viernes, 30 de agosto de 2013

Sigo siendo

Película peruana ganadora de la competencia oficial de documentales en el 17 Festival de Cine de Lima, dirigida por Javier Corcuera. Una propuesta que apunta a mostrar a distintos músicos nacionales, fáciles de identificar o con una trayectoria consolidada dentro de una riqueza cultural que habla de la variedad de identidades dentro de nuestras tres regiones naturales de costa, sierra y selva. Una experiencia  que no necesita de ninguna presentación y salen sin que se digan nombres a hacer su performance tras contarnos algunos sobre su vida o su inclinación por la música que tocan. “Chimango” Lares recorre su lugar de nacimiento hasta su propia casa en Cabana Sur contándonos de su humilde infancia, de sus queridos recuerdos, y luego acompaña con el violín la voz de Magaly Solier cantando en quechua en Ayacucho, famosa no solo por cintas como La Teta asustada (2009) sino por su álbum Warmi, mientras en otro momento el compositor y contrabajo Carlos Hayre con mucho conocimiento e historia musical nos narra la fama y talento de Yma Sumac de quien nos dice que muchos no imaginaron el alcance de su voz, su internacionalización y gloria artística, o del admirado Felipe Pinglo que le cantó a todos y sobre distintos temas, incluso hizo crítica social.

Se trata de varios autores, instrumentistas y cantantes dentro de una gama amplia y variopinta, en parte libre en lo que los agrupa -y a quienes se selecciona- en su conjunto (como lo que somos), pero bastante representativos en cuanto a nuestras raíces musicales, pudiendo ver a su vez juglares y haravicus, los llamados poetas del pueblo, como Cristina Pusac y su cantar particular, agudo, algo chillón, pero muy típico de ese llanto andino que infunde la expulsión de la pesadumbre, de nuestros demonios, para seguir adelante, cobrar fuerza, en medio de la intensidad de la fiesta musical. Ella canta mientras se ejerce las labores cotidianas de campo, aflorando la virtud en medio de la humildad, el ser ante todo, y de esa forma se trasciende. O como Florian Cesario Ramos y el bautizo artístico en medio de la tradición y el folclore, danzante de tijeras que intercala su arte que propaga en una pequeña academia suya con el quehacer de manejar una bodega de alimentos en Andamarca, Ayacucho. Semejante a su amigo y compañero Félix “Duko” Quispe, conductor de bus en Puquio y excelso arpista que hace bailar a los danzantes de tijera como Elizabeth López, “Palomita”, un oasis en la tierra ya que las mujeres no suelen ser danzantes de tijera. De ahí radica el título de la película, de la palabra quechua chanka, Kachkaniraqmi, de cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, que existe todavía, y se menciona casi en grito de guerra, y nos recuerda al himno no oficial de Sur Corea, al Arirang (2011) de Kim Ki –duk; para los coreanos un grito de revitalización interior ante la derrota.  Y es que muchos como Andrés “Chimango” viven su alma en la música mientras se gana la vida vendiendo helados, y al igual cuentan otros de que tienen que sobrevivir y ganarse primero el pan, y luego hacer lo que tanta pasión les produce, como en la identificación, defensa y proyección simbólica y literal del agua en la shipiba Roni Wano (que es el sobrenombre de Amelia Panduro, el que significa mujer de agua) que en canoa cruza el río y se funde en el paisaje salvaje aunque calmo y minimalista, es como el mismo llamado de la selva, la voz de la naturaleza, y es en ese lugar en que vemos que más que una profesión es ser uno mismo, transportar un mensaje. Y a su modo sencillo y directo lleno de carisma lo expresa diáfana la cantante criolla Rosa Guzmán, actual legado de la otrora bohemia musical del distrito de Barranco; dice, no se puede vivir sin música, no podría vivir sin ella.

Siguen siendo a pesar  de cualquier escollo, la melancolía no abate, mueve pero nunca hunde, y eso recoge el pueblo que vive a través de ellos, una esencia de lucha y por ende, triunfo, porque brilla el sol aún bajo la lluvia, se les escucha y tienen distintos tipos de éxito, pero gloria al fin y al cabo porque mientras halla música están viviendo, subyace la felicidad de las melodías y el ritmo. Entusiasmo que vemos a través de la anécdota y memoria del percusionista y zapateador Lalo Izquierdo que desborda simpatía, ilumina ya no un callejón sino la calle, brilla en ella, a la que se le regala alegría y entusiasmo por la vida, la vida es más vida con la música nos dice otro artista cuando Máximo Damián hace un peregrinaje a Chincha y junto a la familia Ballumbrosio y un desfile de zapateo al son de su violín, el que fue amigo cercano del icono literario nacional José María Arguedas, recuerda a Amador Balumbrosio, 80-90 kilos de pura fiesta negra, y sigue en lo que es una road movie -por referentes del Perú- hacia Ayacucho, su esencia andina aun ya viviendo en Lima, de donde se recoge la mirada de cantantes, sinfónicos y trovadores que vuelven a recordar para seguir amando (más), a sentirse propios, y a entenderse, a propagarlo y a ver su punto de inicio, sinónimo de identidad, que como recoge el filme es complejo pero satisfactoriamente rico y admirable en su variedad.

Y a las calles limeñas no solo se les regala fiesta sino elegancia como con Susana Baca y su imagen descalza y estética dentro de una pequeña orquesta criolla de grandes instrumentistas en donde se luce cautivante su hermosa voz engolada. Se canta porque se lleva algo dentro, se vive (se interioriza y eso fluye) lo que se expresa con la música, nos dice sabiamente otro artista, que se pierde más que en una presencia en un portavoz de algo mayor que queda, eso que se lleva y se transmite. Con ella, bastante parecida, en su fineza y distinción aunque menos famosa, Victoria Villalobos, agradable, guapa; contenta y haciéndolo sentir. Junto con Félix Casaverde, otro artista privilegiado, que ha tocado la guitarra al lado de Chabuca Granda, o el guitarrista, clásico por antonomasia, César Calderón, que nos habla de las dificultades de ejercer y sobrevivir solo tocando, aun siendo tan conocido y talentoso, pero en un tono de comentario, más que una queja una realidad mayoritaria, que en él se trasluce a través de un toque señorial y quien aún a su años no deja de ostentar empatía para con el espectador sin lugar al tiempo.

Otra artífice de la música popular costeña que destaca mucho con una voz ronca que parece de jazz o que se luce como una Janis Joplin peruana es Sara Van, a la que no conocía pero fue la que más me impresionó, como el factor sorpresa de la película.

Más de dos horas de documental que a ratos luce muy sencillo, casi sin ningún adorno, y no solo al respecto de los escenarios, pero que logra acercarse a uno, a ser algo íntimo, y que sobresale porque conmueve y enorgullece, llega a lo hondo y ello está por encima de cualquier forma, que sea dicho es buena en su recurso mínimo, en una identidad que no es para nada forzada, sino amplia, poderosa en su vastedad, en su diferencia y a la vez igualdad, y ya puede tocarnos más un tipo de música que otra pero todas atrapan de alguna forma, hay de donde escoger, y algunas son hasta novedosas como el canto de la shipiba, y otras además se fusionan audazmente como el afro peruano y lo autóctono ayacuchano, entre los Ballumbrosio y Máximo Damián, de lo que yo siempre digo que la música del Ande, lo instrumentalista solo basta y sobra, por encima de cualquier voz que le acompañe en su tipo, tantas veces de forma innecesaria, y por eso, artísticamente o por la integración y la hermandad, este es el más bello momento de todo el documental.

Así como también tiene mucha importancia el aflorar la clara formación, el pasado, nuestra autenticidad, las raíces de procedencia, el estilo de vida, el barrio, la puna, una fiesta popular, y todo ese aspecto cultural local y regional en un país que hay que recordar como multicultural, un lugar de muchas voces, sea un violín mirando a la gran urbe de Lima desde un cerro sobrepoblado, una peña festiva con algunas cervezas y buena compañía, un rincón criollo de amistad y admiraciones mutuas, una jarana en un callejón al son de un cajón, como el de la picardía del cajonero Manuel "Mangué" Vásquez , una aborigen en medio de la Amazonía, o un charango –mítico en Jaime Guardia- en plena Sierra.

martes, 27 de agosto de 2013

¡Vivan las Antípodas!

Documentales como este del director ruso Victor Kossakovsky nos remiten a la belleza e introspección de la contemplación, un momento para los sentidos, como se diría del cine que se convierte en el placer de los ojos, pero no solo eso sino nos permite profundizar con libertad en lo que vemos, con apenas unos datos mínimos, siguiendo distintos caminos.

Uno que expresa algunas ideas que parecen solo esbozarse pero que contienen muchas veces complejas interpretaciones, hasta difíciles de definir hacia una única lectura, aunque un paisano argentino con sentido del espectáculo o quizá la ayuda de algún guion eche a volar una ironía y diga que capta una metáfora pero que no importa, que mejor se entiende tal cual, lo que tampoco suena limitado en esta oportunidad porque parece una forma de lectura aceptable del presente filme, ya que su imagen y fotografía preciosista alcanza muy bien a atrapar el interés, no siendo uno necesariamente seguidor de National Geographic, aun explotando simplemente la cotidianidad de la gente de estos lugares opuestos o exhibiendo con normalidad lo más característico de ciertos espacios geográficos, claro que con el plus de ser antípodas, de trazar una línea de relación, que sin embargo resulta tan subyugante, y hasta audaz en algunas tomas, formas, presentaciones y composiciones audiovisuales de postproducción, como cuando vemos despistes de gravedad en un auto volcado de cabeza, hasta que nos vuelve la sensación de pertenencia en el espacio en la aparición sorpresiva de una vaca pasteando, u observamos la aparición de empalmes de montaje entre las grietas del suelo ocasionadas por la lava en Hawái y la piel de un elefante en Botswana, o el ver juntas un par de antípodas con la ayuda del reflejo y diseño en el agua, o a un león encuadrado frontalmente calmando su sed.

Otro camino de expresión, el dominante en el metraje, se mueve en lo sencillo y lo muy diáfano, y es que se trata de un cine muy limpio, ante todo muy transparente, incluso preciso, muy físico, bastante concreto, y aun así -o a razón de ello también- uno tiende a dejar volar su imaginación, las fuertes impresiones que nos encuentran y  al alimón lo abstracto y lo simbólico ante lo esencial.

Este filme se centra en mostrarnos cuatro pares de antípodas, cuando nos dice el autor en unas líneas de introducción que es complicado que coincidan dos puntos de tierra habiendo tanta agua en el planeta, uno en el hemisferio norte y otro en el sur pegados a partir del paralelo del ecuador; en que un territorio especifico  va siempre de cabeza en razón del otro, y para ello Kossakovsky juega con los ángulos, la rotación del territorio a través del juego de la cámara y las posiciones de los lugares desde lo estático de la mirada principal.

Entre Ríos (Argentina) y Shanghái (China). Uno es un espacio rural casi desértico y “silencioso” en donde un puente flotante rústico pero solido es el sustento de unos avispados gauchos modernos, dos hermanos, perdidos en el fin del mundo, quienes ceban mate, se sientan en la puerta de su rancho a contemplar la puesta del sol, conversan –y luego rajan- con los paseantes y los pobladores que cruzan con sus vehículos, o nadan en el río, mientras en el otro polo yace la abundancia y el ruido, la contemporaneidad de la sobrepoblación, el tumulto, el reino de las masas, y también hay un puente, electrónico y ya no artesanal, que permite entrar en un espacio geográfico con varias aristas de pobreza, de lucha, de anonimato; motos, bicicletas y transeúntes, la ciudad, en otro tipo de folclore o reflejo por antonomasia de sus habitantes, aunque también tiene de metrópoli y se alzan los rascacielos y las carreteras de alta velocidad, la ostentación y la buena vida. Dos reflejos, el argentino no tan clásico por el tipo de felicidad que exuda aun en su monotonía y simpleza aunque el ojo avizor percibe siempre matices y alguna novedad cotidiana, pequeños grandes problemas, en donde en general parece reinar la paz. Entre Ríos es el lugar al que más vuelve el autor, y sorprendentemente es el que más reflexiones y comentarios proporciona dentro de la ausencia narrativa o falta de trama que hay en el filme.

Lago Baikal (Rusia) y Patagonia (Chile). Ésta vez son dos lugares no tan disimiles entre sí como con la visualización del hacha respectiva cortando la leña, cuando se encargan de la agricultura o la ganadería o disfrutan de la belleza del paisaje fresco y natural, pero aun así son lógicamente distintos desde sus costumbres, apariencias, panoramas específicos y nacionalidades, véase el coro de adultos que vemos cantar, aunque en esto nos da la sensación de que podrían fácilmente confundirse pero es porque no escuchamos nada histórico de por medio salvo el lenguaje o habría que observar detalles; y además, parecen hablarse al compartir inquietudes. Dice una persona en Baikal que no le gustaría reencarnarse en un gato o un perro, porque cree están propensos al maltrato, mientras en la Patagonia un hombre asusta a sus tantos gatos para que salgan de su casa. Sin embargo, nos da que pensar que no es tan mala la vida de algunos animales domésticos –sin que queramos ser uno, por supuesto- como se lo imagina la campesina rusa de los cabellos rubios, aunque de cierto modo es como la existencia de los hombres, es decir, hay contextos bastante buenos y otros muy malos. Vemos al hombre en Chile que cuida de ellos aunque sin delicadeza. Y al respecto se crea esa diferenciación, con ovejas en pleno trasquilado tratadas con bruteza y en otro momento surge un cóndor sobrevolando, planeando, en la belleza de las montañas. La cámara se detiene a ver toda su majestuosidad, su libertad. Un contraste entre lo que es el mundo para los seres humanos, un posible lugar de dolor, pero también de independencia.

Big Island, Hawai (Estados Unidos) y Kubu (Botswana). Curioso ver que aunque parecen no haber muchas coincidencias de territorio en cuanto a antípodas, cada continente está representado por algún país. Vemos África y como corresponde observamos lo que podría ser un zafarí; elefantes, leones y jirafas muy cerca de la población, específicamente una tienda donde beben y conversan africanos, donde yace la familia, los niños, y las mujeres mayores sencillas pasean por la arena. La esencia de lo salvaje, su convivencia, que si complementamos con el otro extremo (que distinto tiene de espejo), vemos lo indomable, lo impredecible pero también la adaptación, no temer a esa naturaleza, en la zona volcánica de Big Island, y su suelo carbonizado, de cenizas, que nos hace recordar la novela de Cormac McCarthy, La Carretera, en una estética menos bella de la que imaginamos, pero aun así hermosa tal cual, en su violencia y en la falta de armonía de lo que parecen arrugas, que como todo influye la óptica con que se aprecia. El hombre que vemos no le teme al fuego, recorre Big Island con curiosidad y aun en su peligrosidad lo hace con seguridad, tanto que más tarde vemos que con su familia improvisa una cancha de baloncesto. Es la superioridad de la virtud humana, aunque muchos tenderán a decir que la naturaleza tiene la última palabra aun sabiendo que el mundo ha sido transformado desde su origen, y quizá sí, pero mientras, como en todo (nada es eterno en la tierra), el hombre en su ciclo y en su expansión le domina.

Miraflores (España) y Castle Point (Nueva Zelanda). Oceanía yace presente e inmediatamente nos damos con la presencia de una ballena muerta varada en la orilla de una playa, y los neozelandeses  con maquinaria pesada tratan de sacarla de ahí, y nos recuerda la clara utópica lucha humana, uno de sus máximos sueños, vencer el inevitable final. Pero, no solo nos identifica la muerte estando entre antagonistas, sino la vida que subyace revitalizando el mundo, como en esa oruga que se transforma en mariposa en Miraflores, donde se da cabida a lo pequeño, los insectos, las ranas, que como expresan en Entre Ríos, son fuente de conocimiento, tanto como lo grande e imponente, lo arduo en sacar a ese cachalote del lugar, finalmente resuelto al ser cortado en partes, reducido a fragmentos, como los que hemos visto y nos ha proporcionado contextos, aventurarnos en rincones del planeta, diversos y particulares en esa riqueza que nos rodea. En Miraflores a diferencia de los otros lugares no vemos gente, una alusión de lo insondable del universo, de la existencia, y aun así nos hace cavilar constantemente, pero sobre todo apreciando su apabullante hermosura, una celebración de la naturaleza, de la humanidad, de la vida desde lo más ínfimo, desde una hormiga que presenciamos moverse en las rocas con un lente amplificador hasta lo más fantástico en su antípoda, en una especie de realismo mágico en la intromisión de una ballena fuera de su hábitat, la sombra del fin de los tiempos como en la sensación del pueblo ante lo desconocido en Armonías de Werckmeister (2000).

El documental subyace y predomina en la atractiva y cautivante recopilación de diversas realidades pero también invoca nuestra sensibilidad, con todo lo que conforma nuestro entorno, viendo incluso tangencialmente nuestra idiosincrasia como hombres, los anhelos universales (quiero ser agua dice una persona, y cuánto proyecta ese deseo, aun dicho con calma), y las preocupaciones naturales (el día a día en Shanghái, el ajetreo laboral). Un viaje a la contemporaneidad, a la abstracta eternidad, al corazón y el alma de los seres humanos a través de sus múltiples y particulares geografías en que pervive la afinidad y el aporte de sus extremos, en donde los sentidos viven su propia fiesta, cuando el goce impoluto es el bien último que debemos perseguir, y en el filme por un lapso de hora con 40 minutos se consigue, se nos impregna, nos cohabita, nos relaja, nos hace felices (y eso no pelea con hacernos pensar aunque no es frecuente), porque el séptimo arte también lleva esa consigna. Siendo la presente un inteligente y regocijante cine de autor sin conflicto.

lunes, 26 de agosto de 2013

The act of killing

Fue una de las más llamativas propuestas que ofreció el III Festival de Cine Lima Independiente que este año trascendió bastante no solo por su oferta cinematográfica muy por encima del nivel del año pasado sino trayendo en persona al director tailandés Apichatpong Weerasethakul. The act of killing estuvo en la competencia internacional donde no se alzó con ningún premio, no obstante viene de pasearse por pequeños festivales de alrededor del orbe donde ha recogido varios galardones, e incluso estuvo en la Berlinale 2013 ganando el premio del jurado ecuménico. 

La película es la ópera prima del director norteamericano Joshua Oppenheimer quien tuvo la ayuda de gente que ha preferido mantenerse en el anonimato. El trabajo duró cerca de 8 años y nos enseña a varios gánsteres, asesinos y paramilitares involucrados en los asesinatos de 1965-1966 contra todo aquel denominado comunista en el país, en Indonesia, de lo que esa fracción política e ideológica fue exterminada en una purga de más de un millón de habitantes. Presentado por Oppenheimer como una denuncia velada tras la fachada de realizar una película desde la propia voz e imaginación de los perpetradores criminales que recrean sus asesinatos mediante la emulación del cine noir, el terror, el western o el musical, no habiendo oficialmente ningún tipo de proceso judicial para con ellos que hablan libremente sin temor a ninguna investigación legal al punto de que la historia permanece en la “oscuridad”, aunque en realidad es vox populi y hasta sentido de orgullo y medida de fuerza y poder sobre la población dentro de una democracia dudosa, como se ve en la hegemonía del movimiento paramilitar llamado Pancasila Youth que está coludido con el gobierno y presenta respaldo a vista y paciencia de todos, donde tienen cerca de 3 millones de asociados militantes; desfilan, tienen parlamentarios y ministros salidos de sus filas, poseen influencias en la prensa y hacen mítines.

Oficialmente los asesinos son los triunfadores, están en el poder o sus ramificaciones están muy sólidas ahí, y como dice uno de propia boca, la historia la escriben los vencedores y el juicio general o alguna imputación por crimen de guerra pasa por sus manos y su disposición, lo que viendo el panorama está muy lejos de suceder, y más temen y sufren las víctimas del comunismo o de cualquiera que se coloque de lado de estos, que han sido desde intelectuales hasta ciudadanos chinos que siguen siendo extorsionados por estos matones y homicidas que yacen en total impunidad y hasta gloria o fortuna, habiendo quienes han aprovechado comprando terrenos a través del miedo.

Se toma muy a la ligera el asesinato en una practicidad e insolencia que si no fuera por el tono nos llenaría de pavor, pero eso nos choca de otra forma, debajo nos genera un estado racional tras el proceso de superficialidad, porque el acto se vuelve tal cual se fractura el cuello a una gallina en un mercado y nuestra concepción del valor del ser humano aun en un fuera de cámara importante -las recreaciones hablan de los criminales y sus actos pero no de los cadáveres en sí, de nombres, de los exterminados- nos atraviesa la consciencia en todo el documental (no se puede obviar esa personalización mental, ese entendimiento de este abrumador genocidio), y salta inmediatamente el pensamiento de ¿qué se puede esperar del mundo ante esto?, de ello que el título del documental sea apropiado y sea como una revelación de la siempre complicada naturaleza humana que desde el relato bíblico de Caín y Abel muestra nuestra inclinación a matar, aquí a un grado inaudito para muchos de nosotros aun inocentes en ciertas auscultaciones existenciales, si es que los paramilitares presentan algún tipo de alma o cavilación aunque por lo que vemos no están del todo deshumanizados sino son bestias a la hora de las ejecuciones pero que tienen personalidades con matices de otros tipos de concepción general similar al resto del mundo, y viéndolos a ellos se rompen los límites tan abruptamente que duele verlo, de admitirlo. La condición humana desaparece a través de su crueldad (celebrada y justificada a su imaginación) y la cotidianidad va de varios planos juntos, la oscuridad con la luz en el mismo espacio indistinto o a un lado de otro, incluso los tipos se entretienen mientras matan. Una definición que hace más ardua la convivencia, la fe, los ideales, la idiosincrasia humana, que empaña el mundo aunque lo desenmascara, lo llena de ignominia y a nosotros como esencia.

No hay ningún acto de constricción, sino en todo el filme hay una fiesta y una jactancia, se dan detalles de lo más abiertos, entusiasmados los criminales en ser inmortalizados en una película donde creen deber mostrar sadismo (las ideas se tergiversan en sus percepciones donde la subjetividad aflora macabramente, el mal se confunde con el bien sin escollo intermedio; dicen gánster viene de hombre libre y de ahí parte toda la cultura del terror que defienden y han concebido con otra argumentación alterna que los enaltece), se tiende a exagerar para destacar sin saber del alcance de lo que se habla o de profundizarlo, son muchos unos ignorantes, aunque otros parecen estar muy cuerdos y se ven letrados y creen en lo que hacen con razones nefastas; se cuela en el diálogo ser más que los nazis en cierto momento, compararse con lados oscuros de ciertas naciones, y es como exhibir que la excepción no lo es tanto.

Debajo de tanta tontería, se esconde un mensaje casi intratable o que en nuestra simplicidad y optimismo nos es lejano de ver a menudo pero que es una realidad aunque poco asumida, y visto bien aunque el método se entiende porque genera la voluntad de decirlo todo, engaña un poco, parece una feria, un entretenimiento, y eso resta cierto grado de credibilidad, confunde, ¿qué es verdad y qué es el entusiasmo de la participación en pantalla?, ¿son tan ruines e idiotas estos asesinos?, pero como son los ejecutores reales, hay datos históricos fehacientes, y por ende, el espejo de la impunidad en el norte de Sumatra, ese valor queda y sobresale, y lo dicho al procesarlo, es demasiado terrible.

Hay mucha broma en sus representaciones, un gánster gordo y vulgar, Herman Koto, se traviste de mujer a cada rato a pesar de tener familia y supuestamente argüir cierta honra (la visión de sí mismos versa sobre lo plenamente arbitrario, y es como un mundo paralelo para ellos, los egos son aterradores aun siendo comunes), canta a voz en cuello celebrando sus anécdotas homicidas o se lanza de parlamentario sin ninguna preparación ni plan de trabajo (pero teniendo el antecedente de que el dinero y los regalos compran el voto del pueblo, prometiéndoselos a futuro. La corrupción y la torpeza son mayúsculas, y sin embargo, como todos los expositores, sigue libre y feliz suelto en plaza, tanto que uno de los sicarios llega a intelectualizar de que la moral es relativa); mientras Anwar Congo, uno de los protagonistas y asesinos, que se le achacan unos mil muertos encima (y se dice que era uno más del montón, todos juegan a quitarse mérito como quien desmerece lo ajeno para tener notoriedad, véase claramente que aquí ser asesino y matar comunistas es algo para pavonearse, para robar cámara), que ama el cine de hollywood tanto que bromea creyéndose parecido a Sidney Poitier, se preocupa por cómo está vestido para sus recreaciones criminales y echa a bailar un chachachá sin el menor rubor en pleno comentario de sus memorias de gánster, aunque tenga alguna pesadilla de vez en cuando y vaya con rumbo a ella a último momento, y a lo que otro compañero y verdugo lo llama débil al presentar algún tipo de remordimiento, y le ofrece alternativas de solución.

Son tipos que pueden ser hasta simpáticos a uno, aunque ordinarios, gente que no se nos refleja cómo se les suele imaginar a los malos, aunque su prepotencia y confianza apabulle y puedan hacer gala de violencia actualmente, son tipos que parecen ser como cualquiera, aunque no lo son porque son asesinos, lucen simples, con caracteres extrovertidos, alegres y hasta extravagantes, pero lo que hace todo muy surreal, hasta difícil de creer, es el descaro y toda ausencia de vergüenza o culpa, el tomarlo todo entre risa y vacilón como si de un show de cómicos o adolescentes pasándola de lo más bien se tratara (¿el momento en el programa de tv es real?, me queda la duda, parece increíble tanta libertad e impunidad, y es que se atribuyen matar comunistas, seres humanos, como si mencionaran objetos inanimados, sin ningún respeto y valor por la vida; la tortura, el llanto, el miedo, la sangre que parece tomar la irrelevancia visual de las propias historias, las casas quemadas, las niñas de 14 años violadas recordadas con lascivia, todo bajo el lente de la juerga que ellos han creído vivir yace en una atroz naturalización de la brutalidad ejercida en toda magnitud. Si han querido compensar en su psiquis el peso de lo hecho lo han conseguido en gran parte), superando la realidad a la ficción y la ficción nutriéndose de ella, o viceversa.

Sienten pasión por el cine, el cual vivían en muchos de sus "trabajos", en medio de la necesidad inicial y materialista de ropa suntuosa, dinero para cortejar chicas e ir de farra, ya que sus crímenes en ellos venían revestidos de superficialidad escondida en la destrucción de una ideología, la que siguen explotando aun en el presente donde sus familias tampoco coartan sus actos, no limitan sus relatos salvajes, ni su argumentación soberbia por encima del derecho a la vida, ni su continua vanagloria. Copiaban procederes de películas (Anwar utilizaba la estrangulación con alambre que era la forma más limpia que se requería, y además original, a la diestra de lo cinematográfico, además de que trabajó en un cine), como que en lo que vemos los moviliza la emoción de hacer su propio filme, contando la historia de su país que sienten han labrado aunque extrañan la dictadura militar; en tono de narrar su relajo e iniquidad, que los tiene en todo el metraje bailando tan igual como en esa imagen del gigantesco pez dorado a orillas del lago Toba, de ese restaurante de mariscos que cayó en la quiebra, en una jarana al lado del abismo, de la que sale una clara metáfora, y la historia de la descendencia de la humanidad en la teoría de la catástrofe de Toba.

Es una fiesta y al final viene el asco, que es lo que queda de todo lo relatado. Un filme rotundo que nos lo da a través de una lectura atípica, visto como un cine de autor que nos hace cavilar en conclusión; las atrocidades y la forma de contarlo y visionarlo se imponen como un lenguaje original, atrevido, que tiene su eje en la oralidad y en la parodia, en que lo importante es la revelación. La estética gore o trash, de cine B, de vídeo amateur, es como el pretexto que cautiva en su razón de ser (anulando parte de la empatía de estos tipos que se muestran grotescos, ridículos, perversos y descarados), y que hace más degenerado el ambiente, la influencia de la banalidad, un reflejo de la vida en sí de muchas personas, en donde asesinar llega a ser tan superficial y en que la gravedad del filme subyace en aquella impunidad, en el desparpajo de contarlo y en nuestra incredulidad.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Doce hombres en pugna

El teatro La Plaza de Larcomar presenta esta puesta teatral que parece la gran obra de la temporada, y en buena parte ello es, aunque algo por debajo de ciertas expectativas, a ratos luce anodina, pero seguro es mi culpa, tampoco soy un entusiasta pletórico e inconmensurable de la película de Sidney Lumet, aunque, por supuesto, es un clásico americano en toda regla y guste o no tanto personalmente, es -y la creo- una obra maestra. Y ese atractivo fue el que me sedujo a verla en nuestras tablas, dirigida por Ricardo Morán.  

Debo empezar diciendo que mi acompañante la halló maravillosa, y es que ver una obra basada en un caso judicial, como delibera un jurado que en un inicio tiene casi resuelto el veredicto que inculpa a un muchacho de 18 años de edad de asesinar a su violento padre con una navaja tras una discusión para luego torcerse tras la audaz intervención del jurado número 8 mediante la duda razonable, en la forma que está escrita y concebida por Reginald Rose no es para menos. El ingenio y la creatividad ya tienen ganada gran parte de su éxito, y es cuestión de hallar a los interpretes correctos, que impriman pasión y generen el conflicto hacia la decisión final que irá mutando y ganando adeptos para desarticular la culpabilidad de este joven e hijo equis de baja condición social; desbaratándose en el trayecto cada supuesta evidencia contundente, que se irá rebatiendo en esa lucha de pareceres y opiniones de estos 12 jurados en que desde su individualidad ocultan sus visiones del mundo, sus pequeños contextos, que en escena darán con su desnudez interior, como también se lidiará con alguna personalidad intratable dispuesta a enviar al acusado a la silla eléctrica sin el menor remordimiento.

En ello es como presenciar una batalla intelectual, en donde la argumentación es lo principal, y con ello convencer al otro por un bien altruista e ideal que se ampara en la verdad y en la justicia, todo un ejercicio de razonamiento que le gana a la simplicidad e indiferencia que nos suele rodear, pero a través de la practicidad, de entablarlo por medio de un tono fácil y directo. El ingenio que nos despierta sin la necesidad de hacer milagros sino en nuestro habitad mental. Como se suele ver en cierta aspiración artística, en que la sabiduría se inclina hacia el provecho y engrandecimiento general, hacia las mayorías, pero dándoles sustancia y permitiéndoles ver desde su lugar. Como hacer de todos la noción del pensamiento. Es creer en el pueblo, la esencia de la democratización de los juicios mismos.

Rose hace de una profesión pesada como la del derecho y sus tantas leyes, algo sumamente entretenido y cautivante, donde la audacia es constante, pero en su sencillez, denotando un continuo vaivén, mientras se van agregando pequeños triunfos, se va ganando pero se muestra el escollo de la unanimidad, al comienzo saludable, y es en la conclusión que la perseverancia genera su fruto. El argumento se matiza de tal forma en que un baño nunca ha sido más útil, ya que todos van a lavarse las manos a este y se genera una pausa, algo tan nimio influye de una forma increíble, y a su vez se va estructurando y distribuyendo con coherencia y sin saturar aun usándose el mismo proceso la presencia y la repercusión de los giros argumentales que atacan las evidencias y que brilla en la naturalidad de un diálogo en disputa que recurre a los silencios, a la comedia, a las peleas intrascendentes, al descanso, a ver el tiempo, la lluvia, a cotejar pruebas o mucho a las revelaciones de quienes son estos hombres, en un momento tan importante donde ellos mismos trascienden sin que se den cuenta.  Contener varios clímax es su mejor base y van y vienen como en una partida de ajedrez en que se va llegando hacia el jaque mate, todo sin agotar, porque sabemos que el fondo implica ese tipo de uso y justificación.

El filme como se sabe es fiel a la obra teatral, y es magnífico, aun prefiriendo Serpico (1973) o Tarde de perros (1975) que son quizá oficialmente menores a su vera pero más intensas en lo literal, son acción tal cual en su esencia, aunque ésta sala de juicio alberga por su lado bastantes emociones y su propia fuerza en esa lucha cerebral dentro de un tablero de personas comunes, aunque de cierta cultura, son una clase media pensante. Que es algo notorio, gente cualquiera que se hayan en situaciones especiales, y que quieran o no deben hacerse cargo de lo que tienen entre manos, deben ponerse a la altura, en el caso de 12 hombres en pugna, aprendiendo a pensar, a usar su intelecto, a ver más allá de sus narices y de los complejos, los prejuicios o sus propias problemáticas.

Dicho lo anterior, la obra como tal, su guion, su texto, es atrapante, una apuesta segura, y solo queda no estropearla con las actuaciones, ya que únicamente una torpeza mayúscula en esto puede malograr algo así, por lo que queda poca crítica al respecto. Viendo  los actores el papel más atractivo caía en el jurado número 3, el tipo irascible, el último bastión de terquedad, que está seguro de su veredicto aunque esconde una razón personal; en pantalla grande lo hizo el gran Lee J. Cobb, y era de una potencia a la que le sobran las alabanzas hacia su perfomance, su temple e intensidad abordaban perfectamente el compromiso negativo que se había hecho con su papel en la sala tras la identificación con el difunto. El que lo interpreta en nuestras tablas es Mario Velásquez y no lo hace mal, cumple aunque queda por debajo de Cobb, quien ya con su intervención en La ley del silencio (1954) nos hablaba de un actor de primera, memorable, un secundario de oro. Sin embargo, seamos justos, Velásquez muestra carácter, intimida, y exhibe esa rabia tan indispensable.

El otro papel llamativo le pertenecía a Henry Fonda, el jurado número 8, el que cambia la situación, el tipo que entiende que lo que tienen entre manos es una vida y un gran deber, el que está consciente del panorama y cuenta con la voluntad de indagar, de dar su tiempo por algo mayor, de poner en duda lo que hay, el ente esencial de la sabiduría, el tipo ejemplar que hará que los demás le sigan, sin rehuir a la pelea pero con educación y tranquilidad, ni de propiciar que simplemente agachen la cabeza como ovejas sino de removerlos pero en libertad. Una actuación menos apabullante que la de Cobb pero con una personalidad bastante firme, inteligente y con un aire de nobleza y cierta discreta delicadeza en el trato, por ende simpatía y atractivo para convencer y generar empatía. En ello Leonardo Torres Vilar le ha puesto algo de convicción visual, y ha fabricado un personaje ligera pero visiblemente más agresivo que defensivo (que, claro está, no pasivo de ninguna forma), no obstante conteniendo la base aun transformándolo en un mínimo ostensible, y también cumple y hasta sobresale del grupo como se espera de su papel, sin que sea una actuación descollante, porque ya le hemos visto ponerle ímpetu y modular la voz como suele hacer en su trabajo; no decae  a su promedio pero tampoco hace algo demasiado especial.

Después el grupo  tiene equilibrio y armonía general en la obra versionada en nuestro país, muchos se divirtieron con Carlos Tuccio que es quien pone en juego la broma, con la mala palabra y ese tipo de exabruptos chisposos, y habría que mencionar a Lucho Cáceres que le cae como anillo al dedo el tipo que solo quiere ver su partido de deporte, y es alguien relajado. En conjunto son un buen equipo, y hacerlo en general (a ratos, más que) bien, entregados a sus roles aunque alguno sea chico o tengan que esperar mucho para participar en algún diálogo (y en alguno lucio algo de impaciencia), como lo han hecho ya le da un plus o el condimento a la obra, viendo que la historia es tan eficiente, mientras cada aporte es indispensable para dar una imagen de lucha, de cambio, de entendimiento, de pugna hacia el otro lado de la moneda.  

Finalmente, no hay papel menor en esta obra porque se trata de 12 jurados y cada voto cuenta, y por ello merecen un aplauso porque la obra funciona con todos ellos. Quizá habría que tomarse mucho más en serio esos 5 minutos de fama o de estar entre luces para que sintiéndolo las discretas intervenciones sean más prodigiosas y hagan vibrar un grado encima, algo criticable en Sebastián Monteghirfo y Gerardo García Frkovich que no es tampoco que lo hagan mal, sino que cumplir o por ahí sabe a poco. A Emilram Cossío lo dejo en el intermedio porque parece estar entre lo común pero algo atípico a él. Alejandro Escudero, Carlos Victoria, Rómulo Assereto, Carlos Gassols y Ricardo Velásquez elevaron sus performances aun no siendo especialmente atrayentes en lo que les tocaba. Y es que en sí es un juego de lo mínimo en cuanto a robar espacio e iluminación, y pues ninguno apantallaba, pero todos decentes o poco más para concretar una buena realización.

Y eso ha sido, entretenida, bien hecha, con mensaje, un buen fondo, una obra amable y carismática, visualmente convincente, aprovechando lo que suele atrapar, dentro de una  sencillez argumental, que no será a todas luces la sensación de la temporada como se autoproclamaba en buena cuenta o se intuía pero si lo suficientemente apreciable como para retribuirle en calurosos aplausos, o avisar de que habría que ir a verla porque tiene su qué, y en ello mucho, y saben concebirlo en escena.

lunes, 19 de agosto de 2013

El etnógrafo

Éste filme nos permite ver la labor desinteresada y comprometida del británico John Palmer, el etnógrafo del título que no solo practica la antropología, sino más bien se haya como parte de la comunidad que supuestamente estudia, y es que es más en él, convive con ellos, se ha casado con una indígena de la cultura que ha decidido investigar y tiene con ella cinco hijos pequeños.  

Palmer hace de guía para conocer esta comunidad aborigen ubicada en Lapacho Mocho, en el Chaco argentino, un asentamiento prehispánico ubicado en el norte de Argentina, en lo que parece un retrato casero, donde lo periodístico queda oculto, en segundo plano o da la impresión de que estuviera ausente por la contundente cotidianidad de los lugareños y del etnógrafo quienes se apoderan de la propuesta, que aunque es una historia no está sujeta a ninguna narración, es en sí más un contexto, una actualidad simple en un tono contemplativo que brilla en una breve biografía que genera una admiración natural, y luego algunas problemáticas, económicas, legales, que parecen menores por debajo de sus protagonistas que anidan en la paz espiritual o la sencillez existencial, incluido el etnógrafo. Es como si la cámara desapareciera o filmara recuerdos, momentos, como si el director Ulises Rosell fuera también un etnógrafo o permitiera que la presencia de John Palmer sea más que una descripción cautivante, algo más que una curiosidad en medio de su nobleza, familiarización y altruismo para con los Wichi, sino codirija junto con él la película donde fulgura como un protagonista extraordinario, pero con suma sencillez y simpatía, tanto de su personalidad relajada como de su “trabajo”.

Los Wichi son una cultura en vías de extinción, por la adaptación a lo criollo, como dicen los pobladores quejándose de la ruptura de una parte de su gente, que se refleja en el gusto por la comida de afuera de la comunidad, por los avances de los mismos criollos que vienen a asentarse con sus costumbres a la zona o por la violencia, paradójicamente, de la civilización. Son una cultura, según expresa Palmer, muy distinta a la occidental, a lo conocido, y requieren un puente, uno verdadero, y éste lo representa éste inglés, sin aspavientos, en lo llano.

Palmer al reunirse con ellos, en su atracción por lo nuevo, no anula su procedencia sino agrega la ajena a la suya, agrandando su mirada, y vaya que su integración es completa. Se ha casado con Tojweya (que traducido al castellano quiere decir “mujer distante”) y tiene una prole con ella, quien como Wichi hace sentir sus raíces. Palmer se comunica con su familia en tres idiomas, el lenguaje de su esposa (el que ha aprendido), el español y el inglés. Su familia comparte con su pueblo y esperan sigan su legado. Palmer llegó a mediados de los 70s  y su tesis de graduación de Oxford quedó de lado (la terminó diez años después rezagado por un bloqueo creativo, pero que conllevó una adaptación plena, una práctica por encima de la teoría), porque prefirió hacerse parte de ellos, uno más de la tribu aun siendo diferente, foráneo, convirtiéndose en defensor de sus derechos legales, ganándose su confianza absoluta. Se volvió su vocero, su representante, su amigo y eso capta la cámara, una fusión plena entre el cine de Rosell y Palmer.

El lente  “invisible” parece enseñarnos simplezas pero mediante ese trato cinematográfico se esconde la auscultación en estado natural y puede ser más potente que cualquier estudio estricto; la mejor oportunidad para contener esencias y entendimientos culturales. Ahí cobra vida su gestor, su relevancia. La vida familiar de John, las travesuras de los hijos, sus problemas económicos (porque quiere ayudar a los Wichi y eso le demanda mucho tiempo), su hogar sencillo, el amor incondicional de su mujer (aunque no sea tan sumisa, o vea y permita, y exhiba algunas quejas), datos generales de su pasado (porque de Inglaterra se habla poco y no se ve nada, pero articula la multiculturalidad y la devoción y el logro de su integración extranjera anclada al respeto, la solidaridad y la humildad tantas veces ajenas en occidente, y que representa un ideal de dignidad y convivencia), su carencia de vanidad, no gusta de complicaciones mentales, se percibe lento, es un tipo que se deja ver ordinario como el mismo pueblo pero quien ha concretado su amistad y necesidad, y eso lo hace más especial porque ha logrado trascender sus estudios etnográficos, realmente conocer a los indígenas, y eso es importante; el suyo es un método menos académico, pero que profundiza por su proximidad, asumiéndose dentro, donde esa comunidad es parte indisoluble de su existencia. Palmer está comprometido en todo sentido. A través de éste antropólogo, y en reflejo la película, podemos conocerlos y ver su mejor imagen, y a él en uno de los mejores ejemplos de llegada.

Vemos dos casos que retratan la dificultad del entendimiento cultural. Uno. Qa´Tu, un indígena Wichi, está acusado de violar a una menor y tiene 5 años en la cárcel; sin embargo, en su comunidad no entienden el proceder de la ley argentina porque hubo consentimiento de la unión carnal en su comunidad, la propia niña y la madre accedieron al vínculo, fueron las de la iniciativa; ahora se espera que se llegue a un arreglo judicial, posiblemente casándose. Dos. Una empresa china extrae petróleo de sus tierras y lo hacen sin el permiso de los pobladores Wichi, y en ese lugar entra Palmer a defenderlos, por su vocación de servicio más que su instrucción. La población yace indefensa en esas lides y su ayuda es de mucho valor; todos recurren siempre a él para entender a occidente. Todo ello se muestra con la misma calma general que ostenta el documental, ese que rompe los límites entre ser una historia y un documental, como arguye el autor en su búsqueda, una natural que no quiere ser ninguna investigación sino ser como el mismo Palmer, una ventana de integración, de un observador que no quiere ver algo exótico y distante, sino enseñar al otro como su igual, en sus diferencias, en su esencia, en su humanidad, en sus hábitos, en su forma de ver el mundo, que en realidad no se nos hacen tan arduos ni extraños de comprender aunque si apreciando una identidad propia y una cultura distinta y otras costumbres, y eso se debe a que él extrae su mejor faceta, su sinceridad y su paciencia.

El etnógrafo (2012) es un cine amable, entretenido, pero con cierto aire culto y bastante noble, sin demasiadas pretensiones como bien ha expresado Ulises Rosell, argumentalmente sencillo, muy lejos de lo académico y que se adscribe a lo común, ansiando sobre todo cautivar al espectador como dentro de nuestra contemporaneidad ligera, para que confabule con una persona por la que siente simpatía y cree se sentirá y se apreciará igual en los demás, que no le falta razón en general, y que no oculta su admiración, por una entrega que lo subyuga todo, que emociona, en una nobleza por la naturaleza, por el indefenso, por el “diferente”, en un protagonista que llega a atraparte en su cierta locura, en su notoria pasión, en su coherencia con sus principios y su extrema libertad atado al prójimo, mediante una humanidad elogiable para conocer otras detrás.

domingo, 18 de agosto de 2013

Elena

Sobresalía dentro de la competencia oficial de documental del 17 Festival de Cine de Lima, una laudable ópera prima, una hermosa elegía de la directora brasileña Petra Costa a su hermana Elena, que se suicidó a los 20 años de edad con una sobredosis de pastillas. Una trama en que brilla la fusión entre ellas en donde Petra decide sanar curando su recuerdo en una catarsis mediante el concretar una historia tangible y eterna en un tributo de amor, como en el agua, donde un cuerpo literario afín termina su recorrido, se perenniza como en una pintura, pasa a ser otro estado mental en uno, mientras nos dejamos ir en la misma agua para que se limpien nuestros sufrimientos, como en el interior de la barriga embarazada de una madre en donde surge la metáfora de volver a empezar, dentro de un halo de paz, ya que ambas llegan a padecer una fuerte depresión, la primera más grave y aunque mucho sin poder explicarlo, por culpa de no realizar su sueño de convertirse en actriz, siendo al arte una pasión existencial; la segunda  a raíz de la muerte de su ser querido, con la que tuvo un vínculo muy próximo aun separadas por la edad, ella tenía 7 años cuando murió.

El filme es bastante simple, a penas la perspectiva de la inmersión en el agua provee de algún tipo de cierta originalidad, pero que se basa en un cariz dominante de emotividad sin ser sensacionalista o lacrimógeno, siendo austero, controlado, calmado, respetuoso, y ante ello yace lejos de verse una propuesta limitada, sobre todo en su expresividad tanto que se convierte en una experiencia intima, solo que expuesta sin grandilocuencia sino con mucha naturalidad, en una realización abierta pero dejándose ver en realidad a grandes rasgos ya que parece no haber tanto material ni luce una historia exuberante sino al contrario; mediante el uso de videos caseros, el diario de Elena, cartas, tomas de apoyo de lugares, la voz de familiares como la madre, el padre o la propia Petra, junto con alguna recreación, lo que resulta suficiente como para calar en nosotros sin ahondar en complejas cavilaciones o en demasiados datos biográficos, no estamos ante alguien complicado de retratar aunque podemos constatar que internamente fue un mar de conflictos, que no llegan a profundizarce, ya que Elena misma los encontraba hasta absurdos de señalarlos pero ¿quién nos entiende realmente?, ¿qué mueve a la mente hacia la infelicidad, muchas veces?

Una propuesta de suma transparencia sin llegar a lo escabroso o inconveniente, o inmiscuir la ambigüedad,  sino que busca llanamente tocar la fibra sentimental de cualquiera sobre una pérdida importante en una vida que solía admirarla y adorarla, al punto de recordar frases suyas a temprana edad que no reñían con ella aun teniendo la posibilidad sino confabulaban, eran cómplices e indulgentes, se hacían querer. Se trata de conocer a la persona, de apreciarla -en lo posible desde la distancia de una butaca pero con la fuerza del séptimo arte y del propio relato- a través del ecran,  a Elena, y su simpatía, personalidad y metas, su amor por el teatro, su entusiasmo con poder ser llamada para actuar de extra en una secuela de El Padrino (1972), su viaje a New York tras un sueño de actriz de cine, sus ratos en su hogar con sus allegados, el modelaje y finalmente su dura depresión clínica en que atendemos una especie de poema sobre su sencilla vida, sin juzgarla sino atendiendo a plasmarla en una memoria visual.

Como su paso fue efímero e inconcluso, el arte que tanto amo se encarga de reivindicarla, de hacerla inmortal en un aura de sentimientos familiares, que trasciende hacia nuestra sensibilidad para con ella, y sentir la crueldad del acontecimiento -como dice la voz en off- que atraviesa Petra con su suicidio y sus padres en su pérdida (a lo que cualquiera puede rápidamente identificarse siendo una esencia universal y algo tan común a todos los hombres pero al mismo tiempo algo muy difícil de superar), expresando y conteniendo afecto, dolor, incomprensión, una ausencia que nunca se llenará sino que habrá que adormecer internamente en el tiempo, viviendo la humanidad de ese símil con una Ofelia enloquecida (y hay una mención plural en la película),  del mítico Hamlet de Shakespeare, por un amor no correspondido (el arte) o en el caso de la hermana menor de una ausencia envuelta en una tragedia, que adscribe la autora a su historia, pero que lleva nombre e identidad real en el documental, siendo el sentimiento más fácil de comprender, y para ello Petra Costa ha hecho un filme conmovedor y a esa vera seguro, honesto y claro, que brilla por su historia en lo que es en sí, una común a todos, y por ello tan dolorosa y empática.  

No es una obra de arte, es un filme discreto, pequeño, pero que al reflejarse sincero y humano sin complicaciones –no da esa sensación aunque ha tenido más que seguro trabajo- en tratar de acaparar la atención salvo algún toque de autor secundario que se amolda al conjunto tiene mucho atractivo para el espectador sensible, y por tal tiene ganado nuestro respaldo. Después, al ser una historia que acontece mucho en el ser humano, la subyugación al vacío, de la mente enajenada, sirve como una auscultación (personalizada) a una realidad, y queda como documento. Aunque lo más importante es aquel espíritu que sobrevuela el filme en la nobleza del amor incondicional y la rememoración audiovisual, un homenaje al ser amado, que deja de ser solo de Petra y pasa a ser de todos. En donde tras la pantalla Elena sonriente seguirá danzando en la calle para siempre.

sábado, 17 de agosto de 2013

El alcalde

Dentro de la competencia oficial de documental del 17 Festival de Cine de Lima compiten 12 películas y uno que se deja ver bastante y muy bien es el presente, dirigido por los argentinos Emiliano Altuna y Carlos F. Rossini, y el mexicano Diego E. Osorno. Destinado a mostrarnos quien es y que tiene de especial Mauricio Fernández Garza, el que fue alcalde de San Pedro Garza García, en Nuevo León, hasta fines del 2012.

Un hombre decidido y efectivo que ha logrado que su mano dura intime a los delincuentes de una forma implacable en su zona, hasta limpiarla por completo, y que no quiere o no puede detallar cómo lo hace, defendiéndose de que eso le pertenece a su servicio de inteligencia y son estrategias secretas y de mucho cuidado (que no le falta en parte razón, su jefe de guardaespaldas fue acribillado en otro estado); y que crea suspicacias hasta sobrevolar la idea de que utiliza algún método paramilitar, habiendo dos casos que dejan dudas o siembran la leyenda sobre sus espaldas, una amenaza termina con la aparición del cuerpo muerto del maleante que señaló su cabeza y un asesinato de un policía en menos de 24 horas da con el cadáver de quien se cree fue el homicida, creándose sobre su orden la disyuntiva de que si es lo correcto no saber qué es lo que está realmente haciendo para acabar con la inseguridad o si conocida la práctica es la que se requiere en estos tiempos, si es la mejor, si se puede aceptar (de lo que se revela que el alcalde compra información y cree que no hay que despreciar de donde proviene sino en que favorece lo que se recoge de la calle), y si personajes como Fernández Garza  son el camino contra la inestabilidad y la peligrosidad que suele arreciar México con el narcotráfico y las bandas de criminales. Recordando que es un tema que atañe mucho a su país que no sabe cómo contener la creciente violencia nacional y la impunidad delictiva.

Y en efecto el resultado es impresionante, él mismo nos dice que los índices de delincuencia están en cero por ciento en cuanto a las distintas cotidianas problemáticas criminales mexicanas, que no perviven en su municipio, arguyendo que tiene métodos infalibles –que sabe qué hacer para hacer pagar cualquier quebradura de la ley y eso intimida a los delincuentes- pero que las suyas no son artes ilegales, y no solo es su palabra ya que se le suele investigar en distintas acciones gubernamentales, de lo que hace su descargo como que no entiende tanto fastidio, desconfianza y envidia hacia su mandato y persona porque a diferencia de la mediocridad ajena está haciendo una gestión impecable digna de emularse y que se proyecta como la recuperación del orden en México, y hay que decir que no le falta razón, al menos en lo que se puede constatar, ya que San Pedro Garza García no solo se presenta como uno de los lugares más tranquilos de este país latino del norte de América, hasta el punto de que el alcalde menciona que el pacifismo, modernidad, riqueza y belleza de su zona convence a capos del narcotráfico de poner a sus ordinarias familias a radicar en su ciudad, sino uno muy próspero y de los más vistosos del territorio.

El alcalde es una apología a Mauricio Fernández Garza, un lugar para que se haga ver como el gran personaje que debe ser, no solo un exitoso y acaudalado hombre de negocios sino un alcalde entregado a su labor que pone su seguridad en segundo plano por un patriotismo que se atribuye y se puede observar en el filme; sale con la bandera nacional en la mano en un discurso y lo dice fiero de boca propia. Un tipo culto aficionado a coleccionar fósiles y artesanías, un aventurero (lo vemos en las muchas fotografías y videos caseros que pasa la realización) y también alguien sencillo y simpático, con la broma en la palabra, con el comentario audaz y ácido, con un lenguaje coloquial y de la gente, sin arreglos sino siendo muy directo y simple, quien dice las cosas como son, y que hasta se conmueve en cámaras, y llora un poco pensando en un servidor público que fue asesinado y como debe sufrir su familia.

Se percibe con claridad que es alguien especial, que está destinado a hacer grandes avances para México o algo trascendente (más), lo dice además indirectamente tomando de ejemplo la percepción de sus allegados (y eso se queda en el aire tras el ecran, que seguramente se debe hacer notar en algún otro cargo aunque nos dice que desprecia los que tienen déficit de ingresos porque son cultivo para la corrupción, su gestión se articula en la bonanza; quedando la lectura de que no está al asalto ni a la necesidad estatal), y sobre todo que a pesar de cierto recelo general de afuera de su ciudad y la prensa hacia su método municipal que peca de un aura de oculto supuesto extremismo discutible es un ser humano integro.

Se exalta a ultranza de forma natural su carisma que hace de imagen de su respetabilidad, peso importante en el filme y para todo político; junto con su ideología que presenta una fuerte personalidad,  y que se atribuye al hombre de acción, de hechos, como él mismo deja apreciar en su diálogo. Gran parte del documental, el formato que se escoge, es el de Fernández Garza simplemente hablando lo que piensa, defendiendo su liderazgo en la alcaldía, incluso comentando intimidades superficiales, mostrándose y revelándose supuestamente, siendo un filme convencional pero no aburrido, ligero, porque el alcalde sabe crear un ambiente vivo y entretenido (aparte de la buena estructura y la inteligente y cercana forma de exhibirlo que tiene el documental), siendo expresivo, alegre y de verbo rápido y despierto.

La propuesta juega a su vez a hacer alguna broma –y en sí el filme amilana la tensión de todo rastro de ambigüedad de la persona y cualquier pormenor de su lucha la envuelve en lo manejable- que agrega al relajo y campechanía del comportamiento del alcalde como el de la luz y el secador. Coloca sus mejores discursos públicos, como nos enseña una personalidad multifacética y cautivante, lo que no le suele faltar a la gente que están tan hechos de sí mismos, llenos de ego y ambiciones públicas al punto de dar la impresión de que es un personaje finalmente solitario entregado a una fijación: su labor, a lo que ayuda mucho centrarse y enseñarlo solo a él y ni siquiera a su familia salvo en la mención anecdótica o de alguna vivencia como al inicio sobre el secuestro de su hija que parece haberlo marcado. Viéndose como un presentador en su circo, o un comediante en su unipersonal, una estrella en su película, que consigue casi sin que se den cuenta cierta admiración del público lejano a ese contexto, entendiendo el mérito de la erradicación de la violencia en un lugar tan complicado actualmente al respecto como México y su tipo de personalidad tan potente para conseguirlo (el filme se adscribe al logro y las dificultades a su vera), que le va para bien como para mal, polariza reacciones; y más la complacencia de su conciudadanos.

Un aficionado a las armas y con un anillo o escudo familiar de unos 250 millones de años en una anécdota que habla de su audacia y picardía, de su amor de padre y su orgullo que transporta a lo nacional, un hombre del pueblo, un tipo criollo, ávido, rápido, efectivo; esto último lo define, alguien práctico. Y verlo en su amplia casa o recordar una visita a un presidente es como mirar el éxito en sí, que simboliza el de su municipio, aun poniendo un video promocional muy cutre, muy de película porno de San Pedro Garza García.  

Estamos ante la gloria de Mauricio Fernández Garza aunque el filme empiece con alguna sensación de temblor que nos induce a creer en un trabajo por cumplir, sin embargo lentamente se va volviendo algo cálido y la fuerza del personaje brilla en toda pantalla, se come al resto, llena de docilidad el entorno como en lo que se muestra ha sido su gestión. En general el documental luce -pensando bien lo que vamos viendo- como unidimensional, es la perspectiva del que admira a Fernández Garza, de un idealismo que parece tener lados oscuros pero que en el metraje son minimizados, “entendidos”, y en donde la sencillez del vídeo muy tranquilamente exhibe las pretensiones de querer impulsarlo hacia el futuro; queda la sensación de que hay que explotarlo más para bien de sus compatriotas.

La estética es irregular por varios formatos caseros y periodísticos usados pero entendidos en su uso y que no disminuyen el conjunto y su calidad formal, con la exhibición de muchos lugares sencillos, de un contexto con algunos espacios en una forma sugerente y clara pero mínima, con un extremismo más verbalizado, y en general es una obra sin aspavientos, con la constante del monologo de Fernández Garza, que no es un filme apagado o académico sino todo lo contrario, fresco e intenso, fácil de seguir y por ende, de identificarse.

Para muchos la historia de este personaje será una curiosidad, en que se nos presenta a alguien ordinario en el trato pero que llena un fondo amplio que ostenta particularidades amables a la vista y un halo de ente extraordinario en su temeridad y su logro central, una San Pedro Garza García digna de postal turística, habitable para sus más competentes ciudadanos, y que con esa masa aplaudiendo un discurso es el rincón de la felicidad.

jueves, 15 de agosto de 2013

Érase una vez yo, Verónica

El tercer filme del director brasileño Marcelo Gomes, tras Cine, aspirinas y buitres (2005) y Viajo porque debo, vuelvo porque te amo (2009) es una de las películas destacadas del 17 Festival de Cine de Lima. El que tiene un tema muy actual, el ser totalmente libre en nuestro hedonismo y sensualidad, el saber afrontarlo frente a los requisitos de la sociedad, presentándose como parte de una crisis existencial en donde no comprometerse con una pareja resulta mortificante cuando el padre de la protagonista, de Verónica (Hermila Guedes), sufre de una enfermedad terminal y ella siente que él está inquieto por su futuro afectivo. Pero no solo es eso, sino que la responsabilidad laboral le implica soportar la tensión de sortear y curar el mal de los pacientes que le ha tocado ver y ayudar en su vocación, la de médico psiquiatra, sumando a su padecimiento mental el hecho de hallarse o no realizada en dicha profesión, si es que podrá asumirlo sin sentirse agobiada, deprimida.

Ese es el meollo del asunto, y lo importante es cómo está presentado y resuelto en pantalla, con una Hermila Guedes, como bien dijo Marcelo Gomes en la presentación de su película, entregada en cuerpo y alma a la interpretación que le corresponde, y quien es el filme en sí, como quería el director brasileño de dedicarlo ésta vez a una mirada femenina, aunque la lucha con las limitaciones que parten de afuera y la depresión que viene de uno (esa que muchas veces no lleva justificación, que destruye lo que escogemos para hacernos feliz o se refracta en ausencias), el reconocerse, el yo primero y luego todos (como ese grupo en la playa de donde parte y termina el filme), sean sus leitmotiv.

Tratando –y lo logra- de ser una trama  y protagonista emotiva y visceral sin ser eminentemente melodramática, usándose en momentos claves la técnica cinematográfica de la toma muy próxima, comprometida, cóncava, aunque algo molesta de acostumbrar, para ponernos como dentro de las escenas y sentir la empatía del personaje; ser ella mientras dura la película y llevarnos dentro la reflexión de la historia. También el movimiento de la cámara aporta –como en el ómnibus a flor de robarle a la calle su personalidad, su realismo (aunque el filme tiene una notoria construcción cinematográfica y estética), su tensión y su vitalidad, características que serán importantes y predominantes en el filme- y cierta rusticidad que aflora constantemente dentro de la argumentación, que no pretende ser vulgar sino compleja, siendo la sensualidad algo visto sin ningún prejuicio, con una mirada muy abierta, muy contemporánea, en donde su liberalidad no tiene morbo y aunque es lujuria pide ser más en cuanto a su austera general definición, que no se estimula en ningún tipo de negatividad o critica, habiendo varias escenas candentes, muy visuales, cercanas y tórridas, quedando el acto trascendiendo en ser un acontecer liberador que contiene la felicidad misma, la erradicación del dolor y las culpas u obligaciones, el vivir la fuerza de la existencia que yace en la llaneza impoluta de los sentidos, del juego que hablaba Esther en alguna parte (2013), pero lo que es en sí sin ninguna abstracción que no sea goce y tal cual concebirse como atributo mayor, no estamos hablando de amor.

La escena de una orgía a pleno sol, en un inicio en parte chocante y más tarde asumible bajo otra perspectiva más amplia tras ser argumentada en la trama, que suena en parte polémica aunque en estos tiempos casi nada ya sorprende, mientras el tono amable de su recreación, sin cargar la escena, muy fresco, transparente aunque embellecido en inocencia y “paradójicamente” muy sano, combate lo que se suele profesar al respecto, que es muy acorde con la imagen del brasileño fogoso y sumamente permisivo con el entendimiento de los cuerpos; que en sí es la verdad de los nuevos tiempos que quieren romper con cualquier restricción de intimidad sexual hasta llevarlo al plano de la cotidianidad social y general, viéndose como un juego donde la libertad fuera su bastión más alto y representativo (pero sin perder la admiración y su complicación aun siendo un adalid de la carne; como lo refleja una poética cavilación de Verónica, un beso con lengua es hacer el amor y se lo da a un extraño).

Resalta ese mar que se aleja de ese fondo secundario de concreto resultando purificador, dominando y superando por completo el entorno, y al igual pasa en esa imagen de un edificio impersonal que hace escuchar una voz en medio de esa jungla, mostrando una identidad que se hace ver dentro de ese urbanismo que acostumbra ser tan doblegador, fusionándose pero respetando la independencia y la individualidad de cada persona. La pureza y claridad que llega con el agua cuando flota Verónica es una de las escenas más logradas que se puede recordar del filme, la sanación que identifica al ser humano en su naturaleza, en su regocijo con el placer donde subyace su alegría e intensidad, a contracorriente de la dureza de las calles de Recife, de las enfermedades que nacen a su vera, donde el bullicio y la luz multicolor, la ceguera de hallarse entre la multitud y los efectos de una discoteca desaparecen para el predominio de una canción emotiva, significativa, en la hora de una personalidad identificada, en un filme muy musical, con una banda sonora que más que un acompañamiento, se infiltra en la trama y se asume en la propia voz de Verónica.

La protagonista, paciente de sí misma, debe hacer una catarsis, una introspección existencial, para gritar la resolución de ser ella en toda decisión y orgullo, ya que las ataduras son finalmente propias. Las crisis y los problemas sirven, son retos de aprendizaje, por ello la enfermedad del padre le permite reflexionar más que sobrecargarse, aunque primero padece sin tregua, lo que termina siendo una expurgación de si es que está haciendo lo correcto e intentar ver el mundo distinto, para el caso reforzar su instinto, en una nueva mirada más segura y clara.

Un filme fácil pero bueno, con una cotidianidad y esencia que atacan pero que resuelven una personalidad, y así, al final Verónica dice, ya no le haré caso al dolor y es feliz en la arena, el mar, con sus amigos, y con el sexo, lo que para ella le revitaliza, le enfunde fuerza y vida, y no es que estemos totalmente de acuerdo con su visión pero su vigor (en donde se libera) y la historia en sí de su pequeña crisis, como la forma de contarlo, bien merecen la confabulación del entusiasmo. En lo que es un cuento más del séptimo arte comprometido con nuestra humanidad, éste de existencialismos muy modernos, propio del siglo XXI, en dos de las temáticas fundamentales de la sociedad actual, el trabajo (lo que yace en lo convencional aunque tampoco es que se aborde mucho, viendo que el mundo tiende a ahogarnos en buena parte, de ahí que se vea una metáfora en el flotar de Verónica en el agua bajo la desnudez física y el alma) y el sexo (que no las relaciones afectivas, y eso como está exhibido y defendido es una “audacia”, sacándole la vuelta a la seria concepción hegemónica del existencialismo, y al romanticismo, aunque Verónica a ratos sea muy poética, y exude melancolía), que se hace sumamente cautivante en una frescura y ligereza muy bien justificada. Y que a más de un joven le contentará; será como hacer escuchar la voz de una generación que no teme la constancia de la aventura sin ataduras, sino que la enarbola y la entiende como una razón más de vitalidad.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Esther en alguna parte

Ésta cinta juega mucho a la fantasía alcanzada en la búsqueda de las huellas de una doble vida, el lado oculto de una mujer fallecida, y en otro caso la ilusión eterna intocable del romanticismo del verdadero amor. No se regodea en ningún contexto penoso, aunque tiene de hiriente, de revelador, en sus dos relatos, aunque en tono de cuento, entretenimiento, aventura y relajo.

Lino (Reynaldo Miravalles) debe aprender a apreciar a su mujer en toda su esencia (en primera mirada como si se tratara de otra persona); a un punto en su liberalidad, fue secretamente bisexual aunque rechazó dejar a su esposo a quien le llegó a ocultar su lado fiestero y sexual; y en su pasión nocturna de canto de bolero, un ambiente bohemio.

Una vez que Lino conoce a un hombre extravagante de múltiples nombres y disfraces a quien le gusta que en especial le llamen Larry (Enrique Molina) irá tratando de comprender y conocer lo que su esposa le escondió de forma perfecta. No es que la cinta pinte de estricta en la complejidad de semejante hazaña nunca descubierta en vida de ella, pero como se nota, es algo que quiere ser más una historia que tener cualquier otro sentido.

Una particularidad de éste filme cubano-peruano es que justamente los protagonistas son mayormente ancianos, pero llenos de intensidad y ocurrencias tal cual cualquier persona joven. Son llanos, sin esa imagen preconcebida de excepcionalidad intelectual, calma, madurez o inexpresividad vivencial; son tan pedestres y vivos como el más imaginado. Y aunque Lino sea formal y cargue una pesadez física (sufre de incontinencia urinaria) y mental (se siente viejo) éstas irán desapareciendo a través de su adaptación y prueba (entendimiento) de vida donde el interior surge por encima de nuestro exterior. Serán los descubrimientos los que le dirán a él y a todo ser humano sin importar su edad que el juego es importante; lo entenderá hasta adoptar la locura de la efervescencia que todo hombre necesita para ser verdaderamente feliz; explayar las emociones, expresarse, vivir con libertad. Esto se encuentra en varias películas del 17 Festival de Cine de Lima, el aceptarse tal cual y ser, siendo la vejez un tema importante y la rebeldía una naturaleza general que también puede anidar en ellos como un faro de luz y para la propia plenitud, todo tiempo la merece.

El camino tiene su lado de efectista y vacío, siendo chocante dentro de lo ligero, y es que su calidad de entretenimiento le vale denotar una notoria imperfección, siendo abrupto y luego olvidadizo, siendo argumentalmente breve y poco justificativo. Se trata de atrapar el interés del público con nuevas revelaciones, sólo que son un cúmulo de experiencias efímeras, pero, claro, representan una aventura tras otra, con algún picor intencional aunque realmente intrascendente, que es irse a un extremo criticable. El filme es una propuesta para pasar el rato, con escenas no todas limpias, algunas feas, como los mismos diálogos, limitados. Sin embargo, la comedia a ratos funciona siendo sencilla, y si se ve de esa manera mejora la película, toma sentido y se disfruta, no debe verse demasiada pretensión, adjudicándose el rótulo de goce amplio de recepción, o puede que de placer culposo para el cinéfilo.

La profundización vela por su claridad, el mensaje salta a la vista en su transparencia, la locura no es tanto locura sino vida, y la gracia que se trasmite aun con mostrar situaciones tácitamente dramáticas es la concentración simbólica de lo que enarbola argumentalmente el filme. Es ante todo una comedia o esa es su mejor lectura, aun sin ser todo lo cómica que debiera ser, y eso en este caso deja espacio a cierta reflexión aunque no tan compleja o ardua, pero precisa (muy centralizada) y quizá útil. A lo que aunaría su notable simpatía, su mejor carta de presentación aun siendo algo áspero el trayecto. Tiene un corte de edición y narrativo que da la percepción de ser incompleto en la unión de sus destellos de ocurrencias, aunque sin anular el ritmo, viéndose como una carretera de alta velocidad con baches pequeños.

Destaca especialmente el carisma del nonagenario Reynaldo Miravalles quien con su sonrisa ilumina nuestra complicidad más fiel, el mago como se le apoda en la película tiene encanto fuera de ser un personaje fácil de digerir, amable aun con rasgos de algunos enojos; mucho más que la figura de Larry, aunque éste se vista de Mefistófeles bufonesco y sea el vehículo fácil en la broma. Sin embargo esto resulta algo en buena parte notable en la interpretación –aunque hay que reconocer una dosis pequeña de ineficacia en derredor de la empatía- porque Larry tiene lados oscuros, desagradables, y eso genera un efecto en el espectador. La amistad brilla para ver los defectos, enmendar la personalidad (algo trágico sobre este punto, pero más tarde reivindicado) y para provocar soluciones. No solo interesa Lino sino todos esos viejitos que versan en una cierta original sensualidad y extravagancia, teniendo algo especial que contar o mostrar, por sobre su apariencia.

Esther en alguna parte (2013) del director cubano Gerardo Chijona es un filme que juega las reglas del cine de entretenimiento y como tal el resultado de la alegría y placer que brinda es lo más importante, y por lo tanto cumple satisfactoriamente con su “sencillo” cometido.

martes, 13 de agosto de 2013

Wakolda

Del 17 Festival de Cine de Lima he podido observar 14 de las 18 competidoras de la sección oficial de ficción, y la más apasionante es Wakolda (2013) de la directora argentina Lucía Puenzo, y la que de ser jurado le otorgaría el premio mayor. Como hemos mencionado antes, el nivel estético del cine argentino en sus propuestas destacadas –ya que hacen mucho cine al año- es extraordinario, pero si a este le agregamos una historia tan entretenida y atrapante como esta, y que versa sobre la condición humana y la “ambigüedad” del ser humano, estamos ante una obra de arte, y es que en los últimos minutos de ese hidroplano despegando y escapando con la revelación de transportar a uno de los hombres más monstruosos que ha tenido la humanidad, el médico, antropólogo y genetista nazi de la SS Josef Rudolf Mengele, conocido como el ángel de la muerte, uno no puede dejar de sentir emoción de haber presenciado una historia que como esa avión va subiendo hasta perderse en el cielo.

No es una historia compleja de entender sino una muy clara, y esto aquí se devela como contundencia y es elogiable, si algo puede ser inteligente con apertura que más se puede pedir, es como la esencia misma de la transmisión de la sabiduría ideal. Y no podemos  mentir, se trata de un filme cautivante aunque sencillo, no obstante el personaje que se nos describe y su relación con una familia argentina cuando este doctor alemán nazi visita Bariloche y decide quedarse en su hospedaje dentro de una comunidad teutona posee múltiples matices. Más adelante sabremos oficialmente quién es y el repudio aflorará innegablemente, sin embargo en él se albergan preguntas que rompen con los estereotipos de lo que tendemos a calificar tan polarizado como el bien y el mal.

Siempre nos sorprenderá que un hombre tan cruel, un asesino, sea capaz de tener un lado de “humanidad”, sentimientos nobles, compartiéndolos dentro de  una personalidad despreciable y criminal por otro lado, como velar por una niña que tiene problemas en el crecimiento y hacer todo por ser un tipo afable con su parentela para poder trabajar con ella y ayudarla a su vez, exhibiéndose cariñoso, sumando una apariencia dócil, educada mientras se es una persona culta, profesional en sentido de su amplia capacidad, de donde nace la gran duda de la virtud en el idealismo ideológico que solemos concebir en el interior de la sociedad, el planeta y el hombre, siendo arduo de  ver muchos atributos dignos de admiración en quien no posee ética ni moral, en quien no lo merece o no debiera poseerlo, como si estuviera ausente la justicia o coherencia divina, aunque más compete al libre albedrio y a esa sensación de que el éxito o el don es solo una pieza de un engranaje mayor que debe concebirse.

Uno se da cuenta que está frente  a una ficción, y es que el cine es mucho un lugar para el cuento, donde se tejen distintas historias y se busca como prioridad nuestra complicidad primaria, emocional, no necesariamente con los personajes sino con la trama y el entretenimiento en pantalla. Se basa en la obra homónima de quien la revista Granta ha considerado como una de las 22 mejores escritoras en español de la actualidad menores de 35 años, y que lleva en la sangre el arte del buen cine, hija de Luis Puenzo, el que ganara el primer Premio Óscar a mejor película extranjera de Argentina en 1986 por La historia oficial.

Sin embargo, uno sabe que el arte tiene su propia introspección, y su fabulación cinematográfica o literaria sirve para entender la historia y la realidad misma, a veces –sin temor a equivocarme- mucho más que haciéndolo científicamente pero en otro nivel, en donde la libertad de la introspección versa sobre la reflexión de la condición humana, poniendo escenarios donde se analizan abiertamente las esencias.

Lucía Puenzo ha tomado datos fehacientes, hechos verídicos y los ha mezclado con hipótesis  -hasta conformar la de su autoría en su literatura, con la libertad que eso conlleva-;  información suelta, fragmentada o sin confirmar hilan su ficción. Se sabe que Mengele vivió en Argentina, y Bariloche en una época albergó al nazismo, convivieron los lugareños con esa ideología y hasta se sabe que más tarde se les ayudó a esos genocidas a esconderse en el país, y aunque fue él un “prófugo” de la ley, por criminal de guerra, entre comillas porque durante mucho tiempo ni se le buscó y estuvo circulando con su nombre verdadero hasta que la Mosad (servicio de inteligencia israelí) decidió ponerse tras sus pasos una vez descubierto que vivía, siguió ejerciendo la medicina y sus conocimientos en el campo de la ciencia durante las más de tres décadas que estuvo en Latinoamérica escondido hasta su muerte.

Como vemos en el filme se utiliza esta noción, repitiendo sus prácticas médicas en los gemelos de las embarazadas, un arraigo de su “maldad” en una fachada de bondad, de servicio y entrega a su labor científica, que subyace en su esencia de creer en sus investigaciones por encima del derecho indisoluble a la existencia de todos que se quebraba en varios estatutos nazis, a raíz de un fin último y posterior, una cierta contradicción con respecto a la salvedad de la vida humana, que suena intratable dentro de una cuestión existencial.  

El filme no nos muestra el lado siniestro del protagonista, haciendo uso de lo que se dará por hecho, por la respuesta emotiva intrínseca a través del conocimiento previo y universal y en ese lugar entra a tallar la autoría, el arte, haciendo uso de la ambigüedad que tiene de neutral en su descripción aunque el tipo no dejar de ser él mismo, pero se amolda a un nuevo lugar y a tretas, ¿quiere o no a la niña, realmente; a Lilith (Florencia Bado)?, ¿Nos podemos enamorar de un monstruo?, ¿qué comprende naturalmente a un ser humano?

Vivimos una “nueva” lectura en la audacia de quien, aunque más importa cómo, es el protagonista, notando que el tipo no solo está simplemente viviendo sino ejerciendo su esencia pero discretamente. Mientras con el padre de Lilith, con Enzo (Diego Peretti) estaremos alertas, porque nada es gratuito en un buen filme; la cantidad de consciencia notoriamente puede aumentar pero es ineludible la sombra de la desconfianza  y en ello se ha escogido no ser facilista, creándose luego la dificultad de juzgar, roto el estereotipo, o como puede tender a pasar, a ver la iniquidad no solo mediocre. Surge la audacia al entender la “trampa”, aunque podemos rendirnos solo a odiarle que sería muy poco ya que se es más despierto viendo que el mundo es más arduo de comprender de lo que creemos, maravillados por un protagonista complejo aunque macabro y deleznable. 

La niña tiene su sub-trama como el patito feo que siente admiración y afecto por una figura de esas que marcan la vida, y creo ver incluso que a él también le pasa de alguna forma (ya me olvidarás dice paternalmente); hay un rato conmovedor aunque puede haber una lectura de frialdad más satisfactoria a nuestras concepciones generales, como en esa metáfora de la muñeca con el corazón artificial, con Wakolda, que no tiene realmente humanidad sino un órgano muerto, habiendo solo el efecto aparente de albergar sentimientos, porque todo se hace más difícil al ser Mengele, y es razonable sentirnos así ni se pide lo contrario –estamos ante una fabulación- pero se da idóneo perpetrar un análisis complicado contrario al maniqueísmo cuadriculado, para flirtear con el poder de la imaginación y las distintas caras humanas. Es una historia curiosa aun siendo una temática, la del nazismo muy explotada, de la mano de una historia de crecimiento que plantea ser más minucioso en cuanto a juzgar a otros, que claro, apunta más a lo que solemos admirar y querer, poniéndonos en la piel de Lilith.

Merecen un especial aplauso como cuando termina una función y la verdadera emoción nos hace agradecer, todos los actores, sobre todo Àlex Brendemühl que hace de este monstruo escondido tras el falso nombre de Helmut Gregor. Seguido de un convincente y natural debut de Florencia Bado, que desde ya es una promesa. Como para la guapa Elena Roger como Nora Edloc, una archivista y fotógrafa que quiere atrapar a Mengele. También para Diego Peretti y su cansado semblante que esconde la perspicacia y la ética, los valores ante todo. Y para Natalia Oreiro, contenida para bien, y dramáticamente efectiva.

Estamos ante un filme que como cine de entretenimiento es el camino que debiera seguirse como modelo en Latinoamérica porque se pone al nivel del mejor séptimo arte en cuanto a la llegada al público sin perder autoría, con sustancia, calidad estética, descripciones seguras, una historia creativa y atrapante, buenas actuaciones y una ambientación congruente.

lunes, 12 de agosto de 2013

Tesis sobre un homicidio

Algo que se nota instantáneamente, y las películas escogidas de este país para el 17 Festival de Cine de Lima lo denotan, es que el cine argentino tiene una calidad bárbara en sus mejores películas, siendo muy clara esta percepción al ver Tesis sobre un homicidio (2013) de Hernán Goldfrid, que es una propuesta comercial (a la que no vemos con otras posibilidades dentro de los galardones que la del premio del público y encima esta peleado habiendo muchas propuestas para ganarlo), un  noir de estética a ratos notoriamente preciosista protagonizada por el astro argentino e internacional Ricardo Darín, acompañado de Alberto Ammann, joven actor bastante talentoso y actualmente prolífico que saltó a la fama por Celda 2011 (2009). Y que aunque está dirigida al amplio público será para muchos una grata sorpresa ya que posee notables rasgos de  thriller psicológico, siendo una realización intensa, entretenida y cautivante, y aunque entendible contiene toques de complejidad en la ambigüedad de hallar a un asesino; aparte de hacer un retrato convincente y simpático  aunque en una figura fácil y estereotipo de su personaje principal, representado por un actor que por lo general es una apuesta segura de éxito de taquilla, que en este filme lo logra al punto de posicionarse históricamente como el segundo de mayor recaudación de Argentina.

En este nos relata la historia de Roberto Bermúdez (Ricardo Darín), un abogado, escritor y académico soltero que en sus ratos libres asiste investigaciones criminales, llegando a tener una obsesión en un caso convertido en algo personal, al sentirse atraído por la hermana de la víctima, alumna de su facultad que se le halló muerta frente a su aula en plena cátedra. De ello crea varias hipótesis -en un juego de espejos- que apuntan como un psicópata homicida al hijo de un antiguo compañero de labores con quien solía competir profesionalmente y ahora es más importante que él. Señala a Gonzalo Ruiz Cordera (Alberto Ammann), un muchacho universitario perspicaz y vanidoso de aire intelectual (donde se hace uso de diálogos planos aunque aparentemente trascendentes, y en general, aunque prevén, hilan, crean lógica y acondicionan el filme, dando códigos además, junto con exhibiciones eruditas que se ven efectistas y metidas con calzador en cuanto a naturalidad aunque congruentes) que acaba de volver al país y siente admiración por su maestro, Bermúdez. A quien dentro de su condición de policial el filme lo presenta como practicante de boxeo, seductor y mujeriego (tiene la línea de decir que vale más una aventura amorosa que cualquier arte o sabiduría), intrépido e ingenioso, pero también egomaniático y en parte paranoico.

El filme es  sumamente amable, recogiendo y asumiendo las características y lugares comunes del cine negro, ambientado perfectamente en la Argentina pero con ese toque en que poco importa el lugar en que se contextualiza, su universalidad es flagrante y lograda. Y como no podía ser de otra forma tiene la tensión y el análisis de una investigación como central atracción, sin embargo estos se basan en conjeturas y especulaciones que aunque nos hablan de un juego de ingenios, del gato y el ratón entre Bermúdez, el mentor, y el asesino, que parece querer impresionarlo, se mezcla mucho la imaginación anclada a una desconfianza en buena parte arbitraria, distante y poco concreta en los práctico aunque emocionalmente próxima, proponiendo una audaz critica a cuando el detective trata de entender el caso y se cree casi un ser omnipotente sobre los pormenores.

La línea entre lo que uno cree y es se presenta únicamente como un ejercicio más, típico de la cátedra de Bermúdez, pero como bien dice el pupilo, hay muchas tesis en la vida, en todo sentido, y es difícil decidirse rotundamente por una sola, verlo con claridad. No estamos frente a una propuesta que vaya  a marcar un hito argumental en el cine, es solo un entretenimiento, pero su estética no es vacía, cumple con dar lo que pretende. Sustancialmente tiene lo suyo en lo que es, abocándose a sus cuatro paredes, de donde nos entrega dos sospechosos, aunando la imposibilidad de resolver las pesquisas y de no tener  ningún culpable, siendo inteligente la obra al darle una carga psicológica a la investigación, un matiz o capa que pelea entre la locura e idiotez, el error, y la audacia y sapiencia, el adelantarse a todos, y es que plantea mucho el eje de la subjetividad, siempre con una carga de autosuficiencia y ambición en sus personajes que tambalea como en la reacción de la amiga psiquiatra que figura nuestra posición de incredulidad, y que parece una buena puñalada hacia el éxito (lográndolo este filme, y quizá siguiendo las reglas completamente, ya que el fogón o asador enseña que en efecto  hay un hurto, pero también puede ser que sea parte de un desdoblamiento de personalidad para justificar los auto-inventos, aunque la repetición del tic con la moneda sea un dato culposo pero igual indefinido) ya que somos Bermúdez, y nos puede ser esquivo el triunfo aun teniendo la razón o haciendo algo destacable (la imprevisibilidad de la vida, y que es idónea porque una existencia autómata no nos enriquecería en nuestra variedad y complejidad), o de repente somos el antihéroe de la hipótesis de este, y en el pequeño puede hallarse la gloria aunque silenciosa. Una metáfora del cine mismo y a lo que se adscribe dentro de él en una elección distinta, “paradójicamente” prefiriendo la claridad y lo masivo/receptivo, pero haciendo uso de cierta arte, que hay que reconocer, la ambigüedad, dentro de la lógica conocida, típica, del noir, en una humilde conjunción.


sábado, 10 de agosto de 2013

El sonido alrededor

La ópera prima del director brasileño Kleber Mendonça Filho, ganadora del fipresci en el Festival de Cine de Rotterdam 2012 es una de las favoritas para llevarse el premio del jurado a mejor película del 17 Festival de Cine de Lima. La trama gira en base a la seguridad de un barrio residencial con lo que denominan torres por edificios –como en una metáfora de lo que acontece, la vulgarización del mundo, y a un punto la vaciedad, como en aquella piscina abandonada y esa panorámica impersonal- que mayormente le pertenecen a un especie de Don todopoderoso que tiene a su familia, hijos y nietos, en los condominios. Es lo urbano siendo intimidado por su propia realidad moderna, la que está lejos del ideal, la de la violencia y la inseguridad latente y el de la cercanía, reacción e influencia de la pobreza -cohabitan próximos gente humilde- ya que alrededor hay muchos ruidos que indican tensión. Es el retorno del pasado, en plano directo como un ajuste de cuentas, y en otro menos artificial pero algo gaseoso y más inteligente como dentro de lo que sigue siendo una comunidad entre el cacicazgo y la intromisión hegemónica de un ente foráneo al pueblo, en el avance del tiempo que es cíclico. De ahí que veamos una introducción de fotos del ayer detrás de este barrio de Recife (algunas sugiriendo a la obra un halo positivo, como el que parece el voto femenino o la igualdad asumido desde la comunidad agraria que va a transpolar hacia lo urbano), un territorio acomodado pero que está a puertas del conflicto, del robo y el crimen que intenta dominarle, como en ese baño de sangre premonitorio –pero que también tiene de fantasioso, semejante a una historia de terror que aunque la presente película tiene sentido distinto nos recuerda a El Resplandor (1980) donde el hotel y los fantasmas se apoderan de la mente de Jack Torrance- o esa pesadilla de invasores y delincuentes nocturnos donde una niña lo prevé, una mirada inocente que tiene que lidiar con ello.

Los ruidos toman forma en esta película, se amoldan y son parte de la vida de sus habitantes, llegan a tener un sentido, y son indicadores, rasgos y hasta entidades autónomas, vemos la lavadora que hace de consolador, el ladrido del perro, primera señal de inseguridad y tensión, la música del vendedor de la calle, el horror en el cine ruinoso, el mar, el juego de los niños, las propias conversaciones intimas, y un sinfín de sonidos que describen la realidad urbana y son una fuente de conocimiento, aunque muchas veces no los escuchemos o nos molesten.

El filme tiene 3 partes, y se ciñe a la seguridad, porque la violencia es ese ente oculto detrás de los ruidos y aunque en ésta clase acomodada de Recife parece algo aun nimio y un poco indiferente ya hay síntomas de creciente preocupación. En mención del perro guardián, los guardias de vigilancia de la zona y los guardaespaldas. Clodoaldo y su equipo son los que proveerán de tranquilidad al barrio, los que tienen su propia historia y sus tretas y trapos sucios, y desde el inicio crean hacia sí cierta desconfianza que a la postre es justificada (tomando en cuenta su importancia ya que como se ve con el argentino extraviado llegan a controlar la calle, aunque la última palabra sea del Don), siendo el reflejo de lo tan complicado que resulta creer en la gente, otorgar responsabilidad aunque sea necesario (la inseguridad planea en varios ámbitos, y puede resultar paranoica), incluso en la familia (el primo rico que es un delincuente engreído y descarado y roba aunque sin saber a la novia de su pariente), sin embargo no todo es recelo en el filme, hay rasgos de buena adaptación de clases, como en la empleada negra que tiene buen trato y apaño de su  jefe, que es como un amigo cercano de ella y están unidos en base a sentimientos nobles y verdaderos y por tal mucha permisividad y hasta franqueza de por medio.

Como en toda película no faltan los acontecimientos cotidianos y pequeños, los descriptivos, tratando de ubicarnos en esta oportunidad en la realidad urbana y en la personalidad de sus inquilinos, por lo que escuchamos recuerdos, vemos enamoramientos, intrascendencias, disgustos, etcétera, es decir, convivencia (plano que es razón del filme); como la molestia de indemnizar a un portero ocioso y ya viejo al que quieren botar antes de su jubilación, o tratar con gente que limpia autos que ofendidos toman revanchas, o con un cargador de bidones de agua que vende marihuana (cariz de notoria cierta corrupción general). Relaciones que nos recuerdan como la sombra de un fantasma a un latifundio y el orden por encima de los campesinos, lo que nos hace pensar en El verano de los peces voladores (2013) y su idiosincrasia por resolver.  Aquí como un pequeño reducto a punto de sucumbir al cambio si bien lo ordinario ya está más que presente, en el caso de Bia que es como la radiografía del prototipo de nuestra contemporaneidad (donde está lo llano y lo “culto” como en el estudio del mandarín), ya casi sin ningún tipo de oligarquía o como se suele decir de ciertos sujetos de aire privilegiado, como dice el Don, su poder ya no está en el barrio sino a la distancia, en su ingenio de azúcar que también pasa por algunas amenazas, aunque esto último se adscriba  a un tipo de cuento más que a un sentido analítico (en una parte que es un “thriller” adormecido), como un punto final que “rompe” con las metáforas y la ausencia de una trama (viendo el símil entre el ruido de los fuegos artificiales y las balas). Los líderes cambian, es normal, es implacable el poder de las masas. La contemporaneidad es el reino del pueblo, vivimos esa concepción mundial dominante de sociedad, la democracia,  y suena actualmente un poco anacrónico (actualmente calmo) pensar con temor del comunismo (ideología que no debe faltar en cierta cantidad), porque Brasil supuestamente tiene mucho de gobierno de izquierda política con Dilma Rousseff. 

Estamos ante un filme audaz, en buena forma y ritmo, muy pensante, pero de sutil carácter de autor, nada pretencioso en el sentido peyorativo que se le suele dar a esa palabra; y en su infaltable cotidianidad, bastante entretenido de ver. Dejándose ver muy bien en sus más de dos horas de duración. Definitivamente, un plato fuerte dentro del 17 Festival de Cine de Lima.