jueves, 17 de agosto de 2017

Dunkerque (Dunkirk)

El hecho histórico que cuenta el filme del inglés Christopher Nolan es legendario para Inglaterra, la evacuación de 300 mil soldados de la ciudad y puerto de Dunkerque, Francia, rodeados por atrás por el mar y por adelante por los nazis durante la segunda guerra mundial el año 1940. Nolan recoge lo mejor del cine arte y lo convierte en cine popular, gigante, para todo público. Hace de la propuesta una muy artística mediante su estructura de varias visiones protagonistas equivalentes y representativas. Tenemos a un civil (Mark Rylance) yendo a recoger soldados en su barco particular –como muchos otros, movilizados y cuidados a un punto por la famosa Marina Real Británica- junto a 2 muchachos heroicos, a un joven soldado inglés (el novel pero competente Fionn Whitehead) tratando de escapar como puede de Dunkerque, a un piloto (Tom Hardy) de la aviación inglesa protegiendo a los soldados aliados y a los barcos rescatistas y contratacando al enemigo en el aire –a la poderosa Luftwaffe-, y a un jefe naval (Kenneth Branagh) en un muelle observando el desarrollo del rescate y dirigiendo su parte de la operación. Como complemento panorámico tenemos a otro soldado inglés (Harry Styles) buscando escapar pero a toda costa, saltándose si es necesario la moral y sacrificando a algunos otros en el trayecto. Junto a ello también es complemento el soldado salvado (Cillian Murphy) traumado con regresar a la playa de Dunkerque.

El filme cuenta con otra añadidura artística, se trata de que nunca veremos a ningún nazi en persona, a ningún soldado enemigo, sólo se presencia el impacto -y la superioridad- del ataque alemán, con esto Nolan maneja el terror y el suspenso que genera no saber por dónde y en qué momento serán atacados los aliados atascados en la playa. A lo máximo Nolan permite ver sólo los aviones alemanes de la temida Luftwaffe y en una dosis muy medida. En sí el filme concentra puntos y muestra algo significativo, escenas maestras repartidas por aquí y allá que se proyectan hacia algo mayor de la historia universal, con las que hay que armar una imagen integral, más que algo grandilocuente, detallista y recargado.

La obra de Nolan pretende ser emotiva enfocándose en subtramas enriquecidas, moverse en pequeñas historias, un aviador volando y luchando hasta quedarse sin gasolina, un aviador a punto de ahogarse tras hacer valientes rescates, el descontrol que genera el miedo a morir, el estado perpetuo combativo de sobrevivencia. Kenneth Branagh simplifica y contiene todo esto, expone dolor, compasión, frustración y felicidad mediante su expresivo rostro, sus emociones están repartidas por distintos momentos claves de la trama. El filme muestra mucho heroísmo, aunque recurre un poco a lo inverosímil, a lo exagerado. Tom Hardy es como un superhéroe sin poderes sobrenaturales. Pero sus combates y salidas de improviso generan adrenalina y manejan el entusiasmo del espectador. Mark Rylance por su parte aporta el idealismo y coraje del hombre común. En la propuesta hay algo de maldad o negatividad mezclada en soldados aliados tratando de salvarse a sí mismos por sobre el resto, es poco pero existe y es notable, un avance y concesión contra el esquema del blockbuster.

Un tercer trabajo artístico trascendental y definitorio en el presente filme es la banda sonora, el filme se sostiene en buena parte de la música de acompañamiento, esto puede creerse muy común, no suelen faltar en el séptimo arte memorables bandas sonoras que han catapultado (engrandecido) sus propios filmes, pero el trabajo entre Christopher Nolan y el famoso compositor alemán Hans Zimmer es tremenda simbiosis. La propuesta no tiene muchos diálogos, y la música amplifica –hasta crea escenas- y contagia lo que sentimos –nos trasmite estados de ánimo- con Dunkerque, los avatares y altibajos de la sobrevivencia, la espera, la lucha perdida y, por último, un tipo de gloria, simplemente seguir vivo, aunque se haya tratado de escapar no de destruir al rival y en la guerra uno suele creer que casi todo se vale y existe en el filme una mirada sobre la ética en este lugar. No todo el tiempo cae precisa la música, pero cerca de un 80% es pura maravilla bien compenetrada. Películas como Dunkirk (2017) significan la perpetuidad del cine tradicional, del cine apreciado frente a una gran pantalla.

martes, 15 de agosto de 2017

El primero de la familia

El debut del chileno Carlos Leiva es la historia de un cúmulo de problemas, de mil y un dramas, parece una gran tragedia griega, de cómo vive una familia pobre en un barrio periférico de Santiago de Chile. La madre sufre de dolores de espalda por una mala operación y debe usar muletas pero no quiere, el padre es un obrero que necesita le adelanten dinero y que suele ser un hombre sumiso, la hija menor es la burrita de la familia y ha quedado embarazada de un pandillero que no quiere hacerse cargo, por último el hijo mayor estudia medicina y acaba de ganar una beca para seguir su carrera en Inglaterra, pero oculta deseo sexual por su hermana, mientras toda la familia lo cree el mejor de todos ellos.

En el mismo cuarto duerme la abuela con los hijos, la muchacha tiene que cambiarse (desnudarse) en el cuarto, el hermano siempre la observa, lascivamente, no sabe qué hacer para controlarse y todo apunta a la debacle. La hermana confía en el hermano mientras el padre la menosprecia. Además la alcantarilla del patio se malogra y genera olores pútridos por toda la casa. Justamente esto hace pensar en la vida que llevan o que algo está por explotar.

El filme a ratos parece telenovela, grabado un poco de forma parecida, pero atrapa la atención, provoca seguir viéndola, hay actuaciones aceptables y cotidianidad tratada al menos con cierta decencia, aunque muestra una pobreza casi pornográfica, medio que te identificas, pero también sufres de indolencia. Gran parte ocurre en la precaria casa familiar, desde el pequeño lugar donde comen todos apretados y se pasan el sobrecito de té para que lo use más de una persona o que Tomás (Camilo Carmona), el hijo, se levante asustado a matar una cucaracha o insecto en la pared de su cuarto pensando ¿habrán más? Todo este panorama es tan obvio que uno no se compenetra mucho, requiere de un poco más de arte.

La sombra del incesto es lo que destaca de esta obra y su clímax es la audacia de la propuesta. El resto es muy similar y poca novedad aporta. Ver a la madre comprarse una prenda bonita algo fuera de su alcance o al padre enfrentar su pasividad otorgan algún respiro. Toda la familia está en conflicto con su realidad, y aunque Tomás las tiene todas para escapar y brillar, es la hermana, Catalina (Catalina Dinamarca), la que diría que es la que importa más, la que sufre más la situación, y de ese lugar podemos sacar una denuncia.

El filme requiere un poco de mejores transiciones, está como apurado en mostrar muchas cosas, lo mismo, drama tras drama. También algunas actuaciones lucen muy sufridas, falta a ratos variedad, matices, sorpresa. Son los hermanos los que más destacan del grupo. Esta película no es una obra trascendental pero debería ayudar a revisar el sistema neoliberal, como analizar el seguro médico o el derecho laboral y mejoras justas.

lunes, 14 de agosto de 2017

La región salvaje

El filme empieza enfocándose brevemente en el espacio con una roca a punto de caer a la tierra, más tarde algo se percibe extraño en el ambiente (el misterio dura como una hora y al descubrirse se aprecia claramente). Una mujer desnuda en una cabaña luce rara, ensimismada, excitada (pide más de algún tipo de sexo), luego ella comenta con un amigo sobre conocer no sé qué en un apartado de campo cercano a la ciudad, dice no conocer el sexo de ese ser que la tiene en éxtasis, que la ha dejado marcada.

El director mexicano Amat Escalante para sorpresa de quienes seguimos su carrera nos presenta un sci-fi, pero que recorre centralmente la relación oculta homosexual de un hombre con su cuñado. El filme apela al sexo y a la violencia como leitmotiv, y como todos creen ver a una alegoría de la sociedad en general y del pueblo mexicano en especial, que implica el caos tras la represión sexual.

Ángel (Jesús Meza) es un tipo que aparenta ser homofóbico –más que seguro que por la sociedad mexicana que lo empuja a ello- pero es bisexual en realidad, se divierte con el hermano de su mujer, Fabián (Eden Villavicencio), que es abiertamente gay. La vida de Ángel sería común y corriente si no fuera por esta doble vida sexual, y el filme muy cotidiano si no fuera por el extraterrestre. El filme contiene erotismo en aquel monstruo con tentáculos tipo falos, monstruo que recuerda a Possession (1981).

La propuesta es oscura a un punto, con un aire a velado culto satánico, como en The Witch (2015). Igualmente recuerda a Post Tenebras Lux (2012) en ese llamado del bosque a lo oculto, al desenfreno, y al juego con el demonio representado en la liberalidad que genera karma, e inconsciencia –una mente poseída, en blanco- como en Antichrist (2009). También a Tenemos la carne (2016) pero exhibiendo una película mucho más digerible y coherente, mejor estructurada, como mejor expuesta en su análisis social aunque este luzca leve.

El filme invoca referentes del terror, pero tiene una trama en mayor parte realista. El monstruo queda como en segundo plano, son las relaciones a la vera del sexo las que generan tantos problemas, y la cereza del pastel es ese ente “prodigioso” ofreciendo el placer máximo. Vemos distintos animales copulando dentro de una orgía sobre un cráter y más que felicidad se percibe como algo sórdido. La música también moviliza hacia esa dirección. Verónica (Simone Bucio) complementa el panorama como una especie de vampira acólita. 

martes, 1 de agosto de 2017

Heart of a Dog

Este documental experimental, de la compositora, músico y artista visual de performance Laurie Anderson, podría haber sido un documental triste, ya que trata de la muerte de nuestros seres más queridos, el que es un ensayo también sobre el amor, pero prefiere ser algo visualmente particular mientras en todo el metraje acompaña la voz en off de Laurie Anderson hablando de su mundo mental, de budismo, política, seguridad nacional, libertad e intimidad (tras la sombra del atentado del 11 de setiembre que compara con una metáfora de unos halcones y su perro confundido por estas aves con un conejo), de su pasado y de su vida personal, como cuando nos desnuda la relación difícil con su madre (que le significó un reto de auto-examinación ante su muerte), combinado con algunas exposiciones verbales algo extrañas donde participan sueños y otras realidades superpuestas a lo cotidiano.

La americana Laurie Anderson a sus 68 años –edad con que hizo este trabajo- denota ser medio freak, nos hace entender que desde siempre ha visto la vida de manera distinta, incluyamos que el mundo la ha hecho así también (por su desconfianza y aprendizaje infantil frente a los adultos con un accidente que la paralizó de las piernas por un tiempo y le decían sería para siempre; o por necesitar de una defensa psicológica frente al dolor), de esto su acercamiento natural -que vemos- a la filosofía (Wittgenstein, Kirkegaard), la literatura (David Foster Wallace), la pintura (Perro semihundido, de Francisco de Goya), lo místico –a su manera- y un poco a lo poético, si bien Laurie observa la vida con practicidad (salidas, paz), gracias a su cultura y espiritualidad.

Lo suyo en el fondo es una lucha contra el sufrimiento (nos dice: es sentirse triste sin estar triste), igual que frente al progresivo desvanecimiento que señala ocurre con la vejez. A ella le delata su rareza, la que puede ser algo criticable (sopesando que lucir distinto no es la superficialidad de verse cool ante el resto, sino consecuencia con uno y de la vida), aunque finalmente es su vida y de lo que ama lo que compromete dentro de la propia filosofía, su perra pinta, esculpe y toca piano como si fuera una persona, esto suena extravagante, o hasta ridículo, pero es justificable, porque el amor de una persona a un animalito llega a ser tan grande que buscas entregarle una existencia completa, lo más feliz (como cuando su mascota queda ciega), muy parecida a la tuya. Laurie como artista y mujer abierta a lo diferente está en toda coherencia, aunque nos suene cruel esperar que su perra Rat Terrier Lolabelle estando terminal llegue hasta la última exhalación, pero lo hace por sus conceptos budistas.

El filme no es (solo) sobre el amor a su perra Lolabelle, es un documental mucho más arduo, esconde la muerte de su marido, el famoso cantante Lou Reed, muerto 2 años antes y del que no se habla nunca directamente, pero cuando terminan los créditos vemos una foto de él jugando con Lolabelle, y así es el filme, están ambos fusionados. Cuando habla de Lolabelle también Laurie nos habla de Lou Reed, del amor por ambos y de vencer el dolor de sus muertes, creyendo además en la reencarnación. En las imágenes vemos filmes caseros, de súper 8, texturas, filtros, ilustraciones, recreaciones, collages, videos de cámara de vigilancia y, en especial, como si estuviéramos detrás de un vidrio empañado al que le está cayendo la lluvia, esta composición del vidrio es notoriamente melancólica, que se complementa con la voz modulada y predominante de Laurie que se mantiene firme y fuerte. El documental es propio del arte que siempre ha definido a Laurie Anderson, cada parte de él es muestra de honestidad e identidad. Si nos parece medio raro, tiene de paranoide y es a ratos oscuro, es porque es su esencia, la profundidad que la rige. 

lunes, 24 de julio de 2017

Kaili Blues

Un doctor y poeta llamado Chen Shen (un muy competente Yongzhong Chen) tiene un hermano apodado Cara de loco que gusta de las apuestas, el billar y la vida bohemia y descuida a su hijo pequeño, el inocente y sensible Weiwei. Chen quiere proteger a su sobrino con quien se identifica. Chen ha tenido una vida difícil, estuvo en la cárcel por matar a un hombre, su madre lo abandonó de niño y perdió a su mujer en la cárcel. Weiwei es supuestamente vendido a algún apostador y Chen decide ir en busca de su sobrino. Para eso realiza un viaje de su natal Kaili a Zhenyuan, pero antes atraviesa un pueblo místico y misterioso de nombre Dangmai. En ese trayecto el director chino Bi Gan hace una toma secuencia de 41 minutos de duración, con una planificación y soltura realmente virtuosa, el recorrido implica viajar en moto, en camioneta, caminar, subir escaleras, encontrarse con gente, la cámara siguiendo a otra gente, ver atravesar un río en lancha a una bella mujer, que el protagonista sea parte de un pequeño concierto local e ir a una peluquería.

Bi Gan le brinda a su película un bello y muy cuidado aire onírico, bastante sutil en la manera que lo mezcla con la realidad del filme, desde ver pasar un tren pegado a una pared, ver relojes dibujados en la pared (relojes que apasionan a Weiwei y este suele pintarse uno en el brazo) u observar en repetidas ocasiones sumergirse en el río las sandalias de la añorada madre de Chen. El filme en Dangmai pasa por flexibilizar los tiempos y reunir gente del pasado y del futuro en el presente. Todo el filme puede leerse linealmente, pero sería perderse de la genialidad del filme. Chen lleva como encargo de su compañera –una anciana- del consultorio médico, una camisa floreada y un cassette a un viejo amor. Chen se pone la camisa floreada y entrega el cassette a la peluquera, en lugar del destinatario que le pidió la veterana doctora. Esta escena puede leerse como una visión del pasado, Chen y la peluquera mutan momentáneamente en la anciana doctora y su amor perdido. Otro momento similar se da cuando Chen habla con la peluquera y esta parece ser otra imagen del pasado, ser su mujer Zhang Xi. Por último el motorista que lo lleva le dice llamarse Weiwei, tiene unos 18 años, sufre maltrato y gusta de los relojes imaginarios.

Escuchamos la voz de Chen recitando sugerentes poemas que poetizan su discurrir, mientras el Sutra del diamante recorre toda la propuesta, el budismo, la reflexión existencial, el misticismo. El filme esconde los problemas y la melancolía en el carácter recio, práctico y sencillo de su protagonista, como el blues que articula preciso el título. También el filme hace alusión a la etnia Miao, a la que pertenece Bi Gan, y trae a colación más sobrevivencias. Kaili Blues ganó mejor director emergente en la sección Cineastas del presente en el festival de Locarno 2015, y hace recordar directores talentosos tales como Jia Zhangke, Wong Kar-wai y Hou Hsiao-Hsien, entre trenes, relojes, lo rural y violencia –pero elíptica o fuera de campo, incluso en una discusión la cámara se enfoca en el vaso roto de una mesa-. 

jueves, 20 de julio de 2017

Okja

Okja, la película del surcoreano Bong Joon-ho, llega para marcar una nueva época, como otra forma para apreciar y fomentar el séptimo arte, producida y estrenada por Netflix. Okja es un blockbuster pero también cine de autor, llamémosle cine comercial inteligente. El filme nos muestra a un animal mutado científicamente que es un supercerdo, pero que parece la mezcla de un hipopótamo y un tierno perro. Okja se llama el animal que es cuidado en la granja surcoreana del abuelo de una niña llamada Mija (Ahn Seo-hyun), niña que se encariñará con Okja al cuidarla y crecer con ella, por lo que cuando se da cuenta que Okja será llevada a un matadero para ser convertida en alimento decide ir a traerla sana y salva a su hogar.

La primera hora del filme que es un viaje, desde que Mija se rebela con convicción a su abuelo, típico granjero (consciente del destino de los animales de granja), hasta que un grupo de animalistas quedan en un plan para sabotear la empresa que vende los supercerdos como alimentos es intensa, graciosa y muy entretenida, realmente maravillosa. Todo es perfecto, el periplo de Mija está lleno de la mejor acción, que termina en tremenda ironía escénica tras una mala traducción. La hora que viene después es menor, pero todo no va a ser una montaña rusa, hay una historia por crear y es muy aceptable lo que continua. Se abren las puertas de la (leve) fantasía de la mano de Okja que luce dulce y creíble.

En la propuesta se da la caricaturización de personajes, en el que es un filme notoriamente familiar en el estilo de Steven Spielberg, con Lucy Mirando y su hermana gemela (dos personajes interpretados por la camaleónica y orgullosa freak Tilda Swinton), dueñas de la empresa de los supercerdos, la Corporación Mirando; el presentador de tv y zoólogo Johnny Wilcox (un Jake Gyllenhaal entregado a los retos artísticos) que es estrafalario, alevosamente ridículo y el más extremo (y no me disgusta en absoluto, como a muchos sí); y en menor grado Shirley Henderson como una asistenta fiel a la Corporación Mirando. Ellos son la cara de lo malvado, sumado el sarcasmo del rol de Giancarlo Esposito en un reparto que aporta mucha diversidad en el que es un filme muy cosmopolita.

Lucy no es que sea mala persona pero anhela demasiado el éxito propio y publicita el embellecimiento de lo que finalmente significa sacrificio de animales (lo que no suena descabellado, un concurso de belleza/salud para premiar el mejor supercerdo, y la futura mejor carne, solo que aquí conviven en el mismo lugar). El Dr. Johnny es más un hipócrita y lambiscón, pero nacido de la caricatura japonesa y la comedia. Otros puntales del filme es el activista por los animales Jay (Paul Dano) y su mano derecha y experto en tecnología conocido solo como K (Steven Yeun). Paul Dano es un buen actor y se presta para un compromiso entre serio, teatral e irónico, igual que los animalistas que representa. Bong Joon-ho maneja mucho humor, pero nunca falla, lo cual es increíble, lo digo sobre todo porque no soy muy afín a la comedia y esta es una buena película, que maneja con soltura, frescura y tino el tema.

Okja es también un llamado a la consciencia para no comer carne y la forma en que se trata a muchos animales, llegamos a ver hasta el proceso de cómo son asesinados en los mataderos y cómo son procesados en comida, esto no es visualmente violento, pero hace pensar, aun cuando los supercerdos son una creación de la imaginación, son sintéticos, pero provistos de mucha mayor ternura y lealtad que los animales de granja comunes. Recordemos que Okja salva a Mija de morir con lo cual vemos en pleno el vínculo entre los dos. Bong Joon-ho maneja muy bien el tono del filme, y los cambios de drama a comedia y viceversa. En un momento Okja hace pensar como que se halla en un campo de concentración, preparada para ir a morir de la forma más fría con sus semejantes. Es un momento lúgubre y emocional que rompe con el colorido del filme. El mensaje es muy claro, pero el filme extremadamente divertido de ver, fácil de seguir, de compenetrarse y hasta para reflexionar.

lunes, 17 de julio de 2017

Sieranevada

The Death of Mr. Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005), el segundo largometraje de Cristi Puiu, es un referente importante del cine rumano, película con la cual muchos se enamoraron del nuevo cine rumano, por lo que seguir la carrera de Puiu es prácticamente un imperativo. Su quinto largometraje, Sieranevada, estuvo en el festival de Cannes 2016. Nos involucra con la misa por conmemoración de la muerte del patriarca de una familia, para dicha misa se reúne toda la extensa familia para una cena. Con muchos parientes medio irreconocibles se dan las típicas reuniones familiares, con los clásicos fastidios y sorpresas. Una mujer mayor lamenta la infidelidad de su marido hasta caer rendida por un aneurisma. Una jovencita lleva a una amiga inconsciente por alcohol o drogas. Son 3 horas de película, 3 horas también de mucha intrascendencia, desde un mismo lugar, la casa familiar. A ratos la cámara se posa en un lugar estratégico y muestra 2 habitaciones a la vez, la entrada y salida de los parientes, mucho movimiento y cierta tensión de la reunión, es la sensación de estar viendo algo pequeño, pero trascendental en nuestra humanidad, como el viejo marido abusivo que ve su mundo caer producto de la culpa. También hay lugar para preocuparse por hacer una comida suculenta, juguetear amorosamente entre hermanos o discutir el precio de un regalo.

La llegada del sacerdote ortodoxo rompe la monotonía, el padre terminado de practicar su rito, de lo más veraz, no puede contenerse de contar una anécdota, habla de la lucha personal por los valores eternos y mantener ciertas tradiciones. El momento emotivo de reflexión termina, y Puiu le quita solemnidad con un diálogo al paso que apunta a decir que no entendió de dónde vino aquello, creando un contraste de libertad e individualidad. La familia discute de varios temas, aunque mucho sobre ridiculeces que pretenden pasar por cotidianas. El atentado terrorista a EE.UU. del 11 de setiembre se repite a cada rato, pero sobre conspiraciones y justificaciones absurdas, esto remite a banalizar internet también. Otra característica del filme es mostrar lo moderno vs lo tradicional, en cómo uno trata de subsistir frente al otro. El cosmopolitismo siempre es interesante en todo país, pero aquí se presenta endeble, como ese arranque del filme en que se discute seriamente sobre las princesas Disney. Esto, desde luego, desde una contextualización a Rumania. Europa es atacada también por terroristas y los niños sean de donde sean aman y se identifican con Disney. Pero en un filme rumano uno quiere oír de Rumania, ver en una nacionalidad reconocer y fomentar lo propio. Por ello cuando una anciana tía pegada a la antigua defiende al régimen comunista, que remite al infaltable Nicolae Ceausescu, se hace muy jugoso de ver, aun cuando esta defensa a todas luces cae antipática a todo mundo, pero es una perspectiva fundamental de la realidad nacional.

El filme abre con Lary (Mimi Branescu), su bella y sofisticada esposa y su pequeña y tranquila hija haciendo compras o diligencias en la calle antes de ir a la reunión familiar. Impecable naturalidad de este pequeño prólogo de cotidianidad. La propuesta que en la trama dura 1 día de congregación implica más de 2 horas de metraje en un solo espacio, el hogar del patriarca difunto, y solo unos 30 minutos afuera -una vez más, tras los 10 minutos de la apertura- cuando Lary va a recoger a su intensa esposa que ha salido un rato de la reunión. El momento que se da afuera es penoso y humillante, más que sensible, Lary se desmorona ante un mal momento de vergüenza y autoconsciencia. Esta escena seguramente agradará a muchos, es como la vida misma, no hay duda, pero resulta trágica, la vida mostrándose cruel, que ver a un tipo simple aplastado por las circunstancias, culpas aparte, llega a fastidiar. El momento contiene una anécdota de infancia –y amor paterno y de pareja- que trasmite una gloriosa naturalidad, clásica del mejor cine rumano, pero su emotividad duele y es incomoda que (me) cuesta celebrarla, pero es la gran escena del filme. 

martes, 11 de julio de 2017

La Terquedad

Adaptación de la séptima obra de la Heptalogia de Hyeronymus Bosch del dramaturgo, director de teatro y actor argentino Rafael Spregelburd, que se basa en la pintura La mesa de los pecados capitales, de El Bosco, conocido también como Hyeronymus Bosch, que trata del pecado de la ira, pero que en la obra de Spregelburd le llama terquedad, presentada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacifico, dirigida por Sergio Llusera. La terquedad es una obra compleja digamos, pero llega hasta lo extraño y se pierde un poco y uno con ella también. Pierde fuerza producto de su dispersión y de su tontería, genera un poco de desinterés en cierto momento ante el mandato de querer ser distinta o ardua, que es original e inteligente no hay duda, pero no es necesario tampoco encerrarse en un tipo. Hay ratos que su disque ironía o audacia es estúpida, como el personaje de la francesa loca que genera tremendo giro, un absurdo más que una genialidad. En el cine se ven muchas historias que se vuelcan a lo descabellado o violento en el último minuto como fórmula e impacto en busca del supuesto entusiasmo, como que hay historias que trabajan para llegar a estos momentos. La terquedad más bien pierde seriedad y volumen con esta “hazaña”.

Una posible razón –fuera de quebrar con cierta predictibilidad- puede ser que el protagonista, Jaume Planc (Alberto Isola), un comisario fascista que inventa un diccionario o lengua que remite a las computadoras e incluso a lo místico contradice su anhelo humanista -de poder entendernos mejor y todos fácilmente- con la subordinación a lo que será el franquismo (la obra se contextualiza en el final de la guerra civil española, en 1939), entonces es un tipo propio de lo malo/negativo y criticado (el gobierno de Franco, incluida en la trama la búsqueda de una lista por la que todos se pelean, para poder salvar comunistas “encubiertos”), por lo que muchos pensaran que merece un castigo, lo cual no es un pensamiento ilógico, pero el problema es que este comisario llega hasta caer simpático, y es medio un arroz chaufa, pero no merece un final tan superficial. Se le ha plasmado complejidad, se ha pretendido ambigüedad, que la tiene y es un personaje interesante. También Planc no parece muy fiel a los falangistas, sino que se le entiende como un lugar conveniente para él.

La obra tiene muchas idas y venidas, tires y aflojes, varias aventuras, con cosmopolitismo, en medio de lo político que fabula su pequeña guerra civil interna, mientras maneja a la vez la lingüística de forma inteligente y hasta con relajo. El hogar de Planc y sus relaciones amorosas toman igualmente bastante enredo y perspectivas. Jely Reátegui como la hija “loca” es la mejor del reparto (como polifacética haciendo de la esposa joven de Planc), agregando que son 7 actores competentes (Óscar Meza, Rodrigo Palacios, Sofía Rocha, David Carrillo, Claret Quea, Alberto Isola y Jely Reátegui). El rol de Reátegui tiene de exorcismo y de fraude, de locura o trauma, de sarcasmo, de perversidad y a su vez de inocencia. El juego del cura con la hija “loca” va uno a favor y en contra, puede ser una crítica esperable, pero la hija es un personaje rico, después de Jaume Planc. Su intensidad, herejía y lujuria son (aun) audaces.

La obra de Spregelburd busca las contradicciones y la ambigüedad, trabaja con la ética, lo esencial, rompiendo los límites, exhibiéndonos impredecibles. Y esto es interesante más allá de tener o no una apetitosa narrativa en todo momento, o la mejor forma de narrarlo. Tiene originalidad e imaginación, tiene personalidad y es inteligente, aunque también uno sienta que algunos personajes, momentos o diálogos parecieran sobrar, como el borracho o el escribidor. 

lunes, 10 de julio de 2017

Spider-Man: Homecoming

Estamos frente a un nuevo reboot de Spider-Man, tras el desastre The Amazing Spider-Man 2 (2014), de Marc Webb, que empezó bien con The Amazing Spider-Man (2012), y lo mismo pasó con la trilogía de Sam Raimi, las 2 primeras fueron muy buenas y aun son las mejores de todas las que se han hecho de Spider-Man, pero la tercera fue una caída. Este nuevo reboot es un muy buen filme, a pesar de algunas cosas criticables. Incluso es mejor que la primera de Webb, tiene mucho de juvenil y de última generación, más que la de Webb lo cual es notable. En el filme de Jon Watts se llega hasta futurizar y jugar a H. G. Wells y Julio Verne, a tratar mucho con el sci-fi, observamos la naturalización de armas, aviones y artefactos de gran imaginación futurista, como que el traje de Spider-Man, inventado por Tony Stark (Robert Downey Jr., que tiene una buena fórmula en su seguridad, vanidad y carisma), es de una tecnología fantástica, con todos los implementos clásicos de El Hombre Araña y muchos nuevos, que se equipara con la plasticidad y eterna novedad, puede que más, de Iron Man, teniendo en cuenta que Tony Stark es el mentor de Spider-Man en esta historia, aunque Spider-Man buscará plasmar su personalidad, y si bien reniega de la simplicidad de sus primeras misiones, quiere mayores retos y aventuras, y admira y quiere emular a los Avengers, terminará quedándose en su pequeño rincón, que también tiene sus grandes misiones.

El reto de Spider-Man en esta oportunidad se llama The Vulture (El Buitre), interpretado por un estupendo Michael Keaton, que dentro de su grupo criminal tiene otro villano famoso del cómic, Shocker (y no es solo uno, sino son dos, en el cuerpo de Logan Marshall-Green y Bokeem Woodbine), que esta medio encubierto en el estilo del realismo que impuso Christopher Nolan en sus adaptaciones de cómics, estilo que tiene una cuota pero que no domina el filme, porque es estilo Marvel, con mucha ironía y relajo, más el de Stan Lee, con la temática adolescente y pequeño existencial, más la capacidad mental de ¡6 guionistas!, incluido el director. El buitre de Keaton está dibujado entre asesino en serie y gángster, medio loco y matón, al hallarse decepcionado del sistema, y se siente empujado a delinquir, a ver por sí mismo y su familia mediante la venta ilegal de armas. Tiene una gran escena, en la que lleva a Peter Parker en el auto, que es rara e incómoda y sale un poco del parámetro del cómic, recurriendo al cine noir.

Los combates, desde luego, son espectaculares, pero lo menos interesante a fin de cuentas (si no fuera así seríamos todos fans de la saga de los Transformers con los  impresionantes efectos especiales que posee), porque uno quiere hallar sobre todo argumentos, como cuando The Vulture no quiere irse sin ninguna ganancia y ciego arriesga su vida o cuando Peter Parker trata de ser un superhéroe más allá de la máscara al caer bajo escombros y superar también su calidad de novato en cada aventura, pero son escenas entretenidas además. En medio está la frescura que trasmite Tom Holland como el nuevo Spider-Man que es maravillosa, y se ve en cada hazaña, vuelo o llamado del deber, que tiene broma, novedad y mucha libertad. El filme se logra emocionante, intenso y de sorpresa en sorpresa en sus escenas centrales, en el caso del caos que se genera en el monumento a Washington y en el ferry de Staten Island.

El filme muy inteligente evita volver a contar por enésima vez como se convierte Peter Parker en Spider-Man, mientras la trama es original en que siga, se enliste, se adiestre y medio que lo cree Tony Stark, junto a su mano derecha en el asunto, Happy (Jon Favreau), aunque lo de tía May (Marisa Tomei) y tío Ben sea demasiado pobre o inexistente. Tomei es parte de un quehacer idiota de extrema atracción, sumado a la clásica sobreprotección, no obstante es coherente con la línea de crear un Spider-Man efervescente, ultra moderno y veloz.

El filme tiene su lado de autoayuda, aunque no en el nivel de la muy aplaudida –demasiado, diría- pero respetable Wonder Woman (2017). Plantea mucho la diversidad, puede que hasta exagere un poco, como con el bully del cómic Flash Thompson que ahora hace Tony Revolori, que tampoco resulta mal hecho, a pesar de que luce algo extraño al uso, ya que finalmente tiene veracidad porque pertenece al mundo nerd de Peter Parker. Pero están muy bien trabajados los amigos y la aspiración amorosa de Peter Parker, tienen una base sólida. Son divertidos, como el mejor amigo de Peter, Ned (Jacob Batalon), o manejan bien el sarcasmo, como Michelle (Zendaya), o son cool y maduros como la deseada Liz (la bella Laura Harrier). 

viernes, 7 de julio de 2017

Atlal

El pequeño pueblo de Oulad Allal, Argelia, en 1997 producto del brutal choque entre militares y terroristas fue destruido en gran parte, esto dentro de la guerra civil argelina que fue presa del terrorismo desde 1991 hasta el 2002 y ocasionó 200 mil muertes, guerra civil nacida a partir del golpe de estado a una facción política islamista que no llegó a gobernar y que desencadenó en la furia de dos grupos rebeldes armados islámicos. Este es el contexto de Atlal -que en árabe significa ruinas- del argelino Djamel Kerkar, del que no se dan nombres, ni de organizaciones, y que hay que conocer para no perderse en lo que veremos. En este documental incluso se les apoda de cowboys a los terroristas por no mencionar nombre alguno o está más que sobrentendido, a los que se les culpa de todo el daño de su país. Al gobierno actual le cae crítica también, por su inutilidad en cuanto a las oportunidades y progreso de sus ciudadanos, la falta de resurgimiento nacional, y la pobreza que reina en Argelia y en especial en Oulad Allal.

La propuesta empieza mostrando viejas imágenes rodadas en VHS que describen la ruina y la destrucción de Oulad Allal, pueblo del que se conoce internacionalmente muy poco. El filme en sí entrevista centralmente a 2 personas, a un viejo agricultor lisiado de una pierna que combatió por su propia seguridad contra los terroristas que amenazaban sus labores agrarias, y a un joven de 20 años que es medio poeta y que habla mucho, no se guarda ningún pensamiento. Con ellos aparecen otros a su alrededor, amigos o conocidos de ellos, del viejo otros agricultores o por ahí algún hombre religioso, y del joven amigos con los que callejea, filosofa y rapea –se puede oír rap nacional muy realista, duro y con una pizca de ironía, aun haciendo a veces alusión respetuosa a Dios- alrededor de una fogata, sobre la realidad nacional, la pobreza, las carencias, la soledad, y no queda más que huir del país nos dicen, a la par que fuman, toman y se entretienen entre ellos.

Se habla de la crueldad experimentada en la guerra civil, de defender el país, incluso de los colonizadores europeos. Otro joven del grupo de la fogata que pareciera algo lento se muestra creativo expresándose a través de las letras de las canciones que pone en su celular, ante la música se pierde en su mente, entristece recordando a su familia o vuelve en sí sonriente cuando se queda pegado con la mirada en el graffiti de un muro, de las iniciales de un glorioso equipo de fútbol nacional, MCA (Mouloudia Club d'Alger).

Es un documental interesante, que tiene mucho de queja, pero también su lado positivo, y aunque austero tiene alguna estética como la sombra y toma distante del joven central, un joven cool e intelectual –el caballo en pos de libertad- aludiendo la luna y la respiración. Vemos también a los pobladores de Oulad Allal sembrando, retomando la civilización o muy simples reconstruyendo alguna parte de su pueblo, como en la sencillez muy simbólica de enrejar (levantar) una ventana. Parafraseando al viejo agricultor: soy pobre, pero orgulloso de amar y haber defendido a mi país, mi cuerpo esta lastimado y gastado, pero mi corazón es fuerte y feliz.