen, que será así en todo el metraje, de lo que ellos se encargan de generarnos atención y placer reflexivo con sus definiciones de cine y su trabajo entre manos, la película Sicilia! (1999), como con su bella relación.

Juventud en marcha (Juventude Em Marcha, 2006). El filme más grande que ha hecho Pedro Costa, según voz unánime, y lo dejo ahí, puede ser discutible. Ya aquí el creador portugués se impone el lenguaje más arduo, divaga, fluye, hace lo que le place, sin preocuparse de si gustará o no, es el todo o nada, de una expresión de cine de autor, el culmen creativo, y también de Fontaínhas y los inmigrantes caboverdianos que tocan cielo con Ventura, quien deambula por el barrio cuando su esposa (en la apertura) ha mostrado su fiereza (como monologa teatralmente) e independencia votando todas sus pertenencias de su hogar por la ventana, ha atacado a su marido Ventura con un cuchillo y luego lo ha abandonado cuando éste sigue recitando un ideal romántico que no menciona culpables, y es entonces que nuestro protagonista interactúa con sus familiares, hijos, compañeros y amigos hablándonos de todos los conflictos, penurias y dilemas que atraviesa su gente, con algunas historias extrañas, dentro de exposiciones bastante artísticas, algunas inescrutables al mismo tiempo que visualmente personales, bajo ciertas complicadas formas de expresión a las que atribuirles metáforas, cavilaciones, como también cotidianidad per se, en la auscultación de lo social, incluso de lo político, en la repercusión en la zona de la Revolución de los Claveles, en otra lograda ficción documental. Ventura expone un submundo personal cargado de identidad y dignidad, movilizando, mirando hacia arriba, como en el sugerente y simbólico contrapicado hacia el edificio blanco. Se exhiben poderosos claroscuros, algunos absurdos, pequeños exabruptos, y sobre todo confesiones (como las tantas de Vanda), inmerso en lo que parece fútil y primario, conversaciones casuales, mientras sillones desvencijados, paredes pintarrajeadas o callejones sucios dibujan muy bien el panorama silencioso. Éste es un filme que pudo titularse "Los estoicos fantasmas de Fontaínhas", dando “otra” cara de sus habitantes en comparación a la asfixiante Ossos. Arruinados por las carencias, drogas, enfermedad, exilio, dispersión, locura, pauperización, cuando ese poema de la casa de lava circunda como un himno de última e irreductible esperanza. Repetido una, y otra, y otra vez.

No cambies nada (Ne change rien, 2009). Es como un Unplugged bastante ligero, más de lo que ya es aún, harto austero, mínimo, muy próximo emocionalmente, propio del cine de autor más seguro de sí, es la economía total, donde se magnifica lo insignificante, tanto como versa en un aura poética, de coger el momento, lo auténtico y entrañable (perpetrándolo bajo primeros planos, tomas largas y estáticas, tanto como repeticiones vocales de líneas musicales), lo más noble del arte, pero sumido en la cáscara de la exigencia máxima, donde se posiciona y explotan los lugares muertos, se saca a ratos de cuadro a los protagonistas, se impone lo anti-convencional por completo. No cambies nada es un documental sobre la famosa actriz francesa de cine arte Jeanne Balibar que nos muestra otra comprometida faceta suya, la de cantante, aunque no sea demasiado reconocida como tal, y se le vea solamente en pequeños cafés o en su sencillo estudio de grabación, bromeando, sacando lo mejor de sí para cantar, aprendiendo, en el que es el toque de trompeta de quien uno quiere ser en la vida. Es decir, un verdadero artista, fuera del aplauso vano y la popularidad irrelevante, ante la convicción y el ideal, como bien dice el título. La fuerza, el temple, la voluntad y la motivación de lo que nos es correcto.

Cavalo Dinheiro (2014). Hacer click en el enlace del título para leer la crítica respectiva.

domingo, 14 de junio de 2015

Climas

Siempre es sano escuchar voces diferentes, la unanimidad es síntoma de conformismo, de confort, de un quehacer laxo y poco productivo, no mueve al cine ni al pensamiento, cuando uno espera progreso y mayor consciencia con el séptimo arte peruano, por eso argumento una postura distinta, personal, en medio de las que han sido mayormente voces positivas, que a mi ver parecen bastante sobre-dimensionadas en su complacencia. En mi apreciación la ópera prima de Enrica Pérez es un filme demasiado pequeño para tanta celebración, al punto de que se le propone como la mejor propuesta de lo que va el año, pero más va en la línea de la deficiente Viaje a Tombuctú (2014), que de Días de Santiago (2004) o El Mudo (2013), salvo como proyección a futuro como directora en ciernes, de lo que hay que reconocerle talento, porque aunque haga el papel del malo de la película se trata de un filme vacuo, aunque muy técnico, de emociones elementales, esquemático, con retratos sumamente cortos, simples, que caben en solo unas líneas, como si fuera un trabajo universitario, si bien de alto estándar, superficial internamente, pero muy laborioso en su cáscara, aunque pueda "engañar" dando rodeos o alargar descubrimientos con la redundancia de su empatía, y sobre todo sumido en el total cliché, como la sofisticación y el dinero en Lima (la costa, al estilo colonial), la calentura de la selva, y lo conmovedor, maltratado y humilde de la sierra.

No es como Madeinusa (2006) que les da matices y complejidad a la gente de la sierra, Llosa les pone perversidad y no busca congraciarse temerosamente con una imagen típica de conmiseración, paternalismo o de culpabilidad ancestral, ya no un cliché más de eterna bondad e injusticia corrompida por la modernidad, apremiada por el hijo ladrón de tendencia acriollado, algo muchas veces visto, no habiendo gran esfuerzo de creación como historia, aunque si en los paisajes, no obstante lo de los climas, o sea tender a poner de azul a la costa o rojiza a la selva luce algo demasiado simple como empatía, como esos silencios y miradas son harto básicos, un déjà vu elevado a la potencia. No trascienden más allá de lo primario, como si fuera un ejercicio cinematográfico donde vemos cómo funcionan los elementos cinematográficos, tales como cromatismo, sonido, iluminación, etc., pero la historia en sí es propio de una telenovela (especialmente en el capítulo de la costa), o como la popular serie mexicana dirigida por Silvia Pinal, Mujer casos de la vida real, que pasaban tanto por televisión.

Su gran talón de Aquiles es que no aporta profundidad argumental. Por recordar una propuesta que tengo bastante próxima, no es como Corn Island (2014), algo contemplativo y minimalista, pero complejo, en humanizar las labores agrícolas, unas que conllevan mucho realismo y esfuerzo en trabajar con un islote desde su nacimiento, asentamiento momentáneo, hasta su destrucción, donde vemos además el abordo de la femineidad, pero expuestas bajo distintas formas, más allá de la obviedad, no únicamente en base a lugares comunes. La directora peruana Enrica Pérez me parece una prominente artesana, pero es hasta que cree algo intelectual, argumental, propio de un verdadero festival, un aporte sustancial, que se llevara verdaderos aplausos, y no que solo se trate de estética vacua, y emociones bajo esfuerzo mínimo, trabajando simplemente lo que todos conocen, y ya uno se siente cansado de encontrar.

Puede que sea propio de un festival como se ha dicho en algún momento, porque en efecto (literalmente) estuvo participando en el festival de cine de Lima, solo que su contribución intelectual es nula, no encaja con la esencia del cine arte, como la propia directora se ha desligado diciendo “No se asusten, Climas no es una película larga, lenta y aburrida de cine-arte, es una cinta entretenida”.  

Viéndolo desde su perspectiva puede ser una opción, pero el problema es que se pone en un equilibrio que no posee, un intermedio perfecto entre el placer y lo personal, dando algo supuestamente entretenido, que se afirma como tan primario, como si eso fuera suficiente para contentarnos, ubicándose simplemente por encima de comedias baratas como Asu Mare 2 (2015) o Macho peruano que se respeta (2015).

En lo que me solidarizo es que debió cumplir un buen ciclo de exposición, uno que ha sido mermado por una injusta programación de sólo 5 lugares de exhibición (con 16 horarios), hasta pasar a una segunda semana estando colocada en 2 cines. No obstante eso no debe ser razón para canonizarla, y eso es lo que siento que define mi crítica, habiéndola apreciado en el mismo festival de cine de Lima del 2014 por el que pasó sin pena ni gloria por la voz de la crítica (estuvo en la competencia central, donde no obtuvo ningún galardón oficial), hasta verse redituada en una celebración actual desmedida, que puede vernos conminados por una buena estética, un trabajo laborioso al respecto, pero demasiado modesto en sus tres historias. 

miércoles, 10 de junio de 2015

Locke

El británico Steven Knight ha dado una pequeña gran sorpresa con la película que tenemos entre manos, viéndose inesperado, ya que su anterior filme Redención (Hummingbird, 2013) no era justamente una obra de autor, más bien cine de acción, con un ícono moderno del género, Jason Statham, y una trama con momentos  en buena parte típicos y hasta algunos empalagosos, aunque Statham pase por pordiosero y alcohólico, luego inquilino gay, y más tarde tenga un affair con una monja, que curiosamente nos recuerda a Ida (2013), mientras hace implacable justicia como guardaespaldas y gánster de chinos mafiosos, habiendo alguna impredecible escena brutal en el desenlace, y es que es un filme de entretenimiento puro y duro digamos, con algunos toques personales, porque tampoco Steven Knight es un neófito, teniendo en su haber ser el guionista de esa excelente película llamada Promesas del este (2007), pero es realmente un salto cualitativo lo que representa Locke en su carrera.

Locke tiene de protagonista al actualmente popular Tom Hardy como Ivan Locke, un hombre que hace un largo viaje en auto a Londres, donde tendrá que resolver toda su vida, poniendo en juego su matrimonio, su trabajo y hogar, a razón de sus valores y definición como ser humano, frente al background decisivo de un padre que nunca se hizo cargo de él, lo abandono al nacer, por lo que enterado de una disyuntiva a ese respecto, decide hacerse cargo de la repetición de la historia, aunque queriendo llevar distinta resolución, donde el filme tiene la particularidad de que todo el metraje se basa en seguir el interior de su auto y del viaje por carretera en plena noche, mientras dialoga por el teléfono incorporado al vehículo, con su esposa, hijo, su jefe, compañeros de trabajo, la persona que lo moviliza y algún nombre más que generan conflictos laborales y conyugales que durante el trayecto debe resolver.

La premisa resulta pequeña, discreta, el trabajo igual de minimalista, más allá del comodín que significa muchas veces ésta palabra, pero el buen manejo de sus pocos elementos, generando mucho drama, dolor, valor, pérdida (afectiva, material), ganancia moral, y existencialismo, sin ninguna solemnidad ni descarado artificio, en un quehacer muy natural, vital, y entretenido permiten que Steven Knight se gane fácilmente al espectador, aparte de que Tom Hardy resulta bastante solvente, estando en total estado de gracia y talento, viendo que todo el filme recae en la credibilidad de su performance, con distintos sentimientos, gestos y emociones que deben aflorarle al volante, teniéndolo solo a él en pantalla, en medio de unas luces nocturnas que bañan la imagen de naranjas y amarillos, mientras los demás únicamente ponen sus voces al otro lado de la línea. Lo que hace de la película una propuesta original, al estar pensada en un lugar tan reducido, y aparentemente limitador, no obstante logra compartir mucha humanidad, cuando Ivan pone de cabeza su vida, haciendo lo que cree correcto, propiciando atención y constante novedad con apenas un retrato cotidiano/común de la existencia de cualquier persona, una normalmente intachable que debe afrontar sus fallas.

martes, 9 de junio de 2015

It follows

Hay una gran producción y legado de películas de terror de todo tipo, como que cada semana no falta el estreno de alguna propuesta del género en nuestra cartelera, aunque no sucede a menudo hallar una obra sobresaliente de horror, pero ya va siendo una buena temporada éste año con la aparición de la muy recomendable The Babadook (2014), y ahora con la notable It Follows (2014). Historia que tiene un planteamiento simple, se trata de que a través del sexo uno trasmite una maldición donde un ente indeterminado pero capaz de convertirse en el peor espectro de miedo te sigue para asesinarte, con lo que la única salida es trasmitirlo a otro o huir sin que perezcas en un apareamiento mortal, sin embargo el maleficio retorna al anterior trasmisor una vez muerto el último portador, con lo que Jay (Maika Monroe) parece no tener escapatoria. No obstante, cuenta con sus amigos para buscar alguna fórmula.

It follows tiene una lectura muy convocada en el slasher, de que cuando los jóvenes en pleno plan vacacional intentan divertirse, especialmente tener relaciones sexuales, aparece un asesino serial demencial que castiga su libertinaje con la muerte más atroz. En la presente vuelve a hacerse hincapié en la pena sobre la promiscuidad, ya que veámoslo bien, un hombre/mujer implica una necesidad (tener un coito sin preámbulos románticos, a lo que agregamos en otra arista la creatividad de deshacerse de un ente paranormal perseguidor) y con ello trasmite/recoge una maldición, una especie de enfermedad, la muerte, tanto que el desenlace apunta a que el orden monógamo y fuertemente afectivo es el final feliz. Pero pasemos a otro punto, al entretenimiento, muchos ven el espíritu de las películas de los 80s, tiempo tan querido por los amantes del género, en aquellas calles contemporáneas, en los suburbios que es donde se contextualiza, como también semejanzas con el cine de horror japonés.

La segunda película del americano David Robert Mitchell que estuvo en la semana de la crítica del festival de Cannes 2014 se ha ganado al fan del terror, bajo un destacado manejo del suspenso, teniendo potente recurso en que el ente asesino toma distintas formas de pesadilla, y con esto se puede trabajar el miedo visual en cada aparición tenebrosa, humana, de cualquier edad, siendo oportunamente intimidante ver figuras desnudas en zonas impensadas, repentinas, ya que cualquiera puede ser el acosador, aunque de orden fantasmagórico o con rasgos de descomposición, de lo que hay a su vez ciertos momentos de sentido del humor y en sí un ambiente tenso pero juvenil; habiendo además ratos de lucha frontal que pueden ser los menos efectivos, luciendo ordinarios, desprovistos de mística, pero son pocos, ya que es el pánico a lo acechante, imprevisto, a lo distante y la huida lo que hace de mejor jugada, lo que perturba e inquieta, pero se entiende para no agotar con lo mismo y pasar a otro nivel, viendo que se maneja bastante y cumple más que bien su cometido. En la que es una historia realmente subyugadora, aunque claramente sencilla, como se acostumbra; y que en efecto produce ratos de (agradable) temor, como con las tomas cerradas, lo abrupto o la profundidad de campo, teniendo uno de los mejores comienzos que puede tener una película, en una joven bella de largas piernas y tacos altos corriendo asustada como una loca por la calle, escapando de algo de lo que no sabemos, para luego despedirse ante lo inminente, en la que es una sensación que acompaña toda la película, y tanto se agradece.

lunes, 8 de junio de 2015

Corn Island y Mandarinas

Mandarinas (Mandariinid, 2013), de Zaza Urushadze, y Corn island (Simindis kundzuli, 2014), de George Ovashvili, ambos georgianos, son dos películas con varias similitudes, pero tratadas de distinta forma, con su propia historia y narrativa, que tienen principalmente en común estar ambientadas en la guerra de Abjasia, que se dio entre 1992 y 1993, y que trata sobre la independencia de éste territorio titular como república, antes situado como parte de Georgia, en lo que en Corn island se mezclan también los rusos por lo que fue Georgia parte de la URSS; como en la otra película interviene otro pueblo del Cáucaso, Chechenia, que apoyaron históricamente a los abjasios, habiendo igual en el relato la participación de Estonia, en Mandarinas; además de coincidir en propiciar una trama donde se ayuda a salvar la vida del enemigo; como también está la línea argumental de compartir el deseo digamos que prohibido por la nieta del protagonista respectivo, aunque en Mandarinas esto sea de una participación bastante leve, casi anecdótica, sutil, dentro de una narrativa bien tratada, cautivante, pero harto convencional, remarcando que en Corn island esto es muy importante, está trabajado a fondo, en la chiquilla que descubre su femineidad y sensualidad, es decir, se hace mujer (como en más de una capa de naturaleza interior), muy bien representado en la muñeca de trapo que carga al inicio, y luego abandona en la cabaña, para ser reencontrada años después como símbolo de remembranza de aquella época de beligerancia, pero también de inocencia, de pureza, de humanidad, de principios, de igualdad entre todos los hombres, que comparten como sentido esencial y filosófico las dos películas.

Corn island es una propuesta exigente, a un punto, teniendo muy pocos diálogos e indicios, como saber la nacionalidad de los involucrados solo por el idioma, de lo que muchos pueden perderse de la interrelación histórica y su mayor connotación argumental y humanitaria, aunque no faltará su prominente sentido universal, una sustancialidad de primer grado, en el hombre herido huido corriendo peligro, en el poder del gesto y de la imagen, siendo buscado para ser muerto, como anuncian sugerentes disparos, en medio de alguna connotación bélica. Corn island es la historia de un hombre bastante mayor pero estoico y su sensible cachorra abriéndose cual bella flor, labrando en condiciones adversas en una zona sumamente inquietante, amenazadora y mortal. Es un filme en su mayoría de contemplación, donde involucra a un río (el Enguri, al oeste de Georgia) y a un islote donde un anciano (Ilyas Salman) y su nieta van a sembrar maíz, de lo que en gran parte es ver como se asientan en la pequeña isla, y preparan el terreno para su siembra, una atípica a muchos espectadores, estando rodeados de agua que pronto subirá tras el cambio de temporada, enfrentándose a la lluvia destructora que simboliza lo mismo que aquellos disparos anónimos en lo boscoso, en la absorción de cómo el hombre se  mezcla con la/su naturaleza, en la mirada de lo primigenio, la esencialidad, bajo la sabiduría ancestral provista de suma diafanidad/luminosidad, en aquel trabajo de agricultura o de carpintería, como también de supervivencia, en un canto de vida y muerte. En ello hay un gran plus frente a lo ortodoxo que resulta Mandarinas, que basa su mayor virtud en la empatía de una historia sensible, expuesta a todas luces, ganándose al público de forma más primaria, aunque Corn island tiene mucho lo suyo con la niña, que gana vasta complicidad del observador, en sus acciones “secretas”, naturales, revestidas de belleza, en un cariz innato, visual, silencioso, en medio de los reducido, limitador, hostil, impredecible y salvaje; dejado bastante visto con la broma manida del baldazo y la persecución que es un poco un pequeño desliz de su narrativa formal, pero que luego toma un sentido precioso y hasta irónico de temor. Mandarinas implica el rechazo mutuo entre un mercenario checheno herido y un soldado aún más convaleciente oriundo de Georgia, que yacen compartiendo hogar y ayuda por la misma persona, por el sencillo, pero elocuente y simpático anciano estonio llamado Ivo (Lembit Ulfsak), que también cultiva la tierra, mandarinas, como su vecino, pero cuando éste quiere irse a su país de origen, Ivo en cambio exhibe un sólido, bondadoso y valiente estado de resistencia frente a la deshumanización de la guerra, explicita/explicada, haciendo que perro y gato lleguen a un acuerdo de honor, y más tarde a lo impensable, en un desenlace poderoso, crudo e inesperado, terminando en un mensaje enfatizado y algo facilón pero con su cuota de subyugación. Corn island mereció el globo de cristal, máximo premio del festival de cine de Karlovy Vary 2014; mientras Mandarinas estuvo nominada a mejor película extranjera en los premios Oscar 2015.

lunes, 1 de junio de 2015

White god

La presente película ganó Un certain regard 2014, segunda sección más importante de Cannes detrás de la palma de oro, pero dejó a mucha crítica descontenta con el veredicto, por lo que me acerqué a ella con cierta duda esperando algo desastroso, sin embargo me he encontrado apreciándola a contracorriente de lo leído, viendo que es una obra de alguna forma convencional, quitando la crueldad y lo explicito (la sangre) que suele pulular por el cine europeo de mayor austeridad; y no ser tanto propio de un cine de autor exigente, pero ostentando otras virtudes, como un notable realismo en la performance de una gran cantidad de perros que llegado a un punto presentan una rebelión sangrienta por las calles, tras un líder natural llamado Hagen, un perro cruzado, chusco, al puro estilo del fondo de las secuelas de El planeta de los simios en que el resentimiento genera una reacción violenta, sistemática y de emancipación, luego de ser constantemente maltratado. Es (de forma muy detallada) entrenado como perro de pelea, perseguido por autoridades de sanidad pública (con gran dominio de la puesta de escena, o del realismo, en la comunicación entre canes y la huida), capturado y vendido por un pordiosero o a punto de ser muerto por un carnicero. Emprende una lucha mortal que solo su dueña, una niña de unos 13 años llamada Lili (notable debut de Zsófia Psotta) puede detener con el recuerdo de la entrega bondadosa hacia su antigua mascota.

De cierta forma podemos estar viendo un Disney corrompido, tergiversado en buena parte, en cuanto a lo descarnado y sórdido, pero seamos honestos éstas definiciones son muy relativas, y finalmente todas las historias son fáciles de reducir a lo esencial, a lo común, y eso es un inocente y cálido animal perdido por el mundo, solitario, abandonado y desprotegido, herido física y sobre todo emocionalmente, mientras busca salir ileso, librado de tanto mal y solamente volver a casa, no obstante en la película del húngaro Kornél Mundruczó se trata de mucho más que esto y en otro tono, en emprender ya no una dolida y sensible supervivencia, sino un intenso y furioso contraataque, rememorando aunque de forma menos superficial aquellos ataques de plagas, de catástrofes naturales, como las películas de insectos gigantes, solo que con una mayor seriedad y profundidad, más allá del entretenimiento, lo que brinda mejor alcance artístico, sin perder su cualidad narrativa de cautivar al espectador, pero dándole un producto desprovisto de ñoñería o sentimentalismo barato, aunque no le falta una cuota de empatía con el (“seco”) sufrimiento canino, luego desligado a un punto (pero también comprendido) con su enardecimiento brutal.

Hagen busca cierta redención, venganza, hacer pagar a los malos, a los desalmados, como clamando por una esquiva o inexistente justicia, de quien yace desprotegido frente a los abusos de los poderosos, un perro (inferior) frente a los hombres (amos), y ahí se puede ver una lectura sobre el abuso hacia el marginal, a los desfavorecidos, o pensar seguramente en algún contexto especial de Hungría o de los desposeídos del mundo, pero no volemos tan alto, y disfrutemos más de una pequeña ficción, sin buscar auscultaciones sociológicas y políticas, a la instancia de la revolución. Esto incluso se ha visto parodiado (el maltrato a los animales), en Los Simpsons, en un ataque total de delfines, entonces en lugar de buscar grandes representaciones pensemos literalmente en lo que vemos y seamos únicamente más humanos con los animales. Perdonen si soy parte de aplaudir algún mensaje humanista en el ecran que no sea contado a lo Adieu au langage (2014) con una mano en la cadena del inodoro y la otra en el trasero, como filosofando/enseñando sin supuestas pretensiones, evitando el señalamiento de pedantería (pero con oscuridad) o (peor, a cierto ver) la exhibición de altruismos que la sobrada autosuficiencia de cierto público/crítica suele rehuir. Es un buen mensaje, aquel simple y directo, tierno en su final, en humanizarnos y hacer acto de naif humildad, al son de una simbólica trompeta y el reflejo del desarme/gesto animal.

Aparte de Hagen (el verdadero protagonista) comparte Lili alguna sub-trama, primero en ser parte de padres separados, habiendo algunas carencias afectivas y de adaptación que pueden verse demasiado enfatizadas y que no coge mucha relevancia artística; y segundo otra mejor trabajada, a un punto, en pasar de niña a mujer, atraída, y atractiva (contrastada con alguna amiga más femenina y desarrollada), siendo pequeña aun, lo cual cambiará más adelante con unos zapatos en especial, en una cierta discreta sensualidad, muy del tipo japonés.

White God (Fehér isten, 2014) me recuerda a Perro blanco (1982), un primer trabajo con la mucha exigencia del protagonismo de un perro donde se dibuja a una bestia racista, que tiene algunos defectos de realismo (recalcando, haciendo la salvedad, que no resulta fácil hacer que un animal refleje todo lo que queremos de un historia), pero aun así termina siendo loable, seductora e interesante en su recreación sin ser tampoco ninguna maravilla, aparte de ser Samuel Fuller muy entrañable. White god mejora mucho el arte de trabajo con los canes, y aunque no sea una película espectacular, como la mayoría en realidad no lo es, tiene sus atributos, y es una buena ganadora de Un certain regard, que hace de Kornél Mundruczó un director bastante inesperado, sobre todo viendo su anterior trabajo que estuvo por la palma de oro y que poca fe brindaba hacia él, Tender son (2010), que únicamente se salva de la quema absoluta porque es una adaptación libre de la magnífica Frankenstein, de Mary Shelley, y genera algo de curiosidad. Espero que Kornél Mundruczó en el futuro consolide aquel gran premio por White god.