sábado, 25 de abril de 2015

Broken

Un padre pierde a su única hija en un secuestro y violación a manos de unos muchachos, menores de edad, que tienen la ley de su lado y les aminora sus crímenes por muy poco castigo, quizá unos 7 años de cárcel que se vuelven solo seis meses por beneficios. Ellos suelen filmar sus fechorías para hacer pornografía y venderla. Sin embargo, no saben con quién se han metido, ya que Sang-Hyun (un muy convincente y sufrido Jung Jae-Young) es un hombre común, un trabajador de una fábrica, no un héroe de acción, pero tiene una gran ira y dolor para entregarse a una ruta de venganza eliminando a esos pequeños diablos, sin importar su edad, lo que entra a tallar un juicio de valor muy polémico, en que la policía se siente identificada con Sang-Hyun, pero no pueden permitir que éste mate a un menor, por más perverso que sea, y en ello el principal artífice Jo Doo-Sik (estupendo en su hipocresía, miedo y sorna, Lee Joo-Seung) es preciso, con una falta de moral y humanidad que dan escalofríos en un sujeto de tan pocos años, no obstante pronto temerá su destino a manos de Sang-Hyun que está ciego por no dejar que la muerte de su amada niña signifique nada. Para lo que nos metemos de lleno en un buen thriller, que tiene sus momentos de suspenso, como el del desenlace que pone la temática del criminal menor sin castigo digno en discusión.

Como nos gusta el cine coreano revisamos una de tantas buenas cintas que hay, siendo un cine muy prolífico, recargado y de estilo sabroso en lo contemporáneo, que siempre deja joyas maestras como A hard day (2014), que es un policial y thriller demencial, con una frontalidad y WTFs que tanta adrenalina producen, con su humor negro, y su impresionante e impredecible lucha corporal, en medio de una sorpresa tras otra de cómo lidiar con salir impune y victorioso en una lucha sin cuartel entre dos entes corruptos e igual de inteligentes que miden sus fuerzas en una rocambolesca aventura donde el enemigo amenaza cuantiosamente pero no detiene nuestra astucia, en lo que parece por ratos una película medio David contra Goliat, con desparpajo ingenioso en cómo salir indemnes, donde no hay policía que valga ni intensidad que no motive tener los pelos de punta. Y vendrán más, de lo que decimos que la presente es una “pequeña” película que da un grato rato, con una historia que define cada arista, intervienen los padres/posiciones de las víctimas y verdugos, el orden mayor (estricto) y el menor (emocional) en la policía, como ven los noticieros el asunto, y se va generando mucha expectativa en cuanto al caso, y meta que persigue Sang-Hyun, seguido por el Detective Jang Eok-Gwan que se mete muy de cerca con lo que sucede, al punto que siente el dolor del padre, y el temor por el pequeño canalla, estando entre su responsabilidad, y sus sentimientos.

Es interesante ver que el filme no pretende ser una grandilocuente película de acción, donde cada reto es cada vez más complicado, sino es la simple venganza de un padre y un hombre ordinario, sin poderes ni artes especiales (o que surjan repentinos), enfrentándose a elementos más pedestres aun, pero que en su deseo de justicia en sus propias manos, choca contra la sociedad y sus reglas, y ahí se contextualiza bajo cierta novedad, aparte de adaptar con buena factura, emoción, intriga y distintos elementos, momentos y posturas la novela Samayou Yaiba, de Keigo Higashino, por el director Lee Jung-Ho.

Puede ser un filme duro de ver, el querer matar a un menor, sea como fuera, pero los actos delictivos que se manejan dan la sensación de una terrible impunidad y algo imperdonable, que es una lectura de mucha actualización, para repensar y discutir, ya que el filme es una introspección sustancial del tema, aunque claro, tenga que poner una estructura de maldad que haga de balance, al igual que no dejar de lado su gancho y prioridad como thriller, de lo que hay que decir que tiene sus escenas memorables, con el encuentro del negociante pornógrafo, y luego en la nieve, lo que hacen de éste un buen divertimento, dentro de una cuota de riqueza temática, en una propuesta que no solo va a entretener sino a  hacernos pensar un poco.

martes, 21 de abril de 2015

Black Coal, Thin Ice

Ganadora del oso de oro de la Berlinale 2014, la tercera película del chino Yi'nan Diao se mueve en el cine negro con China y cierta precariedad de fondo, en un estilo mucho menos estético que el de su compatriota Jia Zhangke en su Un toque de violencia (2013) que tiene vasos comunicantes con la presente, en cuanto a la impredecible violencia en un país convulso aunque su gente aparente/exprese docilidad o adormecimiento; y en su política cambiante, como quien se está abriendo al mundo más moderno, a lo occidental, pero en donde aún se puede ver a un caballo en una comisaria, o un torpe tiroteo a razón de no revisar a unos delincuentes detenidos, o una persecución simple en tropel al estilo de una maratón en plena calle para un arresto importante, o en su anterior película Night train (2007) a policías lidiando con campesinos revoltosos. En ambas en medio de algún enamoramiento con un criminal en donde la ley puede ser ridícula o triste, como en cierta metáfora de la realidad del país, como en Night train donde una oficial encargada de ejecuciones sufre la soledad y el rumbo hacia el suicidio de no poder cambiar su situación existencial a razón del vacío afectivo, al punto de que una relación de vecindad con una prostituta toma la idea intima/"secreta" y símil de un apetito desmedido por ser amada sin que nada importe más que ello, por encima de la propia seguridad. Esa idea ahora es trasportada a la femme fatale, una versión china de dolorosa expresividad y mucha menos locuacidad, en un cambio de rol de género de una película a otra, donde se entremezcla amor peligroso y (posiblemente) traicionero con asesinatos, en medio de un aire poco novelado en cuanto a lo criminal, es decir austero, pero complementado con un quehacer poético en cuanto a las relaciones humanas que parecen ser la verdadera razón de ser de los filmes de Yi'nan Diao siendo el crimen el gancho, una extremidad circunstancial y un derivador emocional, no sin cierta teatralidad y posada dramatización, que se dota de una estética de interpretación, sumando incorporaciones de algunas pequeñas extravagancias que hacen que la sequedad y la calma del filme tomen una presencia muy personal, aunque se note la intención, pero siendo muy acorde con el espíritu chino de introspección, de interiorización, y de sencillez social.

El filme se resuelve en dos tiempos, en 1999 y en 2004, con el policía Zhang Zili que retirado de su puesto de oficial investigador al conocer que sigue su curso el mismo caso que tenía, al dialogarlo con un amigo y ex compañero que continua las pesquisas, se involucra con la mujer de una lavandería de la que se sospecha porque varios hombres a su alrededor han muerto. Zhang intercede de manera muy sencilla, en un cariz que parece muy espontaneo, y que tira y afloja, con sumo relajo, pero con intensidad emocional, viéndose que el ánimo es lo más trascendental, como en Night train. La naturalidad y evitar la grandilocuencia en el caso hacen que el filme circule de forma atípica al género, otorgándose cierta identidad, creando también un aire de normalización como si fuera un trabajo más de los que ve la policía. Tratado así su tono juega con momentos habiendo como mucho punto muerto y algunos potentes. Hay continuas explicaciones que desentrañan un noir bien desarrollado, en una argumentación sencilla, pero dispersa para generar novedad como dentro de un reloj de arena propiciando varios clímax como aquel de los fuegos artificiales, los restos tirados sobre un tren, un ataque creativo en pleno arresto o la mirada de una casa de diversión desde juegos mecánicos.

Puede que a muchos les apague el tono con que expone la película, invirtiendo el papel principal de la acción con lo afectivo (que hay que decir que tiene un simpático toque sensual), dándole más fuerza a éste último y haciendo que cada movimiento se revista de aquello, pero es una obra que estila personalidad, como en revelar gran parte del misterio y tener por delante como media hora de película, haciendo gala de su propio timing y el uso de sus revelaciones continuas que van generando algún pequeño giro, mientras aparece una lucha de la lealtad contra la honestidad, y es ahí que Yi'nan Diao perpetra un sentir que parece también el del país mismo, produciendo dos ratos claves, un baile desenfrenado y liberador en un amplio salón (es de estimar que es el parámetro general, la amplitud y los pequeños puntos interactuando, habiendo como un despoblamiento espiritual, que contradice la sobrepoblación reinante, o deja un mensaje de invisibilidad y necesidad a pesar de sus características demográficas), y un ataque en el día con fuegos artificiales como enarbola el título original de la película en chino, que es como un destello de complicidad, de última alegría, frente al deber, la cura de una “enfermedad” y sentido del filme. De lo que el director exhibe que sabe manejar la sensibilización de su propuesta, sin ser digno de melodrama, lo que tenía su anterior filme, al que logra superar con creces. Y se hace una película no de las más brutales, ya que no estima serlo aun habiendo mutilaciones y restos de cadáveres en carbón o un violento ataque con cuchillas, pero si una agradable introspección espiritual tras la proclividad al homicidio, que parece ser ya una temática de Diao.

lunes, 20 de abril de 2015

Snowtown

Ya se sabe la alineación de las competidoras por la palma de oro 2015, y uno de ellos es el australiano Justin Kurzel, de quien hablaremos de su ópera prima, estando su segundo filme Macbeth en la disputa en Cannes de este año.

Snowtown retrata hechos reales, sobre los asesinatos de Adelaida, una ciudad de Australia, en los suburbios, a manos de John Bunting que fue ayudado por otras personas, y una de ellas es el protagonista del filme, Jamie Vlassakis (Lucas Pittaway), que es un adolescente de 16 años que sufre de un abuso de pedofilia por parte de un vecino y pareja de su madre, y una violación a manos de un hermano, con lo que su relación con Bunting (Daniel Henshall) se hace muy “acorde” con lo que está padeciendo, en que éste asesino serial se había propuesto limpiar las calles de ese tipo de gente, en un asunto perturbador que involucra la tortura y la desaparición que pasó de apasionadas discusiones caseras entre amistades del barrio hasta deshacerse de homosexuales, retardados y drogadictos, incluso familiares próximos.

Es un filme oscuro donde Bunting con esa sonrisa de chico perverso manipula a todos a su alrededor con su fuerte personalidad y carisma que arrastra a los demás hacia la violencia, que se siente más que lógicamente oculta (viendo que el filme recurre a momentos puntuales, que hablan de algo tras bastidores en medio de la carencia material, el peligro de la zona y la disfuncionalidad familiar), si bien hay una presencia imponente de una parte que trata de llenar un hueco y se presenta como una necesidad, que parte de actos de venganza contra el vecino pedófilo instigándolo a que se retire del lugar, en un intensidad seca que se decide en la frialdad de alguna estética cromática, con golpizas atroces en una bañera, luego escondidas en mensajes de despedida planeados por los criminales.

Jamie Vlassakis es una pieza de las circunstancias, al parecer por la historia, que queda doblegado y luego atrapado en un acto de (extrema) defensa que se torna demencial, y ahí lo vemos sufrir frente a lo que está desbordado, atemorizándolo y horrorizándolo, en un limbo de iniquidades y crueldades que aparentan una justificación pero que se enciende de locura, donde la ausencia de la previsibilidad de la ley y el abuso contra el débil se convierte en una paradoja de eliminación sistemática. En un filme donde hay poco respiro, aunque se mueva en la aparente calma, una que vistos los sucesos se hace mucho más dolorosa que abiertamente, en donde se ve el quiebre emocional del muchacho que se percibe en el uso de drogas, como en aquella pesadilla que abre el relato y que dictamina un rumbo hacia el abismo, en un quehacer que involucra la determinación del abandono general, en una obra sumamente pesimista, terrible, donde los suburbios desbordan de suciedad.

El filme toma una posición de suma observación, como en los ojos atentos, que hacen de reflejo, de Jamie, y sus lágrimas furtivas, que involucran constantemente al miedo, muy bien retratado en aquella llamada dubitativa a la policía. Colocándose dentro de una mirada de cierto parecido pero con otra dirección o quiebre a Prisioneros (2013). En una propuesta que describe perfectamente estar encerrado en un interminable ciclo de salvajismo, en donde no se da tregua de cara a aquella zona y sus carencias, primero en la pasividad y luego en la brutalidad que ensimisman un callejón sin salida.  

domingo, 12 de abril de 2015

Qué difícil es ser un Dios (Hard to be a god)

Con solo 6 filmes Aleksey German es un cineasta mítico, aunque no todo lo conocido que debiera ser en el mundo, pero con su última obra, a la que le ha dedicado tanto empeño, la que nos reúne en ésta crítica, eso seguramente cambiará, en una propuesta que ha tardado trece años en ver la luz, y es una aventura absoluta, harto cinéfila, muy propia del arte del cine donde la imagen lo es todo, es tan potente. El 2015, a dos del estreno de Hard to be a god (Trudno byt bogom, 2013), será el año de German (aunque póstumo), como en las listas que lo han postergado, si bien hay que recordar que su fama se inmortalizó en 1971 con Control en los caminos (Proverka na dorogakh) que fue censurada por el gobierno de la URSS hasta la caída de éste, en que se retrata la redención de un traidor del ejército ruso en época de ocupación nazi durante 1942 en las filas de los partisanos cuando pretende ayudar a su país entregándose por completo a ello, en una obra donde vemos que hay dos líderes representativos rusos, uno es Petushkov (Anatoliy Solonitsyn) que es un tipo bastante duro que claramente luce como un trasunto del comunismo más firme, el de su tiempo y el estado, el que no perdona al traidor Lazarev (Vladimir Zamanskiy) queriendo verlo colgado a pesar de tantas demostraciones de reinserción, sacrificio y lealtad; y el otro es Lokotkov (Rolan Bykov) que es muy humano, y al que veremos relegado como militar aun con tanto don de liderazgo, bondad y sentido de lo justo y la oportunidad, al ser apreciado como un tipo débil para el partido. 

Hard to be a god es una obra monumental, basada en una novela de los hermanos Arkadiy y Boris Strugatskiy, los mismos que fueron adaptados por el gran Andrei Tarkovsky, de lo que Roadside Picnic se convirtió en Stalker (1979). En la presente hacen una obra de ciencia ficción que critica de forma “velada” las purgas intelectuales demenciales que se llevaron a cabo con Joseph Stalin, y con él iban contra su propio gobierno en 1964, y todo tipo de poder carente de democracia. German dicen pudo tener en mente la actualidad, a Vladimir Putin, pero en un trabajo de realización tan extenso, y tan amplio de miras y señalamientos, eso puede quedar en un plano anecdótico que poco tiene que ver con la envergadura propia del arte que contiene por sí misma, sin lecturas específicas de corte político, sino más bien invoca la deshumanización más atroz que uno puede pensar, el limite más temido, en una referencia mayor, universal, tras una barbarie donde lo medieval se ve con pelos y señales, en que el lodo gobierna el reino de Arkanar.

En la película hay esclavos con tablas de verdugo colocadas al cuello, vejación, ahorcados masivos o dirigidos hacia ahí, encarcelados en jaulas primitivas, niños deambulando salvajes vistos sin piedad jugando con cuerpos corrompidos, muchos cadáveres tendidos en el camino, mutilaciones, pedazos humanos, animales diseccionados o muertos colgados en cadenas como en mataderos, mucha podredumbre, sangre, mucosidad, incluso vísceras cayendo de abdómenes cortados, cantidad de hombres voluminosos, mujeres desnudas o tratadas como carne, sexualidad descarnada desprovista de erotismo, vulgaridad, llaneza, impiedad, crueldad, en un espacio dominado por lo medieval, y la exterminación de todo atisbo de renacimiento, en persecuciones a los llamados sabios, a manos de cultos paganos. En un orden de suma inmundicia donde todo es repugnante, violento  e inhumano.

El mayor valor del filme no está en su narrativa o relato, que es confuso, y muy mínimo en realidad, de poca trascendencia, donde no hay muchos cambios dramáticos en la historia que no sean los reflejos de la incivilización propio de un retrato continuo, en que se trata de la abstracción de una mentalidad, de un espacio terrenal y forma de gobierno deplorable, aunque se hable de otro planeta, uno muy similar al nuestro. El mayor valor del filme está en su visualidad, en su contextualización, en sentir y vivir a Arkanar, y esa forma de vida tan sucia, y tan despiadada.  Es una experiencia en una cosmovisión, en un realismo. Con una cámara que esferoide por ratos, parece chocar contra la gente, mientras se rompe la cuarta pared y hay como diálogo directo, que va hacia otros miembros burdos, armados y gigantescos que yacen donde el espectador, casi pegada la lente a lo que estamos viendo, muy próxima, generando el malestar que enarbola el filme como bandera; y solo un investigador y noble hijo ilegitimo de un dios pagano -que se da cuenta de la impotencia que genera ésta humanidad, en un pesimismo terrible- aclimatado a este mundo, Don Rumata (Leonid Yarmolnik) puede ir como en una road movie por el reino chocándose y surcando sin problemas con esta realidad, de menester, de pauperización, de la omnipotencia del barro, de los excrementos, de las secreciones, de lo nauseabundo, en donde la palabra salvaje e intenso disminuye y domina el territorio, donde el fuerte destruye al débil, y no existe noción de valores, en un constante peligro de perecer o quedar encerrado, en volvernos adictos a la perversidad de todo tipo, ya que incluso Don Rumata es un témpano de hielo (pero también un atisbo de arte, como en lo musical), hasta perder la sangre e inmiscuirse cuando nada sentimental domina el alma, y la sabiduría se repele como al demonio por una nobleza y paganismo encendido de sinrazón, de subyugación demencial, y locura impredecible, en lo que veremos todo con gran fuerza escénica en tomas largas, donde lo esencial transpira, se impregna en el espectador y  es como un viaje a las tinieblas, al mismo infierno en que sin espíritu no hay diferencia con los animales depredadores, carente de leyes que no sean la de subsistir aunque traicionándose y enfrentándose entre ellos por placer y frialdad, donde Don Rumata es conocido como un gran duelista que cercena orejas y se dedica a recorrer y mezclarse con el pueblo, los cultos, sus nobles enfrentados, niños zarrapastrosos y las multitudes de esclavos torturados o muertos regados por todas partes, donde el gris es el color que bien dibuja la geografía.

Son tres horas donde quedarás atrapado sufriendo la tragedia de la deshumanización, en lo que se exige un estómago fuerte del espectador, uno que se atreva a ver todas las bajezas y putrefacciones que uno imagine, un gordo pintado de payaso poniendo el culo para que lo cojan, un cuerpo inerte como muestra de prostitución, cadáveres descompuestos regados, algún adolescente jugando con una cabeza cercenada, cuerpos cabizbajos en procesión  hacia la horca, retardo y humillación, esclavismo sin compasión, y un largo etcétera sin restricciones, pero careciendo de sobreexplotaciones inútiles o efectistas, aunque en donde todo parece permitido, y esa sensación es la que perdura, en una película tan dura, violenta e implacable. El entender de un rumbo donde es tan difícil ser Dios, y no como algunos dicen, que éste no aboga por el planeta. Y es que Don Rumata vibrará, pero todo será en vano, en una desesperanza, “monotonía”, que bien nos hace valorar que Arkanar sea solo un limbo imaginario, distópico y enfermizo, una aventura al submundo del medievo radical, a las formas más brutales, y en medio de lo que se puede creer que existe y no es vida. El caos máximo. El apocalipsis. 

Asu Mare 2

Película peruana que tiene el antecedente de que la primera es la más taquillera de la historia de nuestro cine, y hay que decir que por lo que se ve en el ambiente y la tanta publicidad va camino a reventar la taquilla de nuevo, o acercarse. Donde pude visionarla, estaba repleto de gente en un lugar amplio, y no paraban de reír a cada rato en la sala, hasta con lo más mínimo. Pero ¿con qué se reían? Con una sarta de chistes mayormente vulgares, sumamente directos, con hartas lisuras, y otros en doble sentido e igual de ordinarios, que remiten a lo peor que tenemos en la jerga, en lo llano o coloquial y en el lenguaje de la calle, ya que el barrio que remite Cachín es uno de los más bajos que uno puede tener, una cara bastante pobre de nuestra idiosincrasia criolla (y esto supera clases), fuera de retoques y mezclas de humanismo, amistad, cierta nobleza y cariño que acompaña. Visto bien es el que no mira atenuantes en el trato soez y excesivamente campechano, y es que a Asu Mare 2 se le ha pasado la mano en su chabacanería; el barrio es el barrio, aunque muchos ni saben realmente de lo que se trata porque solo ven el aspecto más superficial, expropiado, llevadero y simpático, pura nomenclatura, viendo que el que nos invoca ahora es  repudiable, aunque se pinte de broma y se esconda en la calidez del compañerismo más leal que vive alegrías en el quehacer común de beber en grupo, jugar al fútbol, hacerse bromas y compartir todo momento de recreación y de preocupación, porque lo que significa, es aguantar cualquier cosa, cualquier desfachatez, incordio y vergüenza dibujado de patota, tontees y confianza. Tampoco es que Cachín esté loco, y rechace a los amigos por gusto, fuera del efectismo y del estereotipo más facilista al que recurre como formato la película, el personaje de Cachín sabe que lo pueden dejar bastante mal parado, que el comportamiento de sus amigos puede ser muy burdo y sin límites de educación, pero claro, prima aceptarse, reconocer la amistad y de dónde venimos, aunque sea contener todo lo malo también de esa cultura de esquina, ese lado simpático que esconde lo lumpen, aunque suene algo extremo.

Me acuerdo de Relatos Salvajes (2014) que tenía momentos grotescos, de cierta catadura baja como defecar a vista del espectador en el parabrisas de un carro, pero al final en general estaban revestidas las viñetas de un formato que hacían a un buen punto distante y por encima a la realidad, la temática recurría al extremo, al cuento, casi a la parodia, siendo lo que veíamos mucho propio de una historia, habiendo trabajo estético y notoriamente ajustado a la ficción, al juego, dentro de una ligereza que implicaba noción de fantasía, de cine, mínima más no esquemática, y más desintoxicación por burla que sentido identificador, pero en cambio a Asu Mare 2 uno lo siente tan cercano, tan de a pie a uno, tan representativo, apelando a la empatía, a tocar la fibra emocional, al nacionalismo y a los sentimientos, pero a través de lo más resina, que lo que dejamos de ejemplo, o de diversión, es como un ataque a todo sentido real de civilización, promoviendo un criollismo que nos hace un país tan subdesarrollado, tan difícil de sobrellevar. Ya no es el pretexto de un día de furia para proponer violencia (recreativa) en la revancha, sino la aclimatación realista, de piel, contundente, a una desagradable e insoportable cara de nuestra peruanidad, de cómo movernos.

Todo bajo elementos que van haciendo “llevadero” ese comportamiento y vulgaridad, ahí bailan marinera, hacen nostalgia de los años 90, de las telenovelas, series y grupos musicales pop, de cierta ridiculez o huachafería como le decimos nosotros, de valores de compañerismo, de tener personalidad, de humildad, de romper con límites de clases. Y lo mejor de la propuesta, sacar siempre un as bajo la manga, alguna novedad, habiendo una historia mucho más nutrida, bastante la verdad, con respecto a la primera, si bien se toca en base a lo conocido, al recurso y a lo mecánico, a la fórmula de llegar a la gente con lo primario, apelando a una sensibilidad de método, es decir sumamente fácil, una que se nota desde lejos su intención, y que es poco productiva como narrativa, ya que Asu Mare 2 es sumamente elemental, aunque cuenta muchas cosas, hay muchos sketches, momentos, teniendo presente que pretende superar a su antecesora, y uno espera la sorpresa, o los elementos de nuestra historia musical (más ñoña) como con Torbellino; o de televisión, con los mismos integrantes de Pataclaun (uno como profesor de inglés en vídeo, otra como una esnob crítica de arte sin reales nociones, y los demás como sus mismos personajes y de lugares más acomodados que el protagonista), con frases de la caja boba como la mítica “que empiece la juerga” en un cameo de Julián Legaspi, habiendo varios (el más notable con el taxista ininteligible y de mal aspecto en Pietro Sibille), infinidad de nuestros lugares comunes dispuestos a la broma, aunque hay momentos que son tan obvios, o tan artificiales para generar compatibilidad que uno por ratos se llena de lo anodino o nulo, como con la distinción económica de los padres de Emilia, luego bailarines populares olvidados de sus prejuicios, para cerrar con el lema todos somos iguales, no a las diferencias sociales, que es parte importante del conjunto, tanto como que Cachín acepte de donde viene y con quienes comparte allá en su distrito, Mirones, Cercado de Lima, una zona austera.  

Un elemento importante es la participación de Christian Meier, que se presta para todo, como un malvado que quiere quitarle a Carlos Alcántara a su futura mujer, y desenmascararlo como un pobretón y acomplejado, cosas que Cachín lógicamente llega a remontar. Meier se burla de su propia figura de galán y de la música melosa que hizo; su alabanza a sus canciones y que le pongan Carreteras mojadas a cada rato como estribillo ciertamente da risa, aunque un fuera mierda masivo sea tan penoso (creativamente) como desquite en el cierre a su colaboración. Meier hace algo exagerado, un cliché, pero lo interpreta realmente bien, que incluso uno esperaba que apareciera más en la película. Y con él Rodrigo Sánchez Patiño, que es un gran secundario, como el amigo fiel y chupamedias que dice la verdad y se queda fuera de lugar en la actitud que debe enarbolar como sujeto servil, al final es un tipo bueno, con un líder equivocado. Hacen una buena dupla de antagonistas. Después de Machín, estos son lo mejor del filme. Aunque Alcántara no hace nada excepcional, perdonándolo por el formato, y gracias a su naturalidad; solo hace comedia sin más, pero, bueno, entretenida a un punto. Mientras Emilia Drago es una chica muy simpática, de bonita figura, bella, y su carisma pega muy bien, aunque no sea tan exigente en su performance, o no genere algo elaborado, más allá de tener mucha participación. Pero es muy aceptable su interacción.

Asu Mare 2 es una mezcla de molestia, con muchas bromas patéticas, muchas secas pero sin inteligencia, en un guion que uno se pregunta quien lo ha escrito, porque recoge realmente al barrio, ese que fastidia y uno rechaza por no tener ninguna contención, al esperar de éste lo peor, aunque se nos pinte que también lo mejor, en una aceptación que vista bien a nadie con dos dedos de frente y sobre todo educación le haría gracia (y no por clasismo ni supina marginación que es como un pretexto del que todo tiene que aguantar); junto a ratos de “y ahora que viene”, que sacan momentos uno tras otros, que es como un cajón de sastre pero coherente a su estilo, y que ha dado todo en cuanto a su esquema, simple, pero atreviéndose a mucho, y yo diría que se han pasado, pero tampoco se le puede pedir peras al olmo, y qué se puede hacer si a la gente le gusta esto, o hay que tragarse mucha mierda para ver sentimientos, y entretenerse, y si es así pues cada quien recoja lo que busca, yo en lo personal puedo ser condescendiente por una parte, y ver algunos destellos, personajes, y ocurrencias, pero el conjunto no es el más óptimo, dejando mucho que desear como comedia, y sobre todo como ejemplo, si es que quieren este tipo de criollismo en sus hogares, y en mi valoración personal y bastante humilde, no es para entusiasmarse con el filme, aunque no le niego que tiene su ratos, y que hay disgusto con cierto gusto, pero a fin de cuentas reprueba a mi ver, aunque estoy convencido que cada pueblo tiene lo que espera, y en ello Asu Mare 2 ha dejado la camiseta en la cancha, el director Ricardo Maldonado, Tondero producciones, teniendo a muchos artistas nacionales involucrados, a los más sonaditos, carismáticos y llamativos, en una película “informal”, como lo es nuestra realidad. En lo que ya no es la historia de Cachín, ni la de su esposa, sino la de una idiosincrasia nacional, que en lo personal más que de diferencias, deberíamos hablar de evolución, si bien hay un cine al cual se le pide muy poco como sustancia, más allá de apariencias banales, o de mandar al diablo la corrección para hacer algún producto masivo, pero menor como arte, si es que se le invoca de alguna manera, que no sea simplemente entretener a boca de jarro. 

jueves, 9 de abril de 2015

Tres D

El director de éste filme, el argentino Rosendo Ruíz, está presentando su tercera película en el festival de cine independiente de Buenos Aires 2015 (BAFICI), llamada Todo el tiempo del mundo, para lo que esperándola recordamos su segunda película, pero antes pongámonos en contexto con su ópera prima De Caravana (2010) que representa la película más emblemática del llamado nuevo cine cordobés, un pequeño movimiento de cine argentino. En dicha película se mira con aprecio lo popular y localista como con la imagen del cantante La Mona Jimenéz, mientras un joven bien, de clase social alta, y fotógrafo, se mete en muchos problemas tras ir a cubrir uno de sus masivos conciertos locales, siendo originario de Córdoba, y conoce a un grupo de gente de barrio diríamos, una chica sexy pero humilde llamada Sara; un tipo peligroso que trafica, Maxtor; y un travesti amigo de ambos, Penélope; como también al novio de Sara que es un matón de esquina y tiene su banda; entre ellos Juan tendrá más de un dolor de cabeza, pero también se enamorará y abrirá sus miras al mundo, conocerá como dice Maxtor a gente fuera del pomo, en una película pequeña, popular y bastante entretenida.

Abordando el tema principal, Tres D (2014) “cambia” de rumbo, es una pequeña película de cine arte, pero muy llevadera, que trata de ser amable, fácil de ver y entretener, siendo menos exigente que en donde está trabajando, pero con alma, un sentir de justificación, como nos dice uno de los tantos diálogos que tiene la propuesta, de qué debe ser/tener el cine; uno que nos atrae, nos describe e intelectualiza al respecto del festival al que se adscribe (el festival de cine independiente de Cosquín –FICIC, lugar en que se contextualiza el relato) y sobre la propia película, aunque tenga cierto aire a recurso con lo de trabajar sobre un evento cinéfilo, pero con una gran calidad, control, sustancia y desarrollo pleno, aparte de un afecto al cine que sobrepasa en logro a Los Ilusos (2013) por comparar con una película que tenía la misma disposición y tuvo acercamiento con el público más duro del séptimo arte, solo que Tres D consigue ser menos artificial, mucho más natural, más fluida y relajada, y sobre todo más cinéfila, con una entrevista a un viejo proyeccionista (que se entiende como cierta nostalgia o algo que se está yendo o más que seguramente se irá con lo digital ante la facilidad económica y de producción), críticos (Nicolás Prividera, Jorge García), directores de cine (Germán Scelso, Gustavo Fontán), un documentalista amateur y gente implicada con el 3er FICIC que van a ser abordados por el protagonista, Matías, y su asistente Micaela –Mica.

Matías y Mica tienen el trabajo de envolverse, dar a conocer al espectador, a los gestores y participantes (que llegan a interactuar hasta más allá de lo documental, como con la ironía que da una entrevistada que termina en ropa interior y en el cuarto con Matías tras lo que parece atracción de ella, y quizá una aventura), sacando de todos ellos que tienen las cosas muy claras con lo que debe ser el séptimo arte, y lo que hacen y aman de él, lo que promueven y con quienes buscan interrelacionarse, hablando de un espíritu que inquiere por transcendencia más que comercialidad, sin falsas exigencias (ya que también hay posturas convenidas en los festivales), en medio de la autenticidad, como bien representa el cine y la presencia llamativa de José Campusano, que no solo tiene un cine original y personal aunque imperfecto, sino da a entender tolerancia (cuando alguien directamente no gusta de su arte señalando violencia y malas actuaciones, que es algo que ha sido critica recurrente), y responde con seguridad sobre su obra, en medio de una fuerte presencia física dentro de un aire de suma tranquilidad, cuando se está exhibiendo Fango (2012), animándose a participar de la ficción del filme, ya que esta maneja cierto aire documental y otro como historia romántica (y de trabajo), una que rompe un poco con lo tradicional, se hace más lógica pero menos idealizada (por el cine industrial) como en aquella verdad y belleza de la que habla Campusano.

Una entrevista explica los vasos comunicantes entre ficción y documental, y como se pueden mezclar sin problemas, como hace Rosendo Ruíz. Del título hay que decir que es parte de la narrativa, y tiene su gracia y creatividad que anden por la calle con lentes 3D, de lo que parece una declaración de motivaciones en como se ve el cine a través de la realidad, y no del mercado o del puro entretenimiento, ya que la presente película divierte, pero también maneja un discurso bastante digno, cinéfilo, desmenuzando cada parte de su concepción formal, en un ejercicio de ilustración, con aire de frescura envuelto en el trato con el chico nice que es Matías, y la chica medio loca, infantil, con su skate y su trato de camarada más que de aspecto femenino, que luego pasa por sensual (hasta con mujeres) y más tarde por igual sofisticación que Matías. Junto a ellos está la muchacha del grupo folclórico que se presta al romance y al conflicto. En un filme sencillo, pero muy bien hecho, bajo una notable edición, observando como se complementan sus partes entre sí, haciendo una interactuación sin fisuras entre el FICIC y sus protagonistas de ficción (dos aventureros, como en aquel final de crédito cuando se tira dedo), en algo que termina siendo bastante simpático. 

lunes, 6 de abril de 2015

The Babadook

Película de terror y ópera prima de la australiana Jennifer Kent, que nos cuenta como una madre debe lidiar con su hijo pequeño problemático, que está obsesionado con los monstruos, para lo que fabrica armas rudimentarias, trampas y defensas contra ellos, pero que en realidad significa, alberga, un dolor y un rencor secreto de madre hacia hijo, una distancia/conflicto interior que el Babadook permite verlo y enfrentarlo, aunque el accionar e intención de éste luzca mortal, terrorífico, tan peligroso, en una enajenación fuera de sí, parecido a El resplandor (1980) donde algo se apodera de Jack Torrance teniendo antecedentes de alcoholismo y abuso familiar que anuncian el despertar de esa locura que le provee la invasión del lugar, y se convierte en un asesino desquiciado, como lo deja ver el cuento hallado en el hogar que implica a una bestia fantasmal llamada Babadook, en un llamado gutural, pero que más es una psicología, y una interiorización, una expurgación de nuestros demonios, a razón de que Amelia (Essie Davis) cuando iba a dar a luz sufrió un accidente en auto por el apuro, donde murió su amado esposo, culpando silenciosamente desde ahí a su hijo de esa pérdida que no logra superar en 7 años, como cuando dice el niño que no celebran su cumpleaños, y que poco a poco se va desentrañando en un trato que muta hacia la violencia más descarnada, enferma, como con el perro y el cuchillo en la mano, surgiendo primero un deterioro y alucinaciones premonitorias, uno que insufla el niño con su mala integración al colegio o con los propios familiares, viendo como hiere a uno ante la rabia, y es que todo gira en base a una determinante ausencia, como lo representa ese sótano donde un ente demoniaco pide le entreguen/castiguen al niño, y es la mentalidad oscurecida en la intimidad del corazón, que se proyecta y se desarrolla en lo paranormal, en dicha simbolización, en una sentencia de muerte, como recuerda aquel mítico redrum (asesinato en inglés escrito al revés).

En medio de ese contexto es interesante ver como el rostro de la actriz Essie Davis, que demuestra mucho talento para la ocasión (cuando el niño Noah Wiseman no lo hace mal, pero a veces lucen sobreactuadas sus rabietas, si bien sus ratos inteligentes se concretan muy bien), alberga todo ese sentir interno y el que vive alrededor, de corrupción, depresión (palabra clave para entender el germen desencadenante de locura), cansancio, abandono, envejecimiento prematuro, soledad, carencia de su sexualidad/sensualidad –como con el vibrador y la intromisión de los temores del hijo, un sentido de culpa también, habiendo un quiebre latente abrupto de mujer carnal a madre- y cierta pasividad al comienzo, frente a un niño que grita constantemente, es hiperactivo y causa tantas molestias producto de su fijación, una justificada, en un reflejo del trato que viene teniendo velado en pantalla, hasta desentrañarlo en la demencia que invoca el Babadook, siendo antes algo cotidiano, mínimo y disimulado, en esa madre que parece dócil y amorosa, pero que en realidad no perdona a su hijo por algo involuntario, y lo maltrata tras bambalinas, pero esa es la domesticación que buscan una vez que explota el dolor, teniendo que buscar manejar a ese monstruo, que llega a lo literal. En lo que tiene buenos efectos como con el adelanto de la noche al día que habla de pesadez y fatiga, o alguna visión fantasmal. 

The Babadook es una buena historia de terror que a muchos ha emocionado, que articula la lectura del sentir de la madre absorbida por la maternidad, incluso de ella sola, y como debe manejarse con la tensión y sus responsabilidades, exacerbadas para fabricar un buen susto. Y en ello hay que decir que el Babadook cumple a perfección, que siendo propio de un cuento infantil también hace de las suyas produciendo algo mucho más tenebroso, sin provocar hilaridad, sino es contundente, apreciando que lo llegaremos a ver, aunque en claros oscuros, como en cierto expresionismo, siempre entre las sombras, como digno de esas pesadillas que atormentan a Amelia desde el principio. 

domingo, 5 de abril de 2015

A Girl Walks Home Alone at Night

Ópera prima de Ana Lily Amirpour, inglesa de ascendencia persa, que convierte un paraje de Estados Unidos en alguna ciudad anónima iraní conocida como Bad City donde un vampiro con chador, rememorando el cine de Jim Jarmusch, su melomania musical, sus marginales, o nos remontamos directamente a su última obra Only Lovers Left Alive (2013), nos da la nota romántica, de una relación de las llamadas imposibles, en un blanco y negro seductor, muy indie, en que hay extravagancia (el “monstruo” danzando como una groupie en un cuarto lleno de posters de grupos musicales, o patinando en skate en plena noche al rato de atemorizar a un pequeño prometiendo castigarlo si no es un buen niño), comedia seca y su toque de ridiculez, en un filme muy femenino, aunque con una prostituta, un dealer usurero y matonesco, y un drogadicto lobo con piel de oveja auto-destructivo, un submundo, donde el héroe, si es que lo hay, ya que éste no hace nada espectacular, sino más bien es como un secundario a la mujer protagonista, aunque sea de rescate, Arash (Arash Marandi) solo quiere sobrevivir, andar por el mundo en su carro de onda, ayudar a su adicto abandonado padre, y poder enamorarse.

Estamos en el interior de un filme muy sencillo, pero simpático, donde un Drácula falso sometido a una juerga nocturna con drogas, ante el despiste de una bella hembra engreída que juega con todos, cobija/cuida de un verdadero vampiro y depredador, se enamora de ésta sin saber de su oscura identidad, en una aceptación que va contra la sentencia del mal, de la derrota, como puede ser la marginalidad, o el abismo general de éste pueblito maldito, debajo del instinto, de la que dice, soy mala, he hecho cosas terribles, y eso incluye un devastador ajuste de cuentas, dentro de una moral discutible pero libre de juicio al final que no sea uno que solo pasa por la mente del protagonista y nosotros debemos interpretar y completar, donde el mal se hace cargo de otras formas de corrupción, en la que parece una ciudad perdida (el anunciado spaghetti western), donde todo se mezcla sin haber ninguna pureza de alma, salvo la de Arash que puede convencer al mismo demonio, como con la ternura de hacer agujeros en la oreja de la forma más rústica, a través de una sensualidad rebelde.

A Girl Walks Home Alone at Night pretende que el mundo personal autoral se haga colectivo, sea confabulador e identificador y uno se sienta como un adolescente enamorándose en forma cool, siendo como la mayoría un fanático musical, saliendo a la discoteca, a la diversión juvenil, conociendo las drogas, siendo rara(o), equivocándose, hasta la llegada del motivo de reflexión y justificación, aquí es el príncipe anhelado y el sueño de estabilidad/felicidad en medio de tanta tragedia y rechazo, incluyendo a un punto el nuestro, provocado por un terror de los que parecen más un pretexto, una anécdota o un rasgo de originalidad y distinción que complejiza o esconde lo que en realidad es una lectura común.

El acechamiento vampírico no está trabajado para generar miedo, aunque tiene de suspenso y alguna sorpresa sangrienta en cuestión a un dedo, sino darle contexto o una máscara al producto, la novedad, en que lo que realmente se retrata es como una chica (Sheila Vand) se mete con un matón punk y es como la aventura afectiva errada, la que la contamina, o saca su peor cara, mientras Arash es como la redención, el camino, la esperanza, la salida, cuando el resto de la historia, lo que viene a continuación, es la madurez y la adultez que muchos achacan de menos pasional, lo que ya no importa ni veremos, sino el “y finalmente fueron felices”, ¿cómo?, aceptando lo peor, que bien dice aquello de que la unión enfrenta cualquier tormenta, como con aquella prostituta que es un espejo del matar del vampiro, en una cara pedestre, a la cual comprender y se castiguen a los malos hombres, y de ahí que exista una lógica de justificación. Lo que importa es el hombre probo, que salva a la damisela caída en desgracia, aunque esta sea una especie de monstruo, en una lectura distorsionada de lo tradicional, inocente y muy femenino en una moderna y “terrorífica” película.  

jueves, 2 de abril de 2015

Pasolini

Último filme hasta la fecha del director americano Abel Ferrara, cineasta independiente y uno de culto, ya que no suele acaparar tanto la atención, acotando que tiene cierto lugar de respeto dentro del cine arte actual, aunque su trabajo cinematográfico suele ser imperfecto tanto como atrevido, y polémico, pero claro. El mismo 2014 deja terminadas dos piezas de su autoría (también es co- guionista de sus obras), la primera Welcome to New York (2014) donde su Devereaux, interpretado por el enorme y mítico actor francés Gérard Depardieu que encarna perfectamente el deseo desmedido de tener cuanto pase por su mente, cogiéndolo sin atenuante/consciencia alguna de por medio, es el trasunto de Dominique Strauss-Kahn y un ruidoso affaire con él; un político francés que fue el director del Fondo Monetario Internacional, y del que se dice que tiene una apetencia desmedida por las mujeres y el sexo, que en el filme compensa con costosas prostitutas e íntimas fiestas orgiásticas en lujosos espacios de su privilegiado orden social, en una adicción y comportamiento omnipotente que lo llevan a forzar a una sencilla empleada de un prestigioso hotel de New York, y con ello cayó en un juicio escandaloso que empañó su prometedora carrera política, además de la imagen idealista de su juventud, como atendemos en aquel monólogo frente a unos representativos rascacielos, del capitalismo que lo consume arrebatado y ciego. En una contundente, descarnada, hasta lo literal, crítica, contra el obnubilarse y corromperse con el poder y el dinero. Volviéndose un animal depredador que poco o nada tiene que ver con el humanismo, incluso la cordura, y los valores enaltecedores del éxito. La segunda es la que nos compete, y nos retrata las horas finales de vida del famoso director italiano Pier Paolo Pasolini, un revolucionario del arte y de la lucha contra la violencia de su país, esa que intenta ser la hegemonía política nacional, como explica el propio Pasolini en su última entrevista, en que nos habla de una ambición desmedida que implica romper las reglas y todo límite; véase que justamente es lo que indica la anterior película de Ferrara.

Pasolini (2014) son especies de fragmentos, porque es lo que hace en éstas horas últimas (aunque con la ayuda de representar/ver un retazo de un escrito a publicarse donde se ve salvaje promiscuidad y homosexualidad, que indica autobiografía y cierto auto-desprecio por algunos actos o emociones encontradas; y el de un futuro guion/película), lo que se cuece en aquella actualidad, y puede dejar un poco confundido al espectador al no estar al tanto de la biografía del director italiano vista la brevedad y su lugar temporal en movimiento, pero se puede entender –y esa parece la mayor intención- como la esencia de un hombre, su ideología de vida, sus características y cotidianidad descriptiva, que versa sobre el ideal y una dosis de poética, tanto como de cierto realismo, en su intensa inclinación sexual y en la criminalidad de su defunción que puede leerse como la radiografía de un país en su forma política y social, transversal a la simpleza de los acontecimientos fúnebres.

En ella vemos como prepara una nueva película, desmedida a un punto pero con su cuota de filosofía existencial, cuando está apunto de exhibirse la incendiaria, polémica y difícil de aguantar Saló o los 120 días de Sodoma (1975). El protagonista lo representa un viejo, tierno y liberal (relajado) a partes iguales, Ninetto Davoli, que fue actor recurrente de Pasolini, y amigo cercano como vemos en la actuación de Riccardo Scamarcio que lo interpreta en el filme.

El Pier Paolo Pasolini de Abel Ferrara en la piel de un siempre comprometido y todo terreno Willem Dafoe –tiene que dar la impresión de hacer sexo oral gay en un carro; tanto como logra dar una sensibilidad, un aire de meditación e interiorización, o humanidad cuando sencillamente juega al fútbol en un espacio rustico y cálido- es un hombre común, del pueblo, de espíritu humilde, a su vez alguien inteligente, que sabe quién es perfectamente, aunque guarda momentos de lucha emocional; vive con fuerza, está metido en mil asuntos profesionales y es un sujeto polifacético al que la definición del pasaporte (escritor) le queda corta, pero se da el tiempo para “simplemente” andar con amigos (algunos extravagantes como el rol que hace la actriz portuguesa Maria de Medeiros), o con su madre, con quienes comparte el arte; e ir a comer a pequeños restaurantes donde lo saludan como a uno de la familia, le llaman con cariño; tanto como recoger a algún muchacho hambriento puto, y dejar volar la leyenda hasta el final de sus días. En quien puede ser muy controversial ya que todo lo que toca tiene cierta connotación sexual, tanto como social y política, en lo que también se exhibe su autenticidad en sacar tanto lo excesivo como lo íntimo a la luz.

Pasolini de Ferrara es como flotar sobre un recuerdo, sentirse empático por quien evoca, un director admirado y querido, en un trabajo más arduo de ver a la costumbre, aunque yace argumentalmente sencillo o mínimo, o por eso, en lo que parece evanescente, gaseoso, siendo destellos, instantes, una entrevista determinante y profética, o deambular “intrascendente”, si bien se pueden conjugar posturas, como con aquel poeta hablador que menciona un diálogo, en que se humaniza por una parte al mito, hasta vislumbrar reproche, un cierto salvajismo del que casi nadie sale indemne por la época y el lugar, una razón por la que luchar, en un estado de cierta contradicción. Dentro de una búsqueda de cambio interno y nacional, en medio de una resolución que la tragedia no le dejo.